¿Y si sí?: Pregunta de tres palabras, sinónimo de esperanza.
Larousse
El futbol siempre ha sido mucho más que un deporte. En México representa un espacio donde se mezclan la esperanza, la identidad y el deseo de creer que, por un instante, todo puede salir bien. En un país que ha avanzado en muchos aspectos, aunque todavía enfrenta desafíos cotidianos como la desigualdad, la inseguridad y las presiones económicas para muchas familias, la felicidad que provoca un triunfo suele durar poco, pero deja una huella profunda. Esa mezcla entre realidad y esperanza quedó resumida en una frase que se volvió parte del sentir colectivo: “¿Y si sí?”. Más que una simple expresión, fue la manera de nombrar el anhelo de un país entero.
De acuerdo con el doctor Víctor Manuel Rodríguez Molina, profesor de la Facultad de Medicina de la UNAM, el balompié activa un verdadero cóctel neurobiológico: “Nos impacta totalmente: a nivel cerebral, en el cuerpo, en la conducta y en las emociones”. Como explica, cuando el equipo anota un gol el cerebro activa el sistema de recompensa y libera dopamina y endorfinas, “un sistema de neuronas que nos ayuda a sentir satisfacción o placer. Por eso, un gol no sólo se celebra: se siente”. Esa intensidad biológica ayuda a comprender por qué el fútbol no es sólo una representación simbólica, sino una experiencia corporal compartida.
Émile Durkheim explicaba que toda sociedad necesita momentos capaces de unir a las personas alrededor de un mismo símbolo. En otros tiempos, ese lugar lo ocupaban los rituales religiosos. Hoy, un estadio lleno o una plaza repleta de aficionados cumplen una función parecida. Cuando miles de personas en un estadio cantan el himno, celebran un gol o se emocionan con un video acompañado por la voz de Juan Gabriel, el “¿Y si sí?” se convierte en un acto de fe compartido.
Norbert Elias, por su parte, entendía el deporte como un espacio donde las emociones pueden expresarse sin romper el orden social. La vida diaria exige
controlar lo que sentimos, cumplir horarios, resolver problemas y seguir adelante. El fútbol abre una pausa en esa rutina. Durante noventa minutos vale gritar, llorar, abrazar a un desconocido o celebrar con personas que quizá nunca volvamos a ver. Esa felicidad tiene fecha de caducidad porque termina con el silbatazo final, aunque resulta suficiente para hacer más llevadero el regreso a la realidad.
El camino de México en los Mundiales también explica la fuerza de esta ilusión. Durante décadas, la Selección acostumbró a su afición a quedarse en la misma frontera deportiva. Clasificar con regularidad ya era un logro, aunque el famoso quinto partido parecía una promesa que siempre encontraba un obstáculo. Esa historia hizo que varias generaciones aprendieran a celebrar pequeños avances, convencidas de que algún día la historia podía cambiar. Por eso el “¿Y si sí?” conectó con tanta fuerza. Era la posibilidad de romper un ciclo que llevaba 40 años repitiéndose.
Hoy esa esperanza vuelve a aparecer. Tal vez la alegría termine el domingo si el resultado no acompaña. Tal vez continúe algunos días más. Tal vez el sueño siga creciendo hasta convertirnos en campeones del mundo. Cualquiera de los escenarios forma parte del fútbol. Lo valioso está en ese breve paréntesis donde millones de mexicanos comparten una misma emoción. Las conversaciones cambian, las calles se llenan de banderas, las familias se reúnen y el país encuentra un motivo común para emocionarse. Si esa felicidad también nos distrae un poco de las preocupaciones diarias, vale la pena. Después de todo, una sociedad también necesita momentos para celebrar, gritar, abrazarse y recordar que la esperanza compartida tiene un valor propio. Después del partido continúan los desafíos que el país enfrenta y las tareas pendientes para construir un mayor bienestar.
Porque México puede estar hecho de desacuerdos en casi todo, de miradas distintas sobre la vida cotidiana, de opiniones que rara vez coinciden. Pero hay un umbral invisible donde esas diferencias se suspenden. Ahí aparece una unidad más antigua que cualquier discusión, una pertenencia que no se negocia. Cuando se trata de lo propio, de lo que se siente mexicano, los colores dejan de ser símbolo para volverse piel, y la emoción deja de ser individual para convertirse en algo que
empuja hacia afuera, como una misma voz que se reconoce sin necesidad de explicarse.
En ese momento, la identidad se activa. Se defiende, se comparte, se vive con una intensidad que desborda cualquier distancia. Y es ahí donde el “¿Y si sí?” encuentra su eco más profundo, cuando recordamos que también sabemos latir al mismo ritmo. ¡Vamos, México!
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