Hablar de estrategia, de la acción de pensar, es muy importante y sobre todo revelador. Conforme pasa el tiempo observo y reflexiono respecto distintos aspectos de mi vida y reparo en los errores que he cometido: por no vislumbrar las aristas de los actos cometidos. Tener la posibilidad de reconocer en el presente errores pasados es un arte que en ocasiones no entendemos y debemos comprender con humildad. Hoy que me he interesado por la política desde las artes, específicamente desde la dramaturgia, descubro que en el drama hay bastante estrategia y escribir un solo diálogo conlleva a un sinnúmero de operaciones mentales que mejor plasmen no solo una idea sino un sentimiento profundo, a veces profuso. Escribir es un acto político en todas sus dimensiones y es, también, una declaración de estrategias que nos pueden desnudar y exponer como farsantes.
Descubrí hace un par de semanas a la escritora Toyoko Yamasaki en específico su obra Fumō chitai que puede traducirse al español como La zona estéril a mi parecer una obra maestra de estrategia política, amén de su valor literario, escrita 1973 y 1978 como una serie semanal para un periódico de Japón. No encontré ninguna de sus obras en español lo cual es una pena. El protagonista de la novela Tadashi Iki, era un antiguo estratega del Estado Mayor Imperial japonés, que sobrevive once años de trabajos forzados en campos soviéticos, luego de la Segunda Guerra Mundial, en el Lejano Oriente ruso y regresa al Japón en 1957, donde enfrenta una profunda alienación en una sociedad transformada.
Lo que Iki encuentra al regresar a Japón luego de su encarcelamiento no es el reconocimiento que su sacrificio podría justificar ni la integración que su inteligencia podría facilitar, como un veterano de guerra lleva a cuestas la deshonra porque, después de todo, su país fue vencido durante esa gran guerra que cobró miles de vidas de japoneses. Iki, desanimado, promete a su familia jamás involucrarse de nuevo con el ejército. Así, luego de pasar penurias económicas, es reclutado por una corporación llamada Kinki que lo contrata precisamente porque su formación militar le enseñó a pensar con una precisión que el entorno empresarial de la posguerra japonesa no producía por sí mismo. Sus colegas más jóvenes lo miran con condescendencia, una rareza del antiguo régimen imperial, un anacronismo sin habilidades para el nuevo Japón. Pero el mundo empresarial de la posguerra tiene bastante en común con la guerra.
Esa última observación es la clave de todo lo que la novela propone. No como metáfora sino como diagnóstico: los mecanismos que organizan la competencia corporativa y los que organizan el conflicto militar comparten una lógica profunda que la diferencia de escenario no alcanza a disolver. La jerarquía, la lealtad instrumental, la subordinación del juicio individual a la estrategia del conjunto, la disposición a sacrificar personas en el altar de los objetivos institucionales: todo eso que Iki aprendió en el Estado Mayor Imperial lo encuentra funcionando con plena eficacia en los pasillos de su empresa. Mientras Japón había recuperado la prosperidad material, Yamasaki, la escritora, tenía serias reservas sobre su desarrollo espiritual. El personaje principal representa los cambios y el progreso de Japón desde la guerra hasta la era en que fue escrito, pero la obra también detalla cómo el protagonista navega la zona estéril espiritual en que Japón se había convertido.
La zona estéril del título no designa un territorio geográfico ni una condición económica. Designa una condición del alma colectiva: la de una sociedad que ha aprendido a producir riqueza sin haber aprendido a producir sentido, que ha reconstruido sus instituciones sin haber reconstruido sus valores. Iki sobrevive los campos siberianos porque tiene una formación intelectual y moral que le proporciona recursos internos para resistir condiciones extremas. Lo que no puede sobrevivir es el descubrimiento de que esos recursos son incomprendidos, no valorados e incluso perturbadores para un entorno que prefiere la conformidad técnica a la integridad de fondo.
