La presidenta Claudia Sheinbaum reitera con frecuencia que durante los 36 años del llamado neoliberalismo no se realizaron obras públicas de la magnitud y trascendencia de las que, a su juicio, hoy distinguen a la Cuarta Transformación. Es una afirmación de evidente fuerza política, pero que merece contrastarse con los hechos. En el periodo neoliberal se construyeron carreteras, puertos aeropuertos, infraestructura hidráulica, plantas eléctricas, universidades, hospitales y una amplia red de telecomunicaciones. La discusión no es si el crecimiento de esos años fue satisfactorio, evidentemente no lo fue. La discusión es si las obras construidas desde 2018 están generando una economía más productiva que permita crecer por encima de ese modesto 2.3% anual.
La diferencia entre una obra pública y una inversión pública es enorme. Una obra puede ser monumental, atraer reflectores e incluso convertirse en un símbolo político. Una inversión, en cambio, debe producir riqueza, elevar la productividad, generar empleos permanentes y ampliar la capacidad de crecimiento de la economía. Si esos objetivos no se cumplen, la obra puede ser monumental, pero deja de ser una inversión productiva para convertirse en un pasivo que los mexicanos terminarán pagando durante años. Toda inversión financiada con deuda exige una pregunta elemental, ¿cómo se pagará? Si la obra genera actividad económica suficiente, la respuesta llega por sí sola mediante mayor crecimiento, recaudación e inversión privada. Pero cuando depende de subsidios permanentes o sus ingresos son insuficientes para justificar su costo, el pasivo permanece mientras los beneficios se diluyen.
Ese es el punto de fondo, el éxito de una política de infraestructura no se mide por el número de inauguraciones ni por la magnitud de las ceremonias oficiales, se mide por su capacidad para transformar la economía y transformar las finanzas públicas. Ese será, tarde o temprano, el juicio que recaerá sobre las grandes obras de la Cuarta Transformación. Si dentro de diez o quince años el Tren Maya, Dos Bocas, el AIFA, el Corredor Interoceánico y Mexicana de Aviación son motores de crecimiento, habrá que reconocerlo. Pero si continúan dependiendo del presupuesto y de subsidios, posiblemente habrán sido obras políticamente exitosas, aunque económicamente incapaces de justificar la enorme inversión que representaron. México requiere infraestructura, desde luego, pero también necesita que cada peso de los contribuyentes produzca crecimiento, competitividad y bienestar. Un país con enormes carencias no puede darse el lujo de destinar recursos ilimitados a proyectos cuya rentabilidad siga siendo una incógnita.
Si el paso de los años demuestra que esas obras detonaron el crecimiento, aumentaron la productividad y mejoraron el nivel de vida de los mexicanos, habrá que reconocerlo sin reservas. Pero si éstas continúan dependiendo del presupuesto y de subsidios públicos, la historia será menos complaciente que la propaganda; un gobierno no se mide por el tamaño de sus obras sino por la prosperidad que deja. Ese es el criterio con el que los mexicanos deberían evaluar cualquier gobierno, sin importar su signo político. Las obras pueden convertirse en símbolos de un gobierno, sólo las inversiones productivas se convierten en patrimonio de una nación, esa diferencia siempre termina imponiéndose. Finalmente, como dice la canción: las obras quedan, los hombres se van.
Analista político
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