Hace tiempo que nos toca una medicina transformada (y trastornada) por la tecnología. Se acabó el tiempo del buen doctor Laennec con su estetoscopio, el médico que toca, palpa, ausculta, escucha físicamente a la persona que, antes de ser un paciente, es una persona. Ya experimentamos la batería de análisis, radiografías, resonancia magnética, IRM, etc. Pero, ahora, la IA ofrece perspectivas fabulosas y, como siempre, para bien y para mal. Al hojear Future Healthcare Journal, Modern healthcare, AI & Society: Knowledge, Culture and Communication, uno se asombra frente al entusiasmo que despierta la integración inevitable de la IA a nuestros sistemas sanitarios. Ella diagnostica y diagnosticará cada día más la enfermedad del paciente; es más, entrará en diálogo virtual con el enfermo real o imaginario: acuérdense del Doctor Knock que proclamaba “todo hombre sano es un enfermo que ignora su condición”. Realizará todo tipo de colonoscopias y ecografías.

Casandra, pobre de ella, señala los riesgos inherentes a la irrupción de la IA en nuestro sistema de salud: fiabilidad dudosa, contra fe ciega, pérdida de la confidencialidad contra privacidad y secreto profesional, mal uso o uso abusivo. Si no se le da una dimensión ética al recurso de la IA, el beneficio de permitir a los médicos una vertiginosa aceleración de su trabajo y, por lo mismo, la atención a un número mucho mayor de pacientes, irá al pozo; agravará todos los defectos y riesgos del sistema actual, tanto en la medicina pública y sus hospitales como en la privada. ¿No se aprovecharán las compañías de seguros de gastos médicos? ¿Qué pasará con los pobres?

Vale la pena escuchar a la Iglesia, especialmente las Iglesias católicas y ortodoxas. Las acusan de conservadurismo por sus posturas sobre el aborto y la eutanasia, pero tienen mucho qué decirnos. El historiador sabe que el origen de la atención sistemática a los enfermos se encuentra en la Iglesia primitiva. A fines del siglo IV, en el Imperio Romano de Oriente (Constantinopla), nacen y se expanden las instituciones que atienden a los pobres, nosokomeia, es decir hospitales, clínicas geriátricas y asilos para ancianos (gerokomeia), hospicios para los desamparados (xenodocheia). En el linaje de Esculapio, sus médicos desarrollaron cirugía, oftalmología, geriatría. Rechazaron el encarnizamiento terapéutico; se ha estudiado la suspensión de tratamiento a tres emperadores, el más famoso siendo Alexis I Comnena. Esas instituciones fueron creadas por la Iglesia que extendía la “caridad” a los enfermos y a los pobres, para obedecer a las instrucciones de Jesucristo (Mateo 24:40).

Esos antiguos médicos estaban totalmente abiertos a las innovaciones científicas y tecnológicas, anticipando al presente Papa León XIV en su primera encíclica. Los médicos, futuros santos de la Iglesia universal, Cosme y Damián, Pantaleón, eran discípulos de Galeno e Hipócrates. Los famosos “Padres de la Iglesia”, como Basilio el Grande, manifiestan en sus escritos el entusiasmo por los progresos de la medicina y de su tecnología. Afirman que Dios nos ha dado la inteligencia (natural) para realizarlos, porque “Él quiere que nos sirvan (…) para nuestro alivio personal y para alivio de los otros”.

Basilio, Crisóstomo, Juan Damasceno recibirían con agrado a la IA; León XIV también. Por su gran potencial para aliviar y ayudar a los que sufren. A la vez, nos recordarían que, como la lengua de Esopo, en su ambivalencia, puede ser la mejor y la peor de las cosas. Nos ayudarían a aceptar que ninguna tecnología puede realmente resolver sin más los problemas que plantean la enfermedad y la muerte. La IA no puede sustituir la presencia y el amor (caridad significa amor) de otras personas, empezando por el médico, al lado del que sufre. Bien dijo Hipócrates: “Donde aman el arte de la medicina, existe el amor a la humanidad”.

Historiador en el CIDE

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