Yamasaki, la narradora, entrevistó a más de veinte supervivientes reales de los campos siberianos para retratar auténticamente las cicatrices físicas y psicológicas del encarcelamiento, así como la cultura corporativa de la época marcada por la competencia despiadada y las concesiones éticas. Esa metodología, el periodismo riguroso como base de la ficción, produce un efecto que la novela puramente imaginativa raramente alcanza. Así pues, Iki no es un símbolo: es un hombre concreto con una historia verificable en sus rasgos esenciales. Y precisamente por eso su experiencia dice algo que los análisis abstractos no pueden decir: que la mediocridad institucional no es una falla del sistema sino su modo de operación normal, y que la inteligencia genuina dentro de ese sistema no es un activo sino que perturba el statu quo corporativo.
Por tanto, ahí reside el núcleo político de la novela y el punto donde su relevancia para el presente se vuelve más incómoda. La fragilidad de la política, y de cualquier institución que opera con lógica de poder, no proviene primariamente de la corrupción en el sentido penal del término. Proviene de la selección sistemática de mediocridad intelectual como condición de permanencia en el sistema. ¿Cuál sistema? El nuestro.
No me refiero pues a la mediocridad que resulta de la falta de estudios ni la que produce la ignorancia técnica, sino la mediocridad que elige quien tiene capacidad de pensar con independencia y prefiere no hacerlo porque el pensamiento independiente es incompatible con la lealtad tribal que los sistemas de poder exigen. Iki es un hombre extraordinariamente capaz que debe negociar permanentemente entre esa capacidad y las demandas de conformidad que su entorno le impone. La zona estéril, pues, no está en Siberia: está en esa negociación.
No obstante, la pregunta que la novela instala, sin nunca formularla explícitamente, es hasta qué punto un sistema político o corporativo puede funcionar con criterios de selección que privilegian la lealtad sobre la competencia y la gestión de apariencias sobre la resolución de problemas. La respuesta que la historia proporciona es la misma en todos los contextos que se examinen: puede funcionar durante períodos considerables, producir resultados medibles y mantener su cohesión interna con notable eficacia. Lo que no puede hacer es enfrentar con éxito las crisis que requieren pensamiento genuino y que exigen exactamente el tipo de inteligencia que el sistema ha estado descartando sistemáticamente para preservar su homogeneidad. Decir la verdad. Sobre todo contravenir las ideas de los jefes.
Así, el paralelismo con la política contemporánea no requiere forzar la analogía: se presenta solo. Los sistemas políticos que llevan suficiente tiempo operando con lógica de lealtad tribal como criterio de selección producen, inevitablemente, élites gobernantes cuya cohesión interna es inversamente proporcional a su capacidad de gobernar. No porque sean ignorantes en el sentido académico del término, sino porque el tipo de pensamiento que los llevó al poder, la habilidad para navegar las jerarquías internas es exactamente el tipo de pensamiento que los inhabilita para la gestión de lo imprevisible. La inteligencia que produce líderes dentro de un sistema cerrado es estructuralmente diferente de la inteligencia que produce soluciones a problemas abiertos. Y los problemas reales de gobernar son siempre problemas abiertos.
La novelista intuye esa paradoja con la precisión de quien observó el Japón de la posguerra desde adentro y comprendió que su milagro económico contenía las semillas de su propia fragilidad. Mientras Japón había regresado a la prosperidad después de su catástrofe bélica, ella tenía serias reservas reitero sobre su desarrollo espiritual. Lo que le preocupaba no era el crecimiento del PIB ni la reconstrucción industrial: era la posibilidad de que una sociedad pudiera alcanzar todos los indicadores externos del éxito mientras permanecía espiritualmente estéril, incapaz de producir el tipo de ciudadano y de dirigente que una democracia funcional requiere. Esa preocupación, formulada en el Japón de los años setenta, describe con perturbadora exactitud el estado de buena parte de la política contemporánea en cualquier latitud que se examine sin importar pasiones gremiales como: la izquierda o derecha.
