Masha Slonim nos informó el día 13 de mayo que su hermana, Nina Litvinova, 80 años, acababa de suicidarse y que había dejado una carta a sus familiares y amigos para explicar su decisión. Como los noticieros rusos se limitaron a decir: “La oceanógrafa Nina Litvinova puso fin a sus días”, sin ningún comentario, Masha decidió publicar la parte menos íntima de la despedida: Putin atacó Ucrania y asesina gente inocente, mientras que aquí encarcela sin tregua a miles de personas que sufren y mueren porque están, igual que yo, opuestas a esta guerra y a sus crímenes. No puedo ayudarles de ninguna manera (enumera nombres de personas encarceladas y condenadas) ¡Intenté! Pero ya no tengo fuerza y la impotencia me atormenta día y noche. Me da mucha vergüenza, pero me he rendido. Por favor, perdónenme.
Nina Litvinova lleva un apellido famoso. Su abuelo, Maxim Litvinov, fue el Comisario para los Asuntos Exteriores de Stalin, antes de ser sustituido por Molotov. Su hermano, Pavel Litvinov, fue arrestado y condenado en agosto de 1968 por haber sido uno de los ochos “locos” que se manifestaron en la Plaza Roja de Moscú contra la intervención militar en Praga. Cuando cumplió su condena, se fue a EU donde vive todavía y sigue luchando a sus 86 años por los derechos humanos, tanto en Rusia como en los EU, denunciando a Donald Trump. Nina entró en disidencia al mismo tiempo que su hermano, después de la caída de Khrushchev, y siguió luchando hasta su muerte hace quince días.
“Disidencia: del latín dissidere, sentarse aparte, separarse. Acción o estado de separarse de una comunidad (política, religiosa, ideológica) por un desacuerdo fundamental. Implica la ruptura con una autoridad establecida, un partido, una doctrina”. Los disidentes soviéticos entre 1955 y 1991 volvieron famosa la palabra, a pesar de definirse ellos mismos como “los que piensan de otra manera”. Protestaban públicamente en la URSS en defensa de los derechos civiles y humanos. La perestroika pudo interpretarse como su victoria y así contribuyeron a la caída de la URSS. Para el régimen de Vladímir Putin son unos criminales que calumniaban a la URSS, los cómplices del Occidente que, con su ayuda, provocó la “mayor catástrofe del siglo XX”: la desaparición de la Unión Soviética.
En víspera de lanzar su guerra contra Ucrania, Putin liquidó las últimas huellas de un movimiento que había empezado a atacar desde la guerra de Chechenia y el asesinato en 2006 de Ana Politkovskaia, valiente periodista, defensora de los derechos humanos. A finales de 2021, Putin eliminó el Grupo Helsinki de Moscú, el Centro Andrei Sakharov y la gran ONG Memorial. De la generación de los disidentes soviéticos, pocos quedan en vida, porque casi todos habían nacido antes de 1940. Queda Alexander Podrabinek (72 años) que sigue de disidente; se ha negado a tomar el camino del exilio y, hasta la fecha, no se han atrevido a tocarlo porque, disidente a los veinte años, pasó ocho años, de 1978 a 1986 en el Gulag en condiciones extremadamente duras. Quedaba Nina Litvinova…
Haber luchado veinte, treinta años contra la represión soviética, vivir durante unos pocos años la ilusión de la victoria y, luego, asistir a la resurrección del monstruo… Leer en el libro de texto dictado por Putin la justificación del Gran Terror de 1937-1938 que se llevó casi un millón de personas; leer la exaltación de Stalin y que “con el nombramiento de Lavrenti Beria a la cabeza del NKVD, el terror fue puesto al servicio del desarrollo industrial de nuestro país”; escuchar hace un mes al presidente Putin celebrar la memoria de Dzerzhinski, el fundador de la Cheka, matriz de OGPU, NKVD, KGB y ahora FSB, órgano del cual Putin fue el dirigente antes de llegar al poder… Y no poder hacer nada. Es lo que explica la decisión de la inolvidable disidente, Nina.
Historiador en el CIDE

