La Copa Mundial de Futbol debía convertirse en una oportunidad histórica para México. No solamente para organizar partidos, sino para utilizar uno de los eventos más importantes del planeta como palanca de desarrollo, inversión, turismo, infraestructura, movilidad y modernización urbana. Sin embargo, mientras las cámaras del mundo enfocan estadios llenos, ceremonias espectaculares y aficionados celebrando en las calles, existe otro Mundial que también merece ser visto. El otro Mundial es el de las obras inconclusas, las promesas incumplidas, la corrupción, la improvisación y el descontento social.
México fue confirmado como sede desde 2018. Los gobiernos de López Obrador y Sheinbaum tuvieron ocho años completos para preparar al país. Ocho años para modernizar aeropuertos, mejorar sistemas de transporte, fortalecer la seguridad, impulsar el turismo y construir infraestructura que siguiera beneficiando a los ciudadanos mucho después de terminado el torneo. Eso hacen los países que entienden el valor estratégico de albergar eventos de esta magnitud. México tenía tiempo, recursos y experiencia en organizar grandes eventos. Lo que no tuvo fue un gobierno profesional.
Las promesas fueron enormes. Se habló de más de 60 mil millones de pesos de derrama económica, de 5.5 millones de visitantes y de más de 100 mil empleos temporales. La realidad fue mucho menos espectacular. La ocupación hotelera para la inauguración rondó apenas el 65 por ciento en la Ciudad de México y estuvo muy por debajo de las expectativas en Guadalajara y Monterrey. Las obras se ejecutaron al límite de los tiempos previstos o, de plano, no estuvieron listas, y varias dependieron de medidas extraordinarias para poder operar. Después de ocho años de preparación, la solución fue restringir la movilidad, suspender actividades y reducir la presión sobre las ciudades para evitar el colapso.
Monterrey no estuvo a la altura. Samuel García prometió una transformación profunda de la movilidad y presentó las líneas 4 y 6 del Metro como parte del legado mundialista. Sin embargo, diversos tramos no estuvieron operativos para el Mundial, las obras continúan desarrollándose y la conectividad sigue dependiendo de operativos especiales. La ciudad enfrenta prácticamente los mismos problemas de movilidad que tenía antes de ser designada sede.
Guadalajara entendió mejor el reto, pero tampoco logró aprovechar la oportunidad. Pablo Lemus prometió una ciudad más moderna, mejor conectada y preparada para competir con las mejores sedes internacionales. Muchas obras avanzaron lentamente, varias llegaron al límite de los plazos establecidos y las expectativas quedaron por debajo de lo prometido. Guadalajara cumplió con los requisitos mínimos para recibir el Mundial, pero no experimentó la transformación profunda que debía dejar un evento de esta magnitud.
La tragedia está en la Ciudad de México. Como sede inaugural y principal escaparate internacional del país, debía convertirse en la mejor carta de presentación de México ante el mundo. Clara Brugada optó por proyectos de maquillaje y propaganda de último momento mientras persisten graves problemas de movilidad, inseguridad, inundaciones y servicios públicos deficientes. A ello se suman obras con cuestionamientos por sobrecostos, corrupción, retrasos y nula rentabilidad social. La Calzada Flotante de Tlalpan se convirtió en símbolo de esa improvisación. El Metro sigue enfrentando saturación, deficiencias de mantenimiento y pésimo servicio. El Tren Ligero fue adecuado a medias y contra reloj. Después del Mundial, la ciudad no funcionará mejor. Simplemente se redujo la presión sobre ella para evitar un fracaso mayor.
El obradorismo imaginó el Mundial como una vitrina para presumir logros. Terminó convirtiéndose en una vitrina de sus fracasos. Mientras las cámaras internacionales enfocaban el partido inaugural del evento, las madres buscadoras recordaban que México supera las 130 mil personas desaparecidas; los trabajadores del Poder Judicial protestaban contra una reforma que destruyó la independencia judicial; la CNTE, aliada histórica de Morena, mantenía bloqueos para chantajear al gobierno y exigir promesas incumplidas; y pensionados, transportistas, estudiantes y productores agrícolas aprovechaban la atención internacional para exhibir conflictos que el gobierno insiste en ignorar.
Y, sin embargo, hay algo que el gobierno no construyó y que tampoco puede atribuirse como mérito. A pesar de los retrasos, los sobrecostos, la corrupción, el descontento social y la negativa permanente de Claudia Sheinbaum a reconocer los problemas que enfrenta el país, el Mundial sigue despertando entusiasmo entre millones de mexicanos. Las calles se llenaron de camisetas verdes, las plazas volvieron a congregar familias enteras frente a una pantalla y, por unos días, el futbol ha logrado generar un sentimiento compartido de alegría y pertenencia. México atraviesa una crisis de seguridad, enfrenta la tragedia de las desapariciones, sortea graves acusaciones contra su gobierno por nexos con el narco y vive una creciente polarización política, pero conserva una enorme capacidad para celebrar y encontrar esperanza incluso en circunstancias adversas.
Ese es otro Mundial. No el de los discursos oficiales de odio ni el de las campañas de propaganda falaz, sino el de millones de mexicanos que, pese a la soberbia de su gobierno, siguen encontrando motivos para reunirse, celebrar y sentirse orgullosos de su país. La mal llamada Cuarta Transformación dispuso de ocho años completos para preparar a México y desperdició una oportunidad histórica. Pero la ciudadanía es mucho más grande que sus gobiernos, más fuerte que sus problemas y bastante más digna que su impresentable clase política.
Diputado federal
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