La guerra lanzada por Vladímir Putin le ha ganado en duración a la primera guerra mundial con sus cuatro años y seis meses y parece que, de seguir así, rebasará a la Segunda Guerra Mundial. Me acuerdo del poema del admirable poeta ruso del siglo XIX, Mikhaíl Lermontov: Del Ural hasta el Danubio,/ Hasta el gigante río,/ Serpiente en la luz,/ Van los regimientos,/ Flotan tales hierbas orgullosas/ Los penachos blancos/ …La infantería sigue atrás,/ Aprieta sus filas pesadas, /Levantamos las banderas,/ Redobles de tambores/ Del inmenso ejército.
Sí, del Ural hasta el Danubio atacan a Ucrania sin tregua, pero ahora con cierto cansancio. El Blitzkrieg de unos días, anunciado por Putin cuando desató su “Operación Militar Especial”, fracasó y una larga guerra total ha sorprendido a los rusos y al mundo. Putin tuvo que improvisar un plan B para un conflicto de larga duración. Le apostó al tiempo, al cansancio de una Europa indecisa y dividida, y al regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. Un Trump que creyó que era capaz de obligar Ucrania a abandonar el Donbás a su amigo Vladímir, un Trump que con sus Vance y Hegseth ataca sin descanso a Europa y suspende la ayuda militar a Ucrania.
¡Oh, sorpresa! La resistencia ucraniana alimentó la de la Unión Europea y, abandonados por Trump, los ucranianos tienen ahora las manos libres para golpear en Rusia, algo que el presidente Biden y los europeos no permitían. Ahora Ucrania tiene sus drones y sus misiles Flamingo que son la gran novedad tecnológica de esa guerra que se parece, a la vez, a la vieja guerra de las trincheras de 1914-1918: “Sin novedad al Oeste” durante cuatro años. Las fuerzas ucranianas golpean sistemáticamente las instalaciones petroleras rusas, refinerías, ductos, terminales, puertos: dos de cada cinco instalaciones han quedado fuera de servicio y los rusos, al escasear la gasolina para sus coches, descubren que su país está en guerra. A la hora de la inauguración del Foro Económico Mundial de San Petersburgo, orgullo de Putin, un enorme penacho negro saludó a los invitados.
Los golpes a los hidrocarburos y a la industria militar se dan ahora en la profundidad estratégica de Rusia, lo que manifiesta la extensión geográfica de la guerra y la promoción de Ucrania al rango de actor geoestratégico autónomo, independiente, algo que el mundo tarda en entender. Antes, Putin tenía la exclusiva de la escalada y los occidentales prohibían a Kyiv pegar a los rusos fuera de Ucrania. Se acabó y por eso Putin ha lanzado cuatro veces su Oreshnik, misil hipersónico imparable (hasta hoy) que puede llevar carga nuclear. Curiosamente, la cuarta vez cayó en el territorio ocupado y anexado por Moscú. Para asustar a Europa, organizó también maniobras militares nucleares en Bielorrusia, con las fuerzas bielorrusas, justo a la frontera con Ucrania, a 150 kms de Kyiv.
Sería prematuro hablar de derrota rusa, puesto que el Kremlin cuenta con su triple alianza con China, Corea del Norte e Irán, pero Mauricio Meschoulam señala, con toda razón, que “Rusia comienza a resentir el costo acumulado de todos estos años de guerra y su capacidad de resistencia se está erosionando”. Por ejemplo, sus ejércitos sufren 30 mil bajas al mes y el reclutamiento mensual de contratados no rebasa los 25 mil. Eso explica que voces se levantan para pedir una gran movilización, algo que Putin aún no se resigna a hacer, porque no olvida la impopularidad de la movilización parcial de septiembre de 2022 que provocó la salida de Rusia de 300 mil ciudadanos. Putin sabe que la derrota podría salirle muy cara, pero pone sus esperanzas al ver al Occidente dividido más que nunca desde que Trump se metió en el callejón sin salida de Irán. Evoca la Gran Guerra del Norte (1700-1721) que terminó con la victoria de Pedro el Grande contra Suecia. Es apostar a una larga, muy larga guerra. Empezó en 2014. ¿Terminará antes de 2035?
Historiador en el CIDE

