No va a crecer la deuda pública, no vamos a endeudar al país: Andrés Manuel López Obrador (22 nov. 2018). Deuda pública recibida por AMLO: 10.5 billones de pesos, equivalente a 44.8% del PIB. Deuda pública actual ronda en 18 billones de pesos, aproximadamente 54% del PIB. De mantenerse el ritmo actual de endeudamiento sin un ajuste fiscal, la deuda pública podría duplicarse para 2027 o 2028.

En los recientes siete años y medio, la economía nacional se ha contraído, el crecimiento del PIB ha sido insignificante, la inversión fija ha sido insuficiente para detonar un crecimiento sostenido, cambios de reglas en energía frenaron decisiones a largo plazo, el mayor gasto gubernamental para sostener la actividad motivó un creciente déficit fiscal y un mayor costo financiero de la elevada deuda, Pemex elevó sustancialmente su deuda, aunada a la baja rentabilidad, percibiendo transferencias constantes y sonantes por parte del gobierno. El mercado interno se debilitó con señales de desaceleración, la economía no logró generar más valor pese al gasto, las remesas y el comercio con Estados Unidos coadyuvaron a sostener lo que internamente no despega, la falta de certidumbre contribuyó al desaprovechamiento del nearshoring.

Además de la deuda, fijémonos en el entorno. La debilitada inversión se confirma —datos de la consultora Integralia— con la caída anual estimada de 78% en la inversión en México, durante el primer trimestre de 2026. Tengamos presente que cada peso gastado hoy sin productividad asociada, es un peso que compromete el mañana. Pregunta crucial: ¿cuánto tiempo podrá México seguir pagando intereses crecientes sin sacrificar su crecimiento?

El futuro inmediato pasa, inevitablemente, por el T-MEC; su ratificación no es un trámite más, es el ancla de certidumbre primordial para la economía mexicana. Si las condiciones del Tratado se ven alteradas, ya sea por presiones políticas en/de Estados Unidos o por ajustes en reglas de origen, energía o comercio, el impacto será directo, y aquí México no tiene hoy un plan B. La situación que enfrentamos es compleja: más deuda, menos inversión, mayor gasto comprometido y una dependencia crítica del entorno externo. Podemos seguir pateando el bote, refinanciando, ajustando cifras, sosteniendo el discurso triunfal, pero la realidad tendrá que imponerse. No estamos al borde del colapso, sino en una gradual pérdida de capacidad de crecer, de invertir, de sostener las finanzas, en el entendido que tarde o temprano habremos de cubrir la elevada factura. El margen de maniobra aún existe, aunque se está cerrando. Corregir implica decisiones incómodas. Reducir el gasto no productivo ya no es opción, es obligación, y eso incluye fundamentalmente a Pemex, con menos carga ideológica y más viabilidad financiera. El ajuste fiscal tendrá que llegar, por la vía del gasto o de los ingresos; mejor hacerlo de forma ordenada que forzados por las circunstancias. Y está el T-MEC, al cual se le debe explotar en los hechos, mediante certidumbre jurídica, energía suficiente, infraestructura y reglas claras para atraer inversión real, no solo expectativas. El nearshoring no se decreta. La interrogante es si habrá voluntad antes de que el margen desaparezca.

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