Mexicana emulación. El debate público mexicano suele agitarse con eventos internacionales. Para emularlos, unos. Repudiarlos, otros. O ignorarlos, otros más, con la intención de que sean ignorados en la conversación de medios, redes y tertulias. Los debates entre candidatos presidenciales en Estados Unidos de la década de 1950, junto con el seguimiento del conteo de votos en tiempo real, a través de vistosas pantallas conectadas a la pantalla de todo televidente deslumbraron a nuestras clases medias y altas y alentaron su reclamo democrático, finamente satisfecho desde la década de 1990. Algo parecido pasa en nuestros días con la hazaña de la oposición húngara de echar del poder por la vía electoral a una dictadura que se había adueñado, como aquí, de la institución electoral, junto a todos los poderes del Estado. Y no faltan propuestas de emulación de las fórmulas usadas por el candidato vencedor para alcanzar ese éxito con consecuencias múltiples en Europa y en el mundo.
Desprendimientos. Claro. Son profundas las diferencias entre las realidades de México y Hungría. Pero también puede haber paralelismos. Los desprendimientos de las élites del poder, factor clave en la caída en las urnas del dictador Orbán, podrían, a su ritmo y a su manera, equipararse con el anuncio del fin del hegemonismo del PRI por los desprendimientos de la corriente de Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez, y otras y otros. Y de allí las expectativas de regreso a la alternancia democrática pasando por las inocultables luchas internas que acarrean fragilidades y fisuras al bloque del poder.
Zonas de guerra. Otro paralelismo México/Hungría —recogido en nuestra esfera pública— radica en el deterioro de la vida y la convivencia en ambos países. Bajo la dictadura húngara, ese deterioro embarneció protestas, críticas y oposición hasta formar el tsunami electoral que barrió con los controles de los procesos electivos del dictador. Su vencedor, Péter Magyar, persistió en su campaña en mostrar con hechos el desastre económico, los costos impagables del clientelismo populista y la corrupción, el desplome de los servicios públicos. Igual que aquí se puede ver hoy la fragilidad del régimen en las escenas de angustia popular de un Metro capitalino abatido por la ineficiencia y la corrupción. Y es posible comprobar lo mismo en calles, carreteras, aeropuertos, para no hablar del estado de guerra en que, reportó ayer la BBC, se ha convertido México, bajo este régimen, por las batallas entre cárteles involucrados en el poder político.
No más de lo mismo. En su país, Trump parece aplicarse en apoyar los esfuerzos de la oposición que busca la alternancia y el fin de la pesadilla. Ha sembrado incertidumbre económica entre los estadounidenses, con una inflación que no remite, básicamente por el alza de las gasolinas que él provocó con su guerra contra Irán. Aquí se han paliado esos efectos a base de subsidios cuya factibilidad tiene un límite. Pero está el modelo comunicacional de Clinton en 1993 para restablecer la alternancia al llegar a su año 12 la hegemonía republicana Reagan/Bush padre. El estratega demócrata James Carville logró enfocar la campaña del demócrata en tres puntos. Uno fue “The economy, stupid”, cuyos efectos acabaron con la popularidad de Bush padre. No olvidar que la salud fue otro. Pero el primero fue ‘no más de lo mismo’, que para mucha gente en México significa muerte corrupción, estancamiento económico, huachicol y complicidad con el crimen.
Académico de la UNAM. @JoseCarreno
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