México es, en mucho, el país de las oportunidades perdidas. Durante los últimos 225 años así ha pasado. Basta recordar a don Luis González, de quien tomo varias citas, para darnos cuenta del punto de partida que teníamos poco antes del inicio de la Revolución de Independencia. Había un desarrollo urbano en la ciudad capital con más de cien mil habitantes, pero también en otras como Puebla con setenta mil, Guanajuato con cerca de cincuenta mil o Guadalajara, Zacatecas, Oaxaca y Valladolid con veinte mil cada una.

Entre 1746 y 1808, la Nueva España había crecido y prosperado de tal manera que su territorio se duplicó, la población se triplicó y la economía había aumentado seis veces. “La producción argentífera mexicana igualó a la del resto del mundo y la industria tuvo un desarrollo digno de nota en la rama textil […] también […] la loza y los hierros forjados de Puebla, Guadalajara y Oaxaca […] para 1800 México se había convertido en uno de los países más ricos del orbe, en uno de mucha riqueza y máxima pobreza”.

En 1822 el territorio era de 4.6 millones de kilómetros cuadrados por la incorporación de las provincias centroamericanas y en su territorio vivían siete millones de habitantes. La guerra contra España había costado seiscientas mil vidas, la décima parte del total y la mitad de la población trabajadora. “Los problemas geopolíticos eran mayúsculos: aislamiento internacional, líos en las fronteras, separatismo de regiones […] En el orden económico la cosa era peor. La producción minera se redujo a 6 millones de pesos en vez de los 30 a que llegó en 1810 […] la producción agrícola se contrajo a la mitad y la industrial a un tercio […] los ingresos fueron de nueve millones y medio y los gastos de trece y medio”.

La consolidación de la lucha insurgentes difícilmente pudo ser peor: el acta de independencia, que fue del “Imperio Mexicano”, no contó con la firma de ninguno de los insurgentes: Vicente Guerrero, Guadalupe Victoria o Nicolás Bravo. Iturbide, quien hizo suya la gesta insurgente, firmó como presidente de la Regencia y fue coronado como Emperador en 1822. En la firma lo acompañaron treinta y tres militares, eclesiásticos, abogados, terratenientes, comerciantes, mineros, nobles y notables.

Después del efímero imperio, el desastre político: la división constante, la lucha permanente por el poder, los cambios de régimen o la pérdida de más de la mitad del territorio como consecuencias principales. “En treinta años hubo cincuenta gobiernos, casi todos producto del cuartelazo, once de ellos presididos por Santa Anna […] Después de tres décadas de vida independiente, México, aporreado, andrajoso, sin cohesión nacional, sin paz, solo podía exhibir con orgullo a sus intelectuales”.

Los resultados de la Reforma y la Revolución no fueron aprovechados. Los costos en vidas, tiempo y dinero de esas luchas no beneficiaron a quienes más lo requerían y se mantuvieron las condiciones de pobreza de millones y la enorme desigualdad que nos afrenta. En el siglo XX se desperdiciaron las oportunidades que resultaron, la industrialización, la modernización, el crecimiento económico, la riqueza derivada del petróleo, el incremento de la escolaridad y las alternancias políticas registradas.

Como nación fallamos al desaprovechar las oportunidades que se nos han presentado. Esto incluye por supuesto, las de los últimos siete años y medio que se han perdido en medio de la corrupción y la impunidad; del autoritarismo y el fomento de la polarización; en un mar de mentiras, ambiciones, improvisaciones, demagogia y desgobierno. México tiene enormes posibilidades, pero la sociedad debe reaccionar y los políticos pensar en el bien del país y las próximas generaciones y no en sus intereses mezquinos.

Exrector de la UNAM. @JoseNarroR

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