Gritos y susurros

José Xavier Návar

Durante esta pandemia, las opciones para encontrar alternativas musicales se encuentran en distintos flancos, ya sea en streaming, YouTube o en discos

Esta semana la plataforma Netflix estrenó el documental The show must go on, que narra el enlace entre el guitarrista de la banda inglesaQueen, Brian May, y el baterista Roger Taylor, con el productor del concurso de American Idol, Adam Lambert.

El docu, que está bastante aburrido, por cierto, y además lleno de clichés, cuenta qué ocurrió con la banda luego de que la dejara el irremplazable Freddie Mercury.

Paul Rodgers, el vocalista de Bad Company, antes había probado suerte y hasta grabó un disco con ellos.

Sin embargo, y a pesar de que cantaba mejor, el amor no llegó tal y como se cuenta en voces como la del mírame y no me toques, Simon Cowell, Joe Jonas, Dave Grohl y hasta el propio Rami Malek, quien encarnó a Mercury en la película Bohemian rhapsody.

Mientras, en las redes se promocionan presentaciones de bandas nacionales de media tabla o prácticamente desconocidas que se encomiendan a san Facebook y que, la verdad, a pocos les interesan.

Gracias a las infinitas posibilidades de conciertos en HD que ofrece YouTube en su buscador y que brindan el pasado, el presente y hasta casi hasta el futuro, la cosa cambia.

Uno de los más agraciados en estos menesteres es el Roxy Music y Salón de la Fama del rock, Bryan Ferry, del cual hay fácil unos 15 conciertos y un escandaloso listado de sus mejores videos.

Entre lo que vale la pena ver de este dandy está el Glastonbury de 2011, el UK Tour 2018, las AVO Sessions de 2003, el Live at Baloise Sessions y el más reciente (2019) en el Teatro Griego de Los Ángeles.

Desafiando todas las leyes para evitar contagios por el Covid, el Tianguis del Chopo, se vuelve a poner por cuarta vez mañana, donde no hay que quitarse el cubrebocas para ponerse al tú por tú con los caimanes del vinil, que quieren las perlas de la Virgen por discos muy sobrevalorados de precio y calidad.

Los enterados que temerariamente acuden ahí sabatinamente al llamado del ya casi extinto rock, agobiado por jeans, tenis, playeras y chunches artesanales, no reportan ventas significativas de discos y CD en estos pandémicos tiempos, en donde el dinero, primero que nada es para subsistir.

Otro oasis para lo poco común, raro o verdaderamente insólito en cuanto a sonido e imágenes, el bucanero barrio bravo, se ha vuelto territorio fantasma, donde pocos caminantes se atreven a deambular.

De los espacios donde algunos conocedores le daban cátedra a label managers, encargados de prensa e improvisados “influencers” de tres pesos, ni sus luces.

Y todo parece indicar que así vamos a seguir todavía por un largo rato.
 

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