Durante años, México aprovechó una ventaja sobre cualquier competidor de América Latina: acceso preferencial y reglas estables para comerciar con el mayor mercado del mundo. Esa certidumbre fue el imán que atrajo miles de millones de dólares en inversión, impulsó el fenómeno del nearshoring y convirtió al país en el principal socio comercial de Estados Unidos. Hoy, esa ventaja ha comenzado a erosionarse.

La revisión del T-MEC concluyó sin el acuerdo para extender anticipadamente su vigencia. El tratado sigue plenamente vigente, pero se activó el mecanismo que contempla revisiones anuales hasta 2036. Jurídicamente no parece un cambio dramático, económicamente sí lo es. Ninguna empresa construye una planta automotriz, un complejo de semiconductores o un centro logístico para recuperar su inversión en dos o tres años, son proyectos diseñados para horizontes de una y más décadas. Si las reglas del juego pueden quedar sujetas a una negociación política anual, la primera víctima no será el comercio, será la confianza.

La incertidumbre eleva el costo del financiamiento, retrasa decisiones de inversión y obliga a las empresas a explorar alternativas en otros mercados. El tratado no desaparece, pero deja de ofrecer la estabilidad que justificó buena parte de las inversiones que llegaron a México durante las últimas décadas. ¿Por qué Washington decidió mantener abierta esa puerta de presión? La explicación rebasa lo comercial, la administración estadounidense busca revisar las reglas de origen, limitar la presencia de insumos chinos, fortalecer su posición negociadora y utilizar el T-MEC como instrumento para exigir mayores resultados en migración, combate al tráfico de fentanilo y seguridad fronteriza. El comercio dejó de analizarse por separado, hoy forma parte de una estrategia de seguridad nacional. Eso explica que la revisión del tratado ya no pueda entenderse únicamente con indicadores económicos, la geopolítica llegó para quedarse. ¿Puede cuantificarse el daño? Todavía no, sería irresponsable anticipar una caída específica en exportaciones o inversiones. Lo que sí puede afirmarse es que la incertidumbre rara vez produce más inversión, produce cautela y, cuando las decisiones de inversión se posponen, el crecimiento también lo hace.

México seguirá siendo un socio comercial indispensable para Estados Unidos. La integración productiva entre ambos países difícilmente puede sustituirse de la noche a la mañana, pero una cosa es ser indispensable y otra muy distinta, ser confiable. Quizá esa sea la verdadera noticia, durante años repetimos que nuestra principal fortaleza era la estabilidad que ofrecía el T-MEC. Hoy, el tratado continúa; la certeza, no necesariamente. Y en economía, pocas cosas resultan más costosas que un país cuya principal exportación empieza a ser la incertidumbre. Lo que viene pondrá a prueba algo más que la capacidad negociadora de Marcelo Ebrard, pondrá a prueba la estrategia integral del gobierno de Claudia Sheinbaum frente a una Casa Blanca que ha decidido entrelazar comercio, seguridad, migración y combate al narcotráfico en una sola mesa. Expedientes como el de Ismael “El Mayo” Zambada, el tráfico de fentanilo o la revisión del T-MEC ya no transitan por carriles separados. La pregunta es si México llegará a esa negociación con una estrategia de Estado …o únicamente administrando la siguiente crisis.

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