El Gran Premio de Japón tuvo un descenso cercano al 50 por ciento de audiencia respecto al año pasado; al aficionado ya no le está gustando lo que ve

“Si algo no está roto, no lo arregles”, dice un conocido dicho. La máxima categoría no se rige por frases célebres, a veces pareciera que ni por la misma lógica y hoy enfrenta su primera gran crisis desde que Liberty Media tomó las riendas de la F1, en 2016.

Es innegable que en la última década la Fórmula 1 supo reinventarse y convertirse en uno de los deportes con mayor número de aficionados alrededor del planeta, igualando en género a su audiencia y rejuveneciéndola (más del 50 por ciento de sus nuevos seguidores tienen ya menos de 35 años), entregando temporadas emocionantes como la de 2021 con el duelo Hamilton-Verstappen, o la del año pasado con la disputa entre McLaren y Red Bull.

Además, sumando aciertos mediáticos como la serie Drive to Survive de Netflix o la película protagonizada por Brad Pitt, atrayendo centenares de millones de dólares en patrocinadores.

Sin embargo, el fiasco que está siendo el cambio de normativa técnica implementada esta temporada, teniendo como protagonistas a las baterías eléctricas que igualaron su relación al poder de los motores a gasolina, pasando de un 30 a un 50 por ciento, no sólo está desencantando a equipos y pilotos sino a los aficionados a los que ya no les está gustando lo que ven: autos que ralentizan en rectas y en curvas lentas para recargar batería, eliminado curvas rápidas como la 130R del circuito de Suzuka, que hasta el año pasado se tomaba a fondo; en pocas palabras, autos 50 kilómetros más lentos que 2025.

Los efectos empiezan a sentirse, y es que de acuerdo con varios medios con datos de televisoras europeas y reportes preliminares de audiencias, el GP de Japón tuvo un descenso cercano al 50 por ciento respecto al año pasado, para lo cual han determinado una serie de reuniones durante el parón de primavera debido a la cancelación de los Grandes Premios de Bahrein y Arabia Saudita por el conflicto en Medio Oriente, para remediar la situación normativa y devolverle algo de emoción a la máxima categoría.

Pero, ¿por qué cambió el reglamento del año pasado, cuando a decir de pilotos como Lando Norris pasamos de los autos más rápidos y divertidos de manejar en 2025 a los complicados y lentos de 2026?

La respuesta es concreta y fría: más negocio, es decir, la FIA y Liberty Media en la búsqueda de atraer nuevos fabricantes modificaron la normativa. No les fue nada mal, pues Honda regresó e ingresaron nuevos motoristas como Ford, Audi y Cadillac, despertando el interés de marcas como BYD.

La normativa actual buscaba coches más sostenibles, ligeros y competitivos, motores híbridos más eficientes, mayor carga aerodinámica (efecto suelo) y la reducción de costos, lo que encantó a nuevos fabricantes, pues se alineaba a sus motores de calle en una industria que busca la eficiencia energética y que aún está decidiendo si desarrollar la parte híbrida o migrar totalmente a lo eléctrico. No es lo mismo trasladar la motorización y tecnología de F1 a la calle (como se hacía), que hacerlo a la inversa, en un deporte donde la prioridad era la velocidad.

La F1 tiene el tiempo contando para frenar que su audiencia de TV se siga yendo, en tanto que, al menos esta temporada, tendrá tribunas llenas, pero sin duda tiene el desafío ante 2027 de retenerlas.

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