Hidalgo y Coahuila

Jorge Camacho Peñaloza

Las elecciones recientes en Hidalgo y Coahuila fueron valoradas por los contendientes de manera poco objetiva. No pocos comentaristas se sumaron al entusiasmo o pesimismo arrastrados por el momento antes que por una consideración de lo sucedido. Tras los resultados, el Revolucionario Institucional, por boca de su Presidente, se presentó como una fuerza renovada, apenas recuerdo de la de Peña Nieto significada por la corrupción y la cleptocracia. Es tan inverosímil que el PRI se haya regenerado como que Morena esté al borde de su extinción.

Hidalgo y Coahuila son dos estados priistas en que las viejas prácticas, lo único que renueva el PRI, están a la orden día. Morena no fue el rodillo que se esperaba, pero quién lo esperaba. Por lo visto, López Obrador y los morenistas. En realidad, subestimaron al rival, justamente ese adversario al que nunca hay que menospreciar porque siempre está de vuelta. El PRI hizo bien su trabajo, Morena muy mal. El partido de Andrés Manuel no se aplicó. Interesado en su proceso interno, olvidó que en cualquier elección hay que trabajar hasta el día mismo de los comicios, que las encuestas suelen equivocar sus estimados y que el PRI sigue siendo el PRI. Con todo no es ya la máquina que aplanaba por donde pasaba. El PRI tiene serios problemas para ser competitivo en el 2021, de hecho, a nadie se le pasa por la cabeza en estos momentos que pueda ganar más que dos o tres Estados. Lo de MORENA es más preocupante para sus militantes puesto que si persiste la desorganización, la anarquía y el interés personal por encima del colectivo puede verse en una situación comprometedora.

Pero ambos de una u otra manera mostraron que son fuerzas a tener en cuenta. Caso distinto es el de Acción Nacional. El PAN hizo lo que últimamente hace muy bien: el ridículo. No es creíble que haya pasado en ambos estados a ser la tercera fuerza, muy lejos de los números que podrían ubicarlo en una situación competitiva. El PAN ofreció en las elecciones del último fin de semana todo lo que es: nada. Algo comprensible. Cuando Marko Cortés le encarga a Ricardo Anaya que se sitúe como la cabeza visible del partido, cuando en Anaya recae la responsabilidad de exhibir a un partido regenerado, cuando en apariencia ya se ha decidido que Anaya será el próximo candidato del partido en las presidenciales del 2024, y se limita a informar de tonterías mediante videos, en realidad está informando que el partido no se ha regenerado, que los mismos rapaces de antes siguen al frente, que la política tal como la entienden se limita a engrosar las cuentas corrientes de los dirigentes. Marko Cortés debería haber presentado su dimisión tras casi aniquilar a su partido en Hidalgo y Coahuila. No se irá, tampoco nadie dentro del partido se lo pedirá, porque todos viven muy bien del erario a costa de no hacer nada, con excepción de acumular más a cada momento.

Anaya no aporta otra cosa al PAN que no sea la memoria de una candidatura tan mediocre como inútil, acompañada con una dirigencia convenientemente seducida. El problema de Acción Nacional no está en la ciudadanía, sino en su dirigencia. Los ciudadanos volverán a votar al PAN cuando los actuales dirigentes se hayan ido. Que no lo hayan hecho ya indica, por lo menos, que el partido es sólo un aparato que tienen secuestrado para mejor salud de sus cuentas corrientes.

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