Me tocó presenciar el plantón de 2006, luego de que Andrés Manuel López Obrador perdiera las elecciones. Recuerdo también que se alejaron de mí varias amistades porque cuestionaba el bloqueo del Paseo de la Reforma. No veía necesario ese proceder masivo, por lo menos no de esa forma que afectaba a la gente y los comercios mientras pretendía exponer el supuesto fraude electoral. Al principio, las carpas que impedían el tráfico estaban llenas de simpatizantes, inclusive me pidieron leer algunas de mis obras en esos espacios. Con el pasar de las semanas fueron quedándose vacías, solo propaganda que la ciudadanía sorteaba.
Veinte años más tarde, un grupo nutrido de representantes de la llamada Cuarta Transformación intenta posicionar el 2006 como momento fundacional y revolucionario de la izquierda mexicana para el nuevo siglo. Existe una operación política que el gobierno con ambiciones históricas ejecuta: construir el mito fundacional antes de que la generación que no lo vivió decida si le importa esa parte de nuestra historia. No es propaganda en el sentido burdo del término. Es la urgencia de fijar una épica antes de que el tiempo la disuelva en indiferencia. Hay una generación necesaria para el Estado: la nacida justo en 2006 y la previa de inicios de siglo.
En ese sentido, el lunes 29 de junio, una semana después del cierre del prerregistro de aspirantes a las 17 gubernaturas en disputa para 2027, la presidenta Claudia Sheinbaum ofreció en su conferencia matutina una explicación para la brecha generacional que las encuestas documentan con nitidez. Los jóvenes de 18 a 24 años, según Enkoll, registran una desaprobación del 44% hacia su gobierno. La presidenta reconoció el dato con un argumento que merece examinarse antes de aceptarse: los jóvenes no conocen el fraude electoral de 2006, las redes sociales reducen la política a mensajes de 30 segundos, y la solución es reforzar la educación histórica y la comprensión lectora. Esa declaración, quizá sin advertirlo, demerita el sistema educativo que como cabeza del Poder Ejecutivo ensalza.
Dos días después, el primero de julio, la presidenta firmó el decreto que convierte al Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, fundado el 29 de agosto de 1953 bajo el gobierno del presidente Adolfo Ruiz Cortines, en organismo público descentralizado adscrito a la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación, con instrucción explícita de investigar el avance de la extrema derecha en el mundo e integrar un cuerpo de intelectuales latinoamericanos para esa tarea. El supuesto fraude de 2006 no funciona aquí como referencia histórica a explicar a quienes no la vivieron: funciona como mito de origen. La derrota de López Obrador es, en esta lectura oficial, el punto cero de lo que después sería la Cuarta Transformación, el parteaguas equivalente a una fecha revolucionaria. Y los mitos de origen no se enseñan: se transmiten hasta convertirse en épica.
Invocar ese fraude para explicar por qué los jóvenes no comprenden al gobierno actual es una evasión. La desaprobación juvenil no es un fenómeno nuevo ni exclusivo de este gobierno. Los jóvenes de 18 a 24 años habitan un mercado laboral que no produce los empleos formales y bien remunerados que el discurso de la transformación prometió, y un sistema educativo cuya calidad no ha mejorado de manera verificable. Que la explicación presidencial se centre en la ignorancia histórica de ese segmento, y no en esas condiciones materiales, revela una lectura del problema que es políticamente cómoda y analíticamente insuficiente.
Conviene detenerse en lo que el decreto del INEHRM representa en términos institucionales, más allá de su contenido declarado. Convertir un instituto de historia en instrumento de análisis político de un adversario ideológico nombrado explícitamente, la extrema derecha, no tiene precedente neutral al que compararlo en la historia reciente de México. Puede leerse como política educativa legítima frente a un fenómeno real: el ascenso de gobiernos alejados de la izquierda latinoamericana es documentable. Lo que me parece grave es el uso de recursos públicos con fines de combate político: un instituto financiado por todos los contribuyentes dedicado a producir argumentos contra una parte del espectro político es peligroso y anuncia mediocridad.
El problema de fondo no es si los jóvenes saben qué ocurrió en 2006. El temor real es la alternancia. México tiene un patrón conocido en este nuevo siglo: doce años de PAN con Vicente Fox y Felipe Calderón, seguidos por el regreso del PRI con Enrique Peña Nieto en 2012. Ese ciclo impone preguntas que no pueden evadirse. Calderón heredó una elección impugnada, el mismo fraude de 2006 que hoy se invoca como mito fundacional, y aun así permitió seis años después el regreso del PRI. Si ese fue el estándar de la alternancia panista en condiciones de legitimidad cuestionada, la pregunta abierta para 2027 y el 2030 es si el bloque actualmente en el poder está dispuesto a replicarlo o si construye desde ahora las razones narrativas para no hacerlo.
Es una hipótesis, no un hecho. No hay evidencia de que el poder institucional actual se traduzca en resistencia real a ceder el gobierno en 2027, y conviene tratarla con el mismo cuidado con que se trata cualquier proyección sobre intenciones futuras de un actor político. Lo que sí es verificable es que los instrumentos para construir esa resistencia narrativa están siendo ensamblados en tiempo real: un instituto oficial dedicado a nombrar a la oposición como amenaza civilizatoria y una explicación presidencial que atribuye la desaprobación a la ignorancia más que a la gestión. Los jóvenes pues son la principal fuerza que pueden llevar a la alternancia al país. Pero no lo creo, es más viable pensar en la desinformación, en adelgazar la crítica misma con la exacerbación de las ideologías hasta llevar al hastío a las nuevas generaciones. Votar o no hacerlo, más temprano que tarde, será cuestión de viejos.
Así, no se trata pues de comparar a Claudia Sheinbaum con Felipe Calderón en el terreno electoral y las expectativas políticas: las condiciones son demasiado distintas para que la comparación sea útil. Se trata de algo más específico: la relación entre la construcción del mito fundacional y la disposición a aceptar la alternancia, que sería el verdadero cambio histórico del país en su madurez política. Los gobiernos que construyen mitos de origen con recursos del Estado no lo hacen porque tengan certeza de perder: lo hacen porque saben que la legitimidad que no pueden construir en el presente intentan heredarla del pasado. Esa operación convierte los recursos del Estado en herramientas del partido, la historia oficial en argumento electoral y la desaprobación ciudadana en ignorancia que hay que corregir.
Esa generación, las de los jóvenes, no tiene incentivos para hacer del 2006 su punto de referencia cuando lo que experimenta es el presente. El decreto del INEHRM ya está firmado. La convocatoria se publica en julio y las actividades de ideologización arrancan en septiembre de 2026. El indicador que observar no es si el instituto cumple su mandato declarado, sino si esa agenda de pensamiento crítico se traduce en contenidos electorales conforme se acerque 2027. La alternancia es la clave del presente maduro y democrático de México… el problema es: el comportamiento gansteril tan desnudo de nuestros protagonistas, el temor a perder la seguridad económica y el poderío de la influencia. Y finalizo: la Revolución Mexicana del siglo XX fue la piedra angular de la creación de las instituciones que nos rigen, la supuesta nueva revolución ha destruido a las instituciones que nos rigen. Qué paradoja.
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