Frase que debería encender todas las alarmas: “No rodará el balón”. Esa es la amenaza de la Coordinadora Nacional de la Educación -CNTE- frente al inminente Mundial de Futbol. No se trata de una exigencia laboral ni de una propuesta educativa, es una advertencia de que, si no obtienen lo que quieren, impedirán que el país cumpla uno de los compromisos internacionales más importantes de su historia reciente.

La CNTE fue creada en 1979 como una corriente disidente del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación -SNTE-. Casi medio siglo después, más que pugnar por una mejora sustancial de la educación o por una revolución pedagógica, dicho gremio se ha caracterizado por implementar bloqueos, marchas, plantones, toma de casetas, secuestro de vialidades y mostrar una extraordinaria capacidad para paralizar ciudades enteras. Cada año la historia se repite, miles de integrantes de la Sección 22 de Oaxaca y otras entidades instalan su plantón en la Ciudad de México -entre otras-, generalmente cubriendo la plaza del Zócalo capitalino, obstruyendo el de por sí congestionado tránsito vial, presionando a las autoridades hasta acordar la instalación de una mesa de negociación, misma que culmina en concesiones económicas y/o políticas. Finalmente, los contingentes regresan a sus estados y ¡hasta la próxima, compañeros! La señora Brugada, jefa de Gobierno: “Sabemos que cada año vienen y se movilizan. Lo importante es que los podamos atender y continuar con los diálogos”. O sea, sabemos que el problema existe, sabemos que volverá a repetirse y continuaremos administrándolo sin resolverlo. La cómoda teoría de “patear el bote”.

Los mentores de la CNTE pretenden un descabellado aumento salarial del “100 por ciento”. ¿Conoce usted algún sector de la economía mexicana que haya obtenido un incremento semejante? ¿Existe antecedente alguno de una exigencia de tal magnitud que haya prosperado? Más que una demanda seria, pareciera una coartada para justificar futuras movilizaciones y mantener abierto el mecanismo de presión. Pareciera que la verdadera intención de dicha demanda salarial es justificar futuras movilizaciones, manteniendo abierto el mecanismo de presión que durante décadas les ha permitido doblegar a las autoridades. Esta vez, sin embargo, han decidido subir la apuesta, el blanco es ahora el Mundial de Futbol, acontecimiento que representa inversión, turismo, empleo, prestigio internacional y una oportunidad histórica para México. Aun así, un grupúsculo de activistas sindicales amenaza con impedir que ruede el balón, anteponiendo sus intereses particulares a los de millones de mexicanos y visitantes. No buscan convencer, buscan someter, no pretenden negociar, pretenden chantajear. Y ninguna nación que aspire a ser respetada puede permitir que un compromiso internacional quede a merced de quienes han hecho de la presión y el desorden su principal instrumento de negociación.

México no puede seguir siendo rehén de quienes confunden el derecho a la protesta con el privilegio de paralizar una nación. Ningún maestro está por encima de la ley, ni ningún sindicato está por encima del interés nacional. Si las autoridades vuelven a ceder, no estarán resolviendo un conflicto, estarán financiando la próxima crisis. Si queremos que ruede el balón, que circule la economía y que prevalezca la ley, alguien tendrá que demostrar que la República es más fuerte que un plantón.

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