El pasado 10 de agosto nuestro país perdió a uno de sus funcionarios más distinguidos y respetados: el Lic. Miguel Mancera Aguayo. Encabezó el Banco de México de 1982 a 1997, aunque con una breve interrupción de septiembre a noviembre de 1982, por los motivos explicados más adelante.
Al pensar en las aportaciones de Mancera, existe una tendencia a concentrarse en su etapa como director general o gobernador de nuestro Banco Central. Pero es importante tener presente que su carrera profesional en Banxico se extendió por cuatro décadas.
Es imposible hacer justicia al legado de Miguel Mancera en un artículo tan breve como este. Por tanto, me limito a destacar algunas de sus contribuciones a la vida económica del país.
Pocos saben que fue Mancera quien dio el primer impulso a la creación del Fondo para el Fomento de las Exportaciones de Productos Manufacturados (FOMEX), institución que encabezó y que jugaría un papel destacado en el estímulo a nuestro sector exportador. Ya en esos años sesenta, en un entorno dominado por el paradigma proteccionista, Mancera abogaba por la liberalización del comercio exterior. Más adelante sería una pieza clave para que estas barreras empezaran a derribarse a mediados de los años ochenta.
Como subdirector general del Banco de México, promovió la creación de los Certificados de la Tesorería de la Federación (CETES), que permitieron al gobierno federal contar con un instrumento no inflacionario para obtener financiamiento y fomentaron el desarrollo del mercado de valores. En ese mismo encargo, no obstante las opiniones adversas tanto en el sector público como en el privado, Mancera propuso la creación de la banca múltiple y encabezó su implementación. Esto aceleró la modernización del sistema bancario y fortaleció su estabilidad.
Ya como director general del Banco de México, Mancera fue uno de los principales protagonistas en el manejo de la grave crisis económica de principios de los ochenta:
-Para empezar, durante los meses de 1982 en que dirigió el Banco de México todavía bajo la presidencia de José López Portillo, enfatizó públicamente la necesidad de corregir el desequilibrio de las finanzas públicas, que, de haberse atendido, habría permitido evitar la crisis o al menos acotar su profundidad.
-Advirtió de manera oportuna, en abril de 1982, de la inconveniencia de instaurar en México un control generalizado de cambios, medida que tenía entre sus principales defensores a sectores de izquierda y a algunos funcionarios del entorno presidencial. Cuando López Portillo decidió introducir dicho control y, además, nacionalizar la banca comercial, Mancera presentó su renuncia.
-Ya iniciada la crisis, fue figura central en su superación, tanto por su contribución al manejo de la política macroeconómica, como por las acciones emprendidas para facilitar la reestructuración de la deuda externa del sector privado con la creación del Fideicomiso para la Cobertura de Riesgos Cambiarios (FICORCA) en el Banco de México.
Mancera continuó promoviendo mejoras en el funcionamiento del sistema financiero a finales de los ochenta y principios de los noventa. Así, para fortalecer la competitividad de la banca y permitir al Banco de México regular las operaciones financieras formales e informales, se eliminaron los controles a las tasas de interés, las canalizaciones selectivas de crédito y los controles cuantitativos a este.
Sin embargo, la acción más importante impulsada por Mancera en este lapso, que de hecho constituye una de las reformas institucionales más trascendentes en la historia económica de México, fue la aprobación de una reforma constitucional que otorgó la autonomía al Banco de México a partir de 1994. Esta es sin duda una de las bases de la estabilidad macroeconómica que ha caracterizado a nuestro país en las últimas décadas.
Desafortunadamente, la economía mexicana se vio afectada por una nueva crisis desde finales de 1994. Aunque fue determinada por factores internos y externos, económicos y políticos, se atribuyó una responsabilidad excesiva al Banco de México. En todo caso, pronto resultó evidente que se trataba de una crisis de liquidez, no de solvencia, y nuestro país recuperó el acceso a los mercados internacionales de capital apenas cuatro meses después de iniciado el trance.
Varios países europeos se quejaron en el Directorio del FMI, en el que yo participaba como representante de México, por un papel marginal del organismo en el diseño del programa económico con el que se enfrentó esa crisis, que el Fondo había apoyado con enormes recursos. Stanley Fischer, en ese entonces primer subdirector gerente del FMI, respondió que la política económica en México estaba manejada por un equipo con altos estándares profesionales, con Mancera como uno de sus líderes, al que el Fondo tenía poco que aportar.
Tuve la fortuna de mantener una larga relación profesional y personal con Miguel Mancera. Lo conocí cuando me promovieron a subgerente en Banxico en 1983. A partir de entonces empecé a tener contacto con él, que se fue intensificando con el curso del tiempo.
Viajé con Mancera a varias partes del mundo; las reuniones de trabajo con él fueron un aprendizaje invaluable; sufrí al apoyarlo en la preparación de algunas de sus intervenciones, por su minuciosa revisión del fondo y la forma; y lo acompañé en las duras reuniones de Washington durante los aciagos meses de 1994 y 1995. Como en el caso de muchos otros colegas, Mancera marcó de manera significativa mi formación profesional.
Tras su retiro de Banxico, mientras su salud lo permitió, me seguí reuniendo con él, ya fuera en el Banco, en su casa, en la mía o con amigos comunes. Frecuentemente me ponía en aprietos con sus preguntas, incisivas y certeras, pero siempre me beneficié de su sabiduría. Todavía tuve la suerte de hablar con él hace algunas semanas. Me llamó para comentar un libro, con la lucidez y profundidad de siempre.
Fue una combinación de inteligencia, firmeza de carácter, dedicación, honestidad y sencillez difícil de encontrar en un ser humano.
El país tiene una deuda enorme con Miguel Mancera Aguayo. Lo menos que se debe hacer es reconocerla.
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