El sistema liberal de partidos mexicanos enfrenta uno de los periodos más complejos desde que implementó las elecciones bajo reglas de mercado. El poder corruptor del dinero juega un papel central en la vida pública nacional toda vez que la realidad demuestra que algunos gobernantes, legisladores, regidores, no pudieron soportar la tentación de acceder a dinero mediante el ejercicio de la corrupción.

El oficialismo tiene frente a sí una disyuntiva: evidenciar que el sistema colapsó y cedió ante EEUU, versus dar lápiz y papel a la hasta hoy inexistente oposición para escribir una ruta propia más allá de la etnopolítica que desean emprender de la mano de la ultraderecha global.

Los hoy ocupantes del Estado lamen las heridas que infringen la relación con el narcotráfico, aprenden a vivir entre las dentelladas de Trump y hacen del acomodo interno la perenne dinámica de partido.

No obstante y a contrapelo del escenario nacional, la Ciudad de México responde a su historia política de territorio liberado. Con los problemas de siempre y más agudos en muchas zonas, el eterno vaivén entra en una nueva etapa que crispa y genera debate: una ciudad a colores.

Clara Brugada decidió “ajolotizar la ciudad” y destapó todo el clasismo de quienes creen que la ciudadanía es un bien estático y un título individual.

Atestiguamos cómo la lucha de clases sigue presente. No importa la situación de clase de una mujer gobernante, el entorno hará todo lo posible para echarle en cara su posición de clase.

Jefa de gobierno, chilanga, economista, de Iztapalapa y militante de movimientos de organización abajo, intuitivamente decidió contrastar con la ciudadanía “ilustrada” y connotar, a colores, que los gobiernos son algo más que garantes de la propiedad privada.

Allende lo subjetivo del “buen gusto”, estos episodios diluyen las falsas civilidades y ponen sobre la superficie esa vena de desprecio y discriminación que no podemos superar. Burlas y lenguaje soez brotaron para recordarnos que en México nos sigue dando comezón que una mujer ejerza el poder.

Al enunciar a la jefa de gobierno con múltiples adjetivos, las oposiciones de todo tipo colocan en perspectiva la poco favorable asimetría que les tatúa el rostro, pues para millones de capitalinos es novedad observar escaleras moradas, ajolotes en los trenes y muchas flores en los espacios públicos. A la mayoría le gusta el color, ¿y qué?

A la ciudad le duelen muchas cosas, como el Metro, el agua y el despojo del territorio. Dichos males no se reparan con pintura y ajolotes, desde luego. No obstante, en esta coyuntura Clara Brugada comunicó al interior de la propia clase y ocupó la mente de los capitalinos al ponerle nombre y apellido a los colores.

Consultor en El Instituto

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