La soberanía nacional se ha convertido en el argumento favorito del poder. Se invoca para realizar críticas, para descalificar observaciones externas y, ahora, incluso para justificar reformas legales que podrían alterar las reglas del juego democrático.
Bajo el argumento de evitar la injerencia extranjera en futuras elecciones, se han impulsado cambios que permitirían anular comicios. Al mismo tiempo, se aprueban modificaciones que facilitan la permanencia de integrantes del Tribunal Electoral. El mensaje es preocupante: para defender la democracia, estamos dispuestos a concentrar más poder en quienes ya lo ejercen. La pregunta es inevitable. ¿Nos estamos protegiendo de una amenaza real o construyendo mecanismos que podrían utilizarse para desconocer resultados incómodos? Porque una democracia sólida no se fortalece otorgando mayores facultades al gobierno para decidir que elección vale y cuál no.
Mientras tanto desde Washington arrecian las acusaciones, Donald Trump insiste en que amplias zonas de México se encuentran bajo la influencia del crimen organizado. La reacción inmediata suele ser la indignación nacionalista. Sin embargo, quizá sería más acertado analizar por qué ese discurso encuentra eco en sectores cada vez más amplios de la opinión pública estadounidense. No se trata de aceptar sin más los señalamientos de Trump ni de renunciar a nuestra soberanía. Se trata de reconocer que el narcotráfico se ha convertido en el principal desafío para el Estado mexicano. Negar el problema no lo hace desaparecer, minimizarlo tampoco. Por eso sorprende la sensibilidad extrema con que se responde a cualquier señalamiento externo. La presidenta Claudia Sheinbaum ha construido buena parte de su narrativa sobre la serenidad y mantener la cabeza fría, sin embargo, el discurso pronunciado el pasado domingo en el Monumento a la Revolución pareció marcar un punto de inflexión, la defensa de la soberanía adquirió un tono más político y menos institucional. Pero la verdadera soberanía no consiste en rechazar toda crítica extranjera, sino en que ningún grupo criminal pueda imponer su ley sobre territorios completos del país. La verdadera soberanía consiste en que el Estado tenga el monopolio de la fuerza y que los ciudadanos vivan libres del miedo.
A la par, Morena parece estar decidido a completar la concentración del poder político, van por el carro completo. Quedan pocos Estados gobernados por la oposición y la ofensiva para debilitarlos es cada vez más evidente, el caso de Chihuahua y los ataques a Maru Campos son una muestra de ello. Antes de fabricar nuevos adversarios, recordemos cuando Vicente Fox contribuyó a exaltar la figura de López Obrador a través del desafuero. Tampoco ayuda que desde el poder se convoque a los simpatizantes a salir a las plazas públicas para convencer al pueblo de las bondades de la llamada Cuarta Transformación. Ese activismo permanente corre el riesgo de profundizar una división artificial entre buenos y malos, entre patriotas y traidores, entre el pueblo y sus supuestos enemigos.
México necesita menos plazas llenas y más instituciones fuertes. La renegociación del T-MEC es inminente, la relación con Estados Unidos es delicada. La mejor defensa a nuestra soberanía no será pronunciando discursos grandilocuentes, sino demostrando que somos capaces de enfrentar nuestros problemas, empezando por el más amenazante de todos, el poder del narcotráfico.
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