Si la izquierda no asimila e integra a su ideario las enseñanzas del liberalismo, estará condenada (ejemplos históricos sobran) a convertirse en una izquierda autoritaria o peor aún dictatorial o totalitaria.

La historia del liberalismo es compleja e incluso no es exagerado hablar de varios liberalismos, pero su núcleo duro es la protección de los individuos frente al poder del Estado. Se trata de crear una serie de normas e instituciones capaces de garantizarle a los ciudadanos muy distintos y estratégicos derechos como las libertades de expresión, prensa, asociación; y al mismo tiempo configurar una serie de límites a las instituciones del Estado para que éstas no puedan actuar de manera caprichosa, opresiva.

Se trata de nociones civilizatorias que cuando son vulneradas o peor aún borradas, lo que aparece son Estados asfixiantes, incapaces de respetar y hacer respetar los derechos individuales, y sus funcionarios creen que pueden actuar por encima de ellos y aspiran a desplegar su voluntad sin obstáculos odiosos, tales como la división de poderes, la ley que los constriñe, las agrupaciones civiles que las confrontan o los medios y redes que los monitorean.

Eso, por desgracia, es lo que se ha venido haciendo desde el poder presidencial desde 2018. La construcción de un liderazgo que quisiera ser incontestado, porque no es capaz de hacer suyo parte del bagaje del liberalismo al que considera “burgués”. Los individuos, los ciudadanos, las personas, han desaparecido incluso del lenguaje oficial, para ser sustituidos por una noción omniabarcante, nebulosa, que no contempla diferencias en su seno: el pueblo.

Como si hiciera falta ejemplificar, hace algunos días, desde “la mañanera”, la presidenta dijo refiriéndose a sus adversarios: “Ellos quieren que una élite gobierne al pueblo”. Curiosa fórmula, porque ella y sus compañeros son ahora la nueva élite política. Ella misma, más los secretarios de Estado, diputados, senadores, gobernadores, presidentes municipales y una cauda de funcionarios que los acompañan son precisamente la élite del poder político. Y eso lo quieran o no. En las sociedades conocidas no hay escape: existen gobernantes y gobernados y no cabe duda de que Morena es hoy gobierno, una élite en el gobierno, en el resto de los poderes constitucionales y las instituciones estatales.

Pero el dislate mayor de la formulación presidencial es aún más preocupante, porque lo preside la peregrina idea de que hoy gobierna el pueblo y ellos no son más que la encarnación del mismo. Según su dicho no existe una distancia fundamental entre gobernantes y gobernados, unos y otros son una y la misma cosa, un bloque sólido, unificado, sin fisuras.

Y de esa visión enajenada o instrumental (porque no sé si de verdad se lo cree la presidenta), lo que a continuación se desprende es la idea de que el pueblo hecho gobierno no requiere de contrapesos institucionales ni los que emanan de la sociedad. Los individuos y sus derechos, en esa perspectiva, no solo desaparecen del discurso, sino que son sustituidos por los deseos y aspiraciones de un supuesto pueblo en el poder.

La izquierda debería comprender que su gestión de gobierno debe darse en medio de una red de instituciones que ciertamente hacen más compleja su función, pero que está obligada a garantizar los derechos de los otros, lo cual incluso le podría beneficiar ya que estaría en capacidad de absorber los insumos de esos otros, y no seguir viéndose nada más en el espejo.

Profesor de la UNAM

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