50 años de Avándaro

José Xavier Návar

Mitos, leyendas, mentiras y verdades pueden poner en contexto a los que presumen haber ido, y a los que no hicieron acto de presencia

Mañana se cumple el 50 aniversario del Festival de Rock y Ruedas, tan venerado como vilipendiado por propios y extraños. Tan estudiado en una amplia bibliografía testimonial de la época (los 70), como rescatado en una gran cantidad de rockumentales. Mitos, leyendas, mentiras y verdades que pueden poner en contexto hasta a los que presumen haber ido, como a los que con tanto material rodando por ahí pueden afirmar con certeza que ahí estuvieron, sin haber realizado acto de presencia.

La mitología de Avándaro de los días adversos de lo que iba a ser simplemente una noche mexicana (el 11 de septiembre de 1971) se puede contar con muchos personajes claves. Armando Molina (su principal mártir y perpetrador de su leyenda, encargado de multiplicar el dinero para los grupos, que al principio sólo iba a ser de Javier Bátiz), Luis de Llano (el mentiroso del festival que filmó el evento, y que desde entonces finge demencia con el paradero de las cintas), Jaime Almeida (que en vida juraba que él había organizado Avándaro).

La lista incluye a Eduardo López Negrete, Justino Compeán y Carlos Alazraki, más discretos, mientras que la cultura popular se regodea con sus boletos originales de 25 pesos, pero nadie sabe a ciencia cierta la asistencia real, manejando cifras inverosímiles que, se dice, llegaron hasta los 350 mil, con base tan sólo en fotografías. La prensa amarillista del momento exageró, como siempre, la nota. Mientras los tirajes monstruosos de las revistas Alarma! Alerta y Por Qué inventaban otro Avándaro al amparo de la “Encuerada” y el calor infernal de la verde que, se dice, vendieron los soldados.

Previo al evento, Jacobo Zabludowzky anunciaba y animaba anticipadamente esta versión jipiteca de Woodstock, en tanto que Vibraciones, de Radio Capital, comunicaba y atizaba a su audiencia a ir. Políticos como Uruchurtu, Moya Palencia, Díaz Ordaz y el propio presidente Echeverría abogaron por el sometimiento de los avandarianos. Mientras el Peace & Love entonaba la célebre “Mari Mariguana” y Arturo Castelazo, de Conecte, quedaba embrujado por la regiomontana de 16 años Alma Rosa González López, la famosa Encuerada.

Avandarólogos autorizados que resisten hasta la prueba del carbono 14, como Federico Rubli Kaiser, quien acaba de publicar el libro Yo estuve en Avándaro, con las espléndidas fotografías de Graciela Iturbide, se suma a una andanada de obras del espinoso asunto (que incluyó hasta la investigación de archivos de la temible Dirección Federal de Seguridad).

Avándaro, donde a la mera hora se sumaron grupos que no cobraron, hoy son, como parte de la historia oficial, sumamente envidiados por coleccionistas, en sus versiones discográficas, como los conferencistas, organizadores profesionales de homenajes; conjurólogos y presumidores mordaces, para quienes Avándaro los legitima, y es la razón de su existencia, no importa que no hayan salido en las fotos. Continuará mañana…
 

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