La última carta de López Obrador es interesante. Permite confirmar o ajustar hipótesis sobre su psicología y su entendimiento del poder. El exmandatario abrió otra ventana para facilitar el juicio de la historia; ese foro al que con seguridad apelaba cuando se asumía infalible.

Antes que en el mensaje, me detengo en la reaparición; en el rompimiento de la cómoda e irresponsable manera de determinar los asuntos públicos desde su quinta privada; en la decisión de salir cuando su injerencia en el país se mantiene relevante y ostensible. Al expresidente no le basta la simulada impronta republicana en la que se mantiene para ejecutar sus mandatos y cultivar la imagen que piensa que todos debiéramos tener de él. Los símbolos del retiro y sus silencios han quedado comprometidos por los cambios que transcurren fuera de su predio, sus teléfonos y sus emisarios.

López Obrador dedicó buena parte de su periodo presidencial a construir una imagen para la posteridad: eligió sucesora, formó gabinete, constituyó legislaturas, controló juzgadores, mantuvo fiscales, dominó partidos, asoció delincuentes, recompensó empresarios, maltrató adversarios, acalló críticos, tejió estrategias geopolíticas, corrompió conciencias y se levantó pedestales. Imaginó que sus andamios soportarían el registro histórico; que serían suficientes para ocultar o distorsionar los hechos y las huellas de sus actuaciones políticas y personales.

Impuesta la necesidad de la salida, el medio adquirió la forma de un ambiguo escrito en el que ni el remitente ni los destinatarios son evidentes. ¿El remitente es ciudadano, político o mentor que aconseja, advierte o amenaza? ¿La nominal destinataria es la real destinataria o se trata de un llamado Urbi et Orbi? ¿El contenido es un “masiosare” para consumo local o una exhortación transfronteriza? ¿Es una muestra de fervor patriótico, de temor fundado o descolocación histórica? Por la compleja psicología del escribidor es difícil saberlo sin acudir al propio texto.

López Obrador escribió o colaboró en la redacción de su misiva. Lo hizo en el espacio y en el tiempo por él elegidos. Partícipe de taimadas formas políticas, redactó o aceptó con intención las partes y el todo de su composición. No me detengo en las explicaciones que hace de sí mismo, de su movimiento o de su entendimiento de la historia nacional, por ser repeticiones inflamadas de lo que a diario escuchamos durante años. Tampoco destaco su incomprensión del cambio que en el mundo y en los Estados Unidos se ha dado desde que él terminó su presidencia y Trump inició la suya.

Me detengo en el párrafo final de su misiva: el fragmento en el que le pide al presidente Trump que —conforme al traductor de Google— “Send to hell the parasites that surround and incite you, whoever they may be, whether they are cronies, manipulators, petty chieftains, freeloaders, thieves, police officers, petty scribes, speculators, filibusters, powerful figures, climbers or evil people”.

Por la manera de publicación, la carta de López Obrador no está dirigida a Sheinbaum y, por su redacción, tampoco a Trump. Es un alegato ante el juicio histórico al que declaraba quererse someter y hoy está sometido. Con esa justificación busca transferir sus responsabilidades y culpas a las acciones de quienes manipulan al presidente estadounidense; a la “evil people” que, según su planteamiento, provocan los males de México. En sus anhelos, cuando Trump lo vea, dejará de actuar como lo hace. México recuperará su rumbo y el tribunal de la historia le asignará a él todo aquello que legítimamente le corresponde por naturaleza y destino. Ya veremos.

Ministro en retiro de la SCJN. @JRCossio

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