¿De qué podemos sentirnos culpables en la actualidad? Mejor aún, ¿de qué pueden hacernos sentir culpables? La respuesta resulta tan sencilla como demoledora: de absolutamente todo. De ser hombre o de ser mujer. De ser religioso o ateo. De profesar el cristianismo, el judaísmo, el islam o ninguna fe. De pensar libremente y decirlo en voz alta. De cuestionar, de dudar o simplemente de no alinearse con la corriente dominante. Hablo de culpa, no de vergüenza. Esa distinción resulta fundamental. La vergüenza surge desde dentro cuando alguien falla ante sus propios estándares y suele tener un carácter sano y correctivo. La culpa, en cambio, se ha transformado en un arma política y cultural: una deuda moral para controlar comportamientos, paralizar voluntades y extraer obediencia permanente.

El cine honesto suele anticipar lo que la política tarda décadas en admitir abiertamente. Straw Dogs, dirigida por Sam Peckinpah en 1971, representa uno de esos pocos casos en que una película no busca entretener al espectador, sino interpelarlo con crudeza incómoda. La historia es directa: una pareja urbana llega a un pueblo remoto de Inglaterra. Ella arrastra un pasado con hombres de ese entorno áspero. Él, un académico educado y racional, llega convencido de que la distancia intelectual y las buenas costumbres ofrecen la protección suficiente ante la realidad más primaria.

La presión se acumula, a lo largo de la película, de forma lenta pero inexorable. Al final, el hombre más civilizado de la trama estalla en una violencia que jamás aprendió en libros ni en aulas universitarias. La naturaleza humana no se borra por decreto cultural. Cuando se la comprime en exceso, regresa con intereses y con una fuerza proporcional a la represión sufrida.

Películas como esta exponen precisamente lo que la cultura dominante, la que domestica y maneja el gobierno, busca acallar con insistencia. Muestran sin anestesia que el salvajismo de la naturaleza humana sigue latiendo bajo la superficie de cualquier civilización cuando esta se vuelve demasiado asfixiante. Ningún gobierno quiere ni necesita que ese salvajismo ande a flor de piel. Lo que realmente requiere es una población mansa y predecible, que responda mejor a la culpa inducida y al miedo administrado que a sus instintos más primarios el gobierno es en esencia una religión. Por eso se persigue, se margina o se intenta cancelar todo relato que recuerde al ser humano como una criatura compleja, capaz tanto de grandeza como de lo peor, y no como un ser blando y reprogramable según conveniencia política.

El verdadero objetivo del cine auténtico consiste en explorar el bien y el mal sin dictar al espectador cuál debe elegir. No se busca una pedagogía moralizante ni una catarsis prefabricada. El propósito radica en dejar al público salir de la sala sin respuestas fáciles, pero cargado de preguntas más afiladas y peligrosas que las que traía al entrar. Ya desde los años setenta se advertía que la industria cinematográfica comenzaba a adelgazar sus temas porque la complejidad se convertía en un riesgo comercial que nadie quería asumir. Lo que entonces parecía una tendencia preocupante hoy constituye un ecosistema cultural completo y dominante. No existe nada peor que una obra de arte moralizante al igual que un político mesiánico.

Las redes sociales, los algoritmos de recomendación, los sistemas educativos, las plataformas informativas, los partidos políticos, las iglesias reconvertidas en marcas emocionales y las empresas que hablan como si tuvieran conciencia moral forman parte de ese mismo aparato. Todo ha sido calibrado, ya sea por diseño o por incentivos perversos, para producir pensamiento fácil, emociones rápidas y certezas baratas. El resultado no consiste en que la gente sea estúpida por naturaleza. La gente ha sido entrenada sistemáticamente para comportarse como tal. Existe una diferencia abismal entre ambas realidades, y confundirlas forma parte del mismo problema. Ahora bien, nadie está obligado a participar en las locuras de los otros, no obstante, en la actualidad si no participas de la estupidez de los otros te conviertes en un paria.

