En su encíclica Magnifica Humanitas, el Papa que lleva el anillo del Pescador Pedro, cita a J.R.R. Tolkien, el autor del Señor de los Anillos. En El Retorno del Rey, el mago Gandalf, líder de los que luchan contra las fuerzas de la Oscuridad, afirma: “No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir. Extirpando el mal en los campos que conocemos y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza”. El católico Tolkien debió de pensar en la parábola evangélica del trigo y de la cizaña. Así León XIV nos dice que no podemos erradicar el mal de una vez para siempre, sino mantener, en la medida de nuestras posibilidades, el mal a distancia de nosotros mismos. Es lo que hacen ahora los ucranianos frente a las fuerzas de la Oscuridad.

​Por cierto, la palabra latina Magnifica, la primera palabra de la encíclica, significa “capaz de hacer grandes cosas” y el texto de cien páginas y 250 párrafos termina con el Magnificat de la Virgen como programa político y social: “Desplegó el poder de su brazo y dispersó a los que tenían pensamientos orgullosos/ Derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes/ A los hambrientos los llenó de bienes y a los ricos los despidió vacíos”. León XIV, que ha revelado un temperamento firme frente a varios dirigentes estadounidenses, presenta una crítica del capitalismo tecnocrático, una reflexión geopolítica sobre la guerra y sitúa antropológicamente el lugar del hombre en un mundo automatizado. Opone el catastrófico “síndrome de Babel” al camino constructivo y paciente de Nehemías.

​La Torre de Babel designa el paradigma tecnocrático globalizado y los imperialismos enfrentados en carrera armamentista. En el capítulo V varios párrafos tratan de la guerra, de los intereses económicos, del “complejo militaro-industrial” (expresión acuñada por el presidente y exgeneral Eisenhower). El Papa analiza los factores que hacen más probable la guerra: la crisis del multilateralismo, el predominio de lógicas económicas, el creciente nacionalismo, el olvido de las tragedias pasadas, la desaparición de los diálogos sobre la paz. Para no asumir su responsabilidad, los dirigentes belicosos hablan de “Operación Militar Especial” (Putin) o de “excursión”(Trump). Cuando el Papa emplea la palabra “desarmar” no lo hace en un sentido pacifista ramplón; se trata de desmontar una ideología pseudoreligiosa que promete superar los límites humanos mediante la I.A. Ofrece una reflexión moral sobre la relación entre guerra e I.A. y reintroduce los límites políticos, jurídicos, antropológicos al uso actual de la violencia. Ve claramente cómo las grandes potencias retoman lógicas de esferas de influencia y poder imperial, usan de la guerra híbrida, de la desinformación tóxica que lava los cerebros y predica el odio, forjando el imaginario colectivo.

​Le preocupa la automatización de las decisiones estratégicas: que la I.A. decida el empleo del arma nuclear, por ejemplo. La I.A. no distingue entre el bien y el mal, no hay “agentes morales artificiales”, no es lícito confiarles las decisiones letales e irreversibles. Si se automatiza la decisión de atacar, desaparece la responsabilidad, la identificación, la rendición de cuentas. Lúcido, trágicamente optimista, nos dice: “En el tiempo de transformación digital, no seremos espectadores resignados a las fracturas sociales y culturales, ni simples comentaristas de las ruinas, sino mujeres y hombres que entran en las obras de la historia para levantar lo que se ha derrumbado y proteger lo que está expuesto… para que la ciudad de los hombres se vuelva más habitable, incluso cuando las lógicas burocráticas y los intereses partidistas parecen prevalecer”.

Historiador en el CIDE

Comentarios