Hace varias semanas se promueve desde la Presidencia, el establecimiento de “reglas” para “proteger los derechos de las audiencias” ante noticias falsas, propaganda contraria al gobierno, supuestas calumnias o difamaciones de periodistas, comentócratas, empresas de medios masivos y todo aquello que critique al “proyecto de la cuarta transformación”, que es la voz del pueblo, expresada por la presidenta Sheinbaum.

El fondo del problema está relacionado con la concepción del Estado acerca del poder de la democracia sustentado en un marxismo elemental, hegemónico en la mayoría de las izquierdas gestadas alrededor de la Revolución Cubana, en lo que ha sido el castrismo.

Para el castrismo “tomar el poder”, en su época dorada, solo era posible mediante la lucha armada, específicamente a través de un “foco guerrillero”, capaz de aprovechar “las condiciones objetivas” para la revolución: miseria, explotación, desigualdad, injusticia social, dependencia de nuestros países del imperialismo, gobiernos dictatoriales, muchos de ellos militares golpistas; a ese catálogo sólo le hacía falta crear la “vanguardia revolucionaria” capaz de dar una lucha frontal, diferente a la conducta “oportunista” de los partidos comunistas bajo el liderazgo soviético.

En la larga marcha del castrismo, como la denominó Regis Debray, se debía atraer a los más valientes jóvenes que consideraban que “la revolución era socialista o era una caricatura de revolución”.

La última Revolución triunfante en América Latina fue la de Nicaragua en 1979, previamente había fracasado la guerrilla del Ché en Bolivia en 1967, la vía chilena al socialismo encabezada por Allende y en casi todo el continente la guerrilla se encontraba en vías de extinción, incluida la de El Salvador, donde el comandante Fidel Castro optó por buscar una “salida” que rompiera el empate entre el FMLN y la dictadura militar, aunque ahora no es motivo de este texto abordar cómo lo impuso Fidel y a costa de cuántos militantes .

A finales de la década de los 90, casi al inicio del siglo XXI, surgieron los procesos y gobiernos del “socialismo del siglo XXI” o también llamados parte de la “marea rosa” de gobiernos “progresistas”, principalmente de Lula en Brasil, Chávez y Maduro en Venezuela, Evo Morales en Bolivia y otros más efímeros en Ecuador, Honduras, y aunque con características diferentes, los gobiernos de izquierda en Uruguay y Chile. Todo ese fenómeno se organizó en torno al Foro de Sao Paulo.

El común denominador de todos ellos, con la excepción de Uruguay, Chile y Brasil, es que actuaron bajo el principio de no aceptar la alternancia política, dado que eso implicaba aceptar “la injerencia imperialista” para derrocar a los gobiernos “del pueblo”.

El caso mexicano se cuece aparte, sin que se piense que el castrismo no operó, ni opera en nuestro país. En realidad hay una línea de simpatía entre el castrismo de sus orígenes hasta su actual decadencia con la hegemonía priista, el perredismo y no se diga Morena en sus dos pisos: AMLO y Claudia Sheinbaum.

La 4T ha sido muy clara en su ruta para demoler a la incipiente república democrática, casi excepcional desde la fundación del Estado mexicano en 1821, donde en ese periodo de más de un siglo, solamente ha habido elecciones verdaderas de 1997 a las del 2024 donde triunfó de manera contundente Sheinbaum.

Demolida esa república: la presidencia imperial controla el poder legislativo, disolvió el poder judicial, abolió los organismos autónomos, controla el INE, el charrismo se mantiene vivo, gobierna en 24 estados y sus respectivos congresos; a todo ese inmenso poder le hace falta abolir la libertad de expresión, para garantizar que nunca habrá alternancia y “que jamás regresarán los que perdieron sus privilegios”.

@joelortegajuar

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