Paréntesis: a últimas fechas leo a los ideólogos políticos y comentaristas decir con preocupación que Latinoamérica está girando hacia la derecha. No entiendo bien a bien el delirio. Pareciera que regionalmente somos, me incluyo como mexicano, herederos de una tradición de izquierdas por el hecho de pertenecer a esta región del orbe. La izquierda ha perdido espacios por sí misma y su incapacidad de renovarse y lo que es peor: por rechazar la “técnica” pues se contrapone por lógica a sus ideales más sensibleros que objetivos. Y el progreso nos guste o no necesita de la técnica y no me refiero con esto a la tecnología sino al proceso mismo de gestar sistemas de gobernanza. Luiz Inácio Lula da Silva lo entiende bien… él dice que se debe girar al centro y eso se entiende como derechas. Pues seamos de derecha.
Regresando al tema de la mediocridad intelectual en el poder, ésta no se anuncia con incompetencia técnica visible: se anuncia con la incapacidad de formular las preguntas correctas. Un político mediocre puede dominar los procedimientos y puede sobrevivir múltiples ciclos electorales con notable éxito. Lo que no puede hacer es ver más allá del horizonte que su formación en el sistema le ha dado. Iki, el personaje de la novela, en cambio, ve más lejos porque su formación ocurrió fuera del sistema corporativo que lo emplea, en condiciones que exigían pensamiento real porque la alternativa era la muerte. Esa diferencia entre el pensamiento forjado en la adversidad real y el pensamiento producido en el invernadero institucional es lo que la novela de Yamasaki documenta con precisión lo que pocos manuales de ciencia política han igualado… y que Luis Spota entendió a la perfección.
Empero, el contrapunto más revelador que la obra ofrece al presente no está en el argumento explícito sino en la forma en que describe el proceso de toma de decisiones corporativas. Las reuniones, las negociaciones, los informes: todo el aparato burocrático de la corporación Kinki funciona con una eficiencia formal impresionante y produce decisiones que con frecuencia son erróneas no porque los procedimientos fallaran sino porque las personas que los ejecutan carecen de la profundidad de juicio para distinguir entre lo que el procedimiento dice y lo que la situación real requiere. Es el triunfo de la forma sobre el fondo.
Hoy que el partido en el poder recibió la inscripción de 277 perfiles que intentarán ser candidatos para gobernadores en 17 estados de la república mexicana, veo que estamos de cara a un corporativismo donde al parecer cada aspirante será evaluado por una equipo de Recursos Humanos, por demás inquisitorio, que definirá si el aspirante es apto para el trabajo de gobernar. Estamos hablando pues de vacantes y no de puestos de elección popular. Por lo menos esto abre la puerta de facto a comprender la política nacional moderna no como un ejercicio democrático sino identitario en sus lealtades. No es que antes no hayan existido dichas lealtades, lo preocupante es la mediocridad a ultranza que deriva de los radicalismos de la izquierda que se nos presentan como transparencia.
Hay una pretendida Revolución Mexicana para el siglo XXI, por lo menos en idea, que dio inicio hace ocho años con la llegada de Andrés Manuel López Obrador al poder. Esta revolución es de adelgazamiento institucional que se disfraza de renovación democrática… simulación. Al final, cuando termina la revolución la pregunta que subiste es: ¿y ahora qué? Sigue sin respuesta.
Eliminemos ya el mote ciudadano y democrático de los partidos, demos paso al corporativismo político bien definido… el que busca ascensos, el que olvida a los ciudadanos. Urge que el gobierno de la presidenta regrese a la técnica… si hay alguien que debe apartarse de los romanticismos es ella. Si desean que la izquierda prevalezca en Latinoamérica pueden comenzar por dejar de hundirla. Los carteles de las comunidades comunistas que decoran las paredes de la Facultad de Economía de la UNAM es la muestra de la limitante intelectual de dichas ideologías para el siglo XXI.

