«La barbarie comienza cuando el otro deja de parecernos semejante.»
Tzvetan Todorov
Hay un instante en toda guerra en que los muertos dejan de tener nombre. Al principio son el hijo de alguien, una madre, un vecino, un amigo. Pero conforme la violencia se prolonga, las personas se transforman en cifras. 10 muertos. 100 muertos. 10 mil muertos. Cuando eso ocurre, el odio ha conseguido una de sus victorias más profundas: borrar el rostro del otro. Cada 18 de junio se conmemora el Día Internacional para Contrarrestar el Discurso de Odio, impulsado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2021 ante la expansión de narrativas discriminatorias, xenófobas y excluyentes que han encontrado en la polarización contemporánea un terreno fértil para multiplicarse. La fecha busca promover el diálogo, la tolerancia y la convivencia entre culturas, religiones y comunidades. Sin embargo, más allá de la efeméride, la conmemoración nos obliga a formular una pregunta incómoda: ¿en qué momento dejamos de ver a los demás como semejantes?
La interrogante adquiere una dimensión especial cuando observamos el escenario internacional. Mientras diversas regiones del mundo continúan atrapadas por conflictos armados, también surgen señales —todavía frágiles e inciertas— de que algunos adversarios históricos podrían explorar caminos distintos a la confrontación permanente. Las versiones sobre posibles acercamientos diplomáticos entre Estados Unidos e Irán, las conversaciones indirectas y los esfuerzos por reducir tensiones muestran una realidad que suele olvidarse en los momentos más oscuros: incluso los enemigos más enconados terminan sentándose a hablar cuando descubren que el costo del odio supera cualquier beneficio político.
Durante décadas, la relación entre Washington y Teherán ha estado marcada por la desconfianza, las sanciones económicas, los bloqueos, las amenazas y una retórica que convirtió al adversario en una caricatura moral. El filósofo Max Scheler describía este fenómeno como una forma de ceguera de los valores. El odio reduce la capacidad de reconocer cualquier rasgo positivo en quien se encuentra enfrente. Poco a poco, el otro deja de ser una persona y se convierte únicamente en una categoría: enemigo, infiel, imperialista, terrorista, invasor. Una vez que esa transformación ocurre, la violencia encuentra terreno fértil para justificarse.
Sin embargo, la historia demuestra que ninguna sociedad puede construir su futuro sobre el resentimiento permanente. Los grandes acuerdos de paz del siglo XX nacieron cuando las partes comprendieron una verdad elemental: coexistir resulta menos costoso que destruirse mutuamente. La paz nunca comienza en las mesas de negociación. Antes ocurre en un territorio invisible donde las sociedades deciden si el otro merece seguir siendo un enemigo para siempre. Ese es el desafío de nuestro tiempo. Las redes sociales, los algoritmos y la lógica de la confrontación premian la indignación y castigan los matices. Se vuelve más fácil descalificar que comprender. Más rentable señalar culpables que buscar soluciones. Más sencillo alimentar agravios que construir puentes. Por eso el discurso de odio representa mucho más que un problema de lenguaje. Es el primer paso de un proceso que termina erosionando la convivencia democrática y debilitando la capacidad de reconocernos como parte de una misma comunidad humana.
La pregunta resulta urgente cuando observamos las consecuencias de los conflictos contemporáneos. Detrás de cada cifra de víctimas existe una historia irrepetible, una familia truncada, una memoria que desaparece. El odio siempre intenta convertir vidas en estadísticas. La paz comienza cuando las estadísticas recuperan un nombre, un rostro y una historia.
Quizá esa sea la enseñanza más profunda de este 18 de junio. El futuro no dependerá únicamente de tratados, acuerdos o negociaciones. Dependerá también de nuestra capacidad para recordar que, al otro lado de cualquier frontera, ideología o creencia, sigue existiendo alguien que comparte la misma condición humana. Porque donde termina el odio, no empieza la victoria. Empieza el otro.
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