Las opiniones que se defienden con mayor vehemencia suelen ser exactamente aquellas que carecen de fundamentos sólidos. La vehemencia actúa como termómetro preciso de la ausencia de convicción racional. En cualquier debate político actual se observa esa dinámica con una regularidad escalofriante: cuanto más se grita, menos se argumenta; cuanto más se insulta, menos se piensa; cuanto más se cancela, menos se entiende.

En la convención del Nuevo Partido Democrático de Canadá, se alcanzó un nuevo nivel de absurdo que resume con claridad el rumbo que se pretende imponer, por moda o control, a todas las sociedades. Una delegada queer exigió la palabra invocando su “tarjeta de equidad de género”, una boleta azul que le otorgaba prioridad automática para hablar por encima de cualquier otro delegado.

Cuando la moderadora dudó un segundo en reconocerla, la activista estalló en indignación, reclamando su “punto de privilegio” y exigiendo que se respetara su derecho preferencial por el simple hecho de ser queer. Otra participante, identificada como mujer negra (que pudo identificarse como blanca), intervino con ironía para señalar que esas tarjetas de equidad “no tienen ningún valor fuera de este espacio”. El momento, captado en video, resulta revelador: en ciertos círculos progresistas ya no se debate con ideas, se compite con jerarquías de victimización.

La esencia de una mente en verdad independiente no reside en el contenido concreto de sus ideas, sino en el método con que las examina. Ese proceso puede resultar lento, incómodo y lleno de contradicciones. Cambiar de posición cuando la evidencia lo exige no representa traición, sino la consecuencia natural del pensamiento real. Sin embargo, ese mismo método es lo que el ecosistema cultural actual castiga, margina y, cuando puede, elimina.

Empero, un ciudadano que confunde indignación con análisis resulta más fácil de movilizar. Un votante guiado por el miedo o la identidad tribal se vuelve predecible, manipulable y electoralmente rentable. Los gobiernos, lejos de corregir esta dinámica, la han aprovechado con frecuencia porque un electorado que no piensa como adulto resulta mucho más manejable que uno que sí lo hace. El pensamiento ideológico, independientemente de su signo, comparte la misma estructura tóxica cuando se cierra en dogma: exige obediencia, penaliza la duda y fabrica culpa de manera industrial. Mantiene a sus seguidores en una deuda moral permanente que nunca puede saldarse del todo. Esa constituye la cadena más eficaz jamás inventada, porque quien la lleva no la percibe como opresión, sino como conciencia superior.

La cultura occidental actual ha secularizado esa mecánica con eficacia notable. Ya no se habla de pecado original, sino de una lista interminable de privilegios que nunca terminan de pagarse, de traumas colectivos sin matices (culpas) y de identidades que deben declararse antes de poder pensar. Una vez definidas, esas identidades determinan de antemano qué conclusiones están permitidas. Eso ya no constituye pensamiento. Se reduce a mero reconocimiento de señales tribales.

Por tanto, a quien realmente incomoda que la gente piense como adultos responsables es a todo el entramado del poder que nos rodea. Incomoda a quienes venden certezas baratas, a quienes gobiernan mediante el miedo y la culpa fabricada, y a quienes han construido su posición sobre un rebaño que no cuestiona la dirección en que se le conduce. Su supervivencia depende de que los demás no pregunten demasiado, no comparen, no recuerden y no exijan evidencia ni coherencia.

El error clásico consiste en creer que la distancia intelectual o la educación formal bastan como protección. La madurez no es una postura estética, sino una decisión dolorosa y diaria que se toma incluso cuando el entorno entero empuja hacia la comodidad del rebaño. Pensar como adultos significa asumir la responsabilidad plena de las propias conclusiones, evaluar las ideas por su coherencia interna y su correspondencia con la realidad, no por la tribu que las defiende.

