El vicio. Si la Presidenta no estuviera entrampada en un vicio de la más rústica comunicación institucional: el de descalificar toda medición negativa del desempeño del régimen, hubiera podido reaccionar mejor a la prueba PISA, la única evaluación internacional reconocida sobre el estado de los aprendizajes fundamentales de los jóvenes de 15 años en el mundo.

Tranquilizar con la verdad. Podría haber tranquilizado, con la verdad, a todos los seres alarmados por los rezagos en la preparación de los jóvenes mexicanos para enfrentarse a la vida, al mundo y al trabajo. Por ejemplo, pudo afirmar que su gobierno, con cuenta de esos rezagos, se adelantó a empezar a corregir al menos dos de los resultados más desastrosos de la prueba, con su anuncio de nuevos libros de texto para mejorar el aprendizaje de las matemáticas y el de la lectoescritura, asignaturas ignoradas en los más de 15 millones de volúmenes antipedagógicos de la ‘nueva escuela’ de López Obrador.

Intranquilizar con la contradicción. En lugar de ello, la Presidenta optó al parecer por tranquilizar y apaciguar a las huestes más primitivas y cercanas a AMLO del grupo en el poder, con una defensa insustentable a la indefendible ‘nueva escuela mexicana’ del expresidente. Y como suele ocurrirle, la Presidenta se contradijo al rebatir a PISA. Primero al descalificarla por sus ‘limitaciones’ porque —repitió la justificación de su antecesor— aplicar la misma prueba a todos los países no toma en cuenta las características particulares de cada uno. Pero luego la aceptó con el consuelo de que otros países también registraron caídas en el aprendizaje de sus estudiantes. Y porque no empeoramos en ciencias, aunque permanecemos por debajo del promedio de los países de la OCDE. La Presidenta, sin embargo, lo celebró y se lo atribuyó a la “nueva escuela mexicana”.

Reacción ominosa. Lo cierto es que no sólo es deplorable el resultado para México de la evaluación educativa de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo, en materia de aprendizajes fundamentales adquiridos por los jóvenes de 15 años en su educación básica. Además, esa primera reacción de la Presidenta apunta en dirección de hacer también perdurable ese resultado, mientras permanezca el grupo apoderado de las instituciones públicas mexicanas. Para no ahondar en la desesperanza, podría atribuirse este desacierto presidencial a la rutina de ocho años de una comunicación a la defensiva presta a negar y minimizar sus continuos fracasos, en lugar de actuar en la remoción de sus causas. Una comunicación, adicionalmente, a la ofensiva contra todo cuestionamiento a las falacias del triunfalismo oficial en todos los campos.

Efecto virtuoso. La prueba PISA irrumpe ahora con un efecto virtuoso contra la marginalidad de la debacle educativa en nuestra esfera pública. Marginalidad, indiferencia e incluso complacencia ante una tragedia anunciada, en un escenario de legiones de jóvenes parias en los mercados profesionales y laborales y en un país en el filo de la bancarrota y el aislamiento de los aprendizajes y competencias requeridos por los vertiginosos cambios del mundo coterráneo. Una población narcotizada por la propaganda oficial, montada sobre un formidable aparato de propaganda, con un efecto desconcertante: en las encuestas con que abrió la semana, con sus arrolladoras cifras de aprobación de la Presidenta, no pinta el problema educativo entre las preocupaciones. Allí, también, el riesgo de hacer perdurable la catástrofe.

Académico de la UNAM

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