Durante semanas Trump anunció al menos cuarenta veces que un acuerdo con Irán era inminente para después emitir amenazas con alguna hipérbole relacionada con el infierno. Finalmente, firmaron un memorándum de entendimiento (MoU) que sirve de base para negociar durante 60 días —prorrogables— un acuerdo de paz. En otras palabras, llegaron al acuerdo de negociar un acuerdo porque ninguno quería regresar al campo de batalla; Irán para reconstruir al país, EU para calmar a la opinión pública. Trump, en particular, lucía desesperado por abandonar la aventura bélica, ya fuera por el inmenso costo económico y político, temor al castigo en las urnas, descubrir que Irán no es Venezuela y que una rendición sería imposible sin tropas en el terreno, o por simple aburrimiento e incapacidad de prestar atención a un asunto por demasiado tiempo.

El MoU deja sin resolver muchos asuntos cruciales, incluyendo la cuestión fundamental del programa nuclear iraní. Ello ha provocado una guerra de desinformación que ha sido aprovechada por los líderes de ambos países para jugar política interna, declarar victoria absoluta y, como si fueran matones de barrio, lanzarse amenazas y ataques ocasionales. Con todo, el memorándum, no obstante sus ambigüedades, hace explícitos para EU términos mucho peores que los del acuerdo nuclear entre Obama e Irán, desde el levantamiento de sanciones y acceso del crudo iraní a los mercados internacionales, pasando por transferencias de “al menos 300 mil millones de dólares” —el doble de las autorizadas por Obama— que se pretenden disimular con triangulaciones a través de los países de Golfo, hasta comprometerse a que paren los ataques israelíes en Líbano y justificar que los ayatolás conserven su arsenal de misiles balísticos. A cambio, EU no ha logrado, hasta ahora, ninguno de sus objetivos originales salvo mermar capacidades militares. Trump ha respondido a los airados reclamos de su base prometiendo que todo se resolverá en las negociaciones y se ha visto obligado a confesar que, contrario a sus fanfarronerías, las reservas de crudo de EU estaban a un par de semanas de agotarse.

Los iraníes se dieron cuenta que las amenazas de Trump estaban vacías, que se comportaba como Pedro y que el Lobo no llegaría. Alargaron el proceso durante semanas, torturando al presidente estadounidense quien, desesperado por dar resultados y urgido por hacerlo en su cumpleaños, hizo enormes concesiones para abrir —intermitentemente y bajo condiciones por determinar— el estrecho de Ormuz, al punto de hacer a un lado a Netanyahu, instigador en jefe del ataque contra Irán y gran perdedor de un eventual acuerdo de paz. Serán otras caras pero el régimen iraní sigue intacto y le ha tomado la medida a Trump, como lo han hecho Canadá, los países del golfo y algunos europeos. De momento, se vuelve al estatus quo ex ante del inicio de la guerra, pero con un Irán empoderado. En el mejor de los casos, después de miles de muertos y miles de millones de dólares de pérdidas alrededor del mundo, es posible que se vuelva a la situación que prevalecía tras el acuerdo que negoció Obama y canceló Trump. Una guerra inútil e innecesaria. Un error catastrófico que Trump tratará de resarcir en Cuba y México, donde sigue siendo todopoderoso.

Diplomático de carrera por 30 años, fue embajador en ONU-Ginebra, OEA y Países Bajos

@amb_lomonaco

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