En última instancia, y perdón por la obviedad tan pedestre, todo este mecanismo de domesticación cultural y fabricación de culpa converge en la política. Los gobiernos y las élites que los sostienen necesitan ciudadanos mansos, culpables y predecibles para mantener y expandir su poder sin resistencia real. Cuando la cultura acalla las verdades incómodas sobre la naturaleza humana, cuando entrena a la población para responder con emociones rápidas en lugar de pensamiento profundo, y cuando convierte la culpa en herramienta de control permanente, está preparando el terreno perfecto para un ejercicio autoritario de la política.

Recuperar la capacidad de pensar o de ser violentos con consecuencias reales, rechazar la culpa impuesta y exigir madurez adulta no es solo un acto individual de dignidad. Se convierte en el acto político más subversivo y necesario de nuestro tiempo. Porque mientras sigamos aceptando que nos hagan sentir culpables de todo, seguiremos siendo gobernables desde el miedo y la deuda moral. La pregunta urgente que queda es una sola: ¿cuántos más necesitamos perder libertad, en claridad mental y en dignidad antes de decidir que ya es suficiente?

Lo políticamente correcto ha logrado lo que ninguna dictadura abierta consiguió con tanta eficacia: aniquilar la crítica genuina sin necesidad de tanques en las calles. Hoy, cualquier investigación incómoda que exponga fallas, fraudes o realidades crudas se etiqueta automáticamente como “odio”, “desinformación” o “violencia simbólica”, y queda silenciada antes siquiera de ser debatida. El colmo de esta farsa se vive en California, donde demócratas impulsan leyes como la AB 2624, bautizada irónicamente por sus críticos como el “Stop Nick Shirley Act”, que busca criminalizar el periodismo investigativo ciudadano con multas de hasta 10 mil dólares, penas de cárcel y órdenes de eliminación de contenido, simplemente por documentar fraudes a través de negocios o instituciones financiadas con dinero público. En aras de la “democracia”, se pretende ahora que los gobiernos decidan qué se puede investigar y qué debe permanecer oculto.

Porque, según esta nueva lógica, la democracia ya no consiste en pluralidad de voces, en debate abierto ni en rendición de cuentas. Se reduce a estabilidad impuesta: una paz artificial mantenida mediante la pérdida total de la lógica de la libertad. Una sociedad donde los periodistas que revelan crímenes o corrupción se convierten en los nuevos delincuentes, mientras los verdaderos abusos quedan protegidos bajo el manto sagrado del “progreso” y la “inclusión”. Así, en nombre de la democracia se entierra la democracia misma.

Hemos perdido la capacidad de ser adultos. Se nos ha enseñado que ser honestos con nuestras ideas equivale a ser agresivos contra quienes no comparten nuestro mundo, mientras que, al mismo tiempo, se nos exige aceptar con solemnidad las más absurdas fantasías colectivas. Hoy debemos fingir que la Tierra es plana si así lo declara un grupo vociferante, o asentir con respeto cuando seres humanos ladran y exigen ser tratados como animales porque así se identifican en su “verdad interior”. La madurez ha sido redefinida como sumisión: callar ante lo irracional para no herir sensibilidades fabricadas, mientras se margina, se acusa de intolerante o se cancela a quien se atreve a decir que la biología no es un constructo social o que la realidad no se pliega a caprichos subjetivos. Esta inversión perversa convierte la honestidad intelectual en un acto de violencia y la cobardía moral en virtud cívica. El resultado es una sociedad infantilizada, donde el miedo a ser etiquetado como “agresivo” o “problemático” ha sustituido al valor de pensar con claridad y con verdad.

El problema son los niños modernos que sin conocer el mundo sienten culpa al pensar libremente, no saben qué es eso, porque se les educa en un sistema progresista donde 1 + 1 es igual a manzana… La llamada teoría crítica, aunque muy interesante, tuvo éxito en su instrumentalización manipulada, nuestra masa infantil.

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