Nombrar al enemigo antes de describirlo es una técnica tan antigua como la demagogia misma, y tan fallida si no se estructura el significado del enemigo. En este sentido, ponerle etiqueta antes de construirle contenido, es también jugar con la gente esperando que éstos reconfiguren la realidad generando caos. Así pues, el término ultraderecha lleva meses circulando en los discursos del oficialismo mexicano con una insistencia que no obedece al rigor ideológico sino a la urgencia de quien necesita un salvavidas en medio de la tormenta política; y la urgencia, en política, casi nunca produce claridad: produce distorsión calculada.

Conviene partir de las definiciones: la ultraderecha, en su sentido técnico y político preciso, designa un espectro ideológico que promueve el nacionalismo extremo, el conservadurismo social y posturas autoritarias o abiertamente antidemocráticas. Se opone a la globalización por motivos de soberanía, prioriza la homogeneidad cultural por encima de los derechos de las minorías y recurre, en sus expresiones más acabadas, a métodos de movilización que colindan con la violencia organizada. Eso es la ultraderecha. No un partido de oposición que vota en contra de una reforma judicial y no un empresario que critica la política económica. Llamar ultraderecha a esas expresiones no es un error de diagnóstico: es una operación retórica deliberada. Y como toda operación retórica deliberada, hay que preguntarse a quién sirve y, sobre todo, para qué sirve…

Por su parte, la ultraizquierda, también conocida como extrema izquierda o izquierda radical, designa los movimientos, partidos o ideologías que buscan transformaciones sociales, políticas y económicas mucho más profundas y drásticas que las propuestas por la izquierda convencional. Hasta ahí, la diferencia ideológica entre ambos extremos parece abismal. Lo que resulta filosófica y políticamente revelador es que, pese a esa oposición de contenidos, los dos extremos comparten una arquitectura estructural casi idéntica. Ambos rechazan el centro liberal y la democracia representativa, a la que consideran corrupta, débil o capturada por intereses burgueses. Y también ambos exhiben tendencias autoritarias al priorizar el control fuerte del Estado o de una élite vanguardista sobre las libertades individuales.

Empero, los dos extremos pues se oponen a la globalización: uno por motivos nacionalistas, el otro por considerarla imperialista. Los dos promueven un colectivismo intenso que subordina al individuo a una entidad superior, la Nación en un caso, la Clase en el otro. Los dos están dispuestos a emplear métodos radicales para lograr una transformación total de la sociedad. Su visión del mundo es maniquea y utópica, marcada por el dogmatismo, la intolerancia hacia el disidente y la convicción de que solo su proyecto histórico puede salvar a la humanidad de su enemigo existencial… y el enemigo es el Estado mismo en su concepción de Nación, de la nación que desea uno u otro extremo.

Son, en ese sentido, ambos extremos espejos ideológicos. Se miran como enemigos absolutos y se parecen en lo que más importa: en la forma, en los métodos, en el desprecio compartido por el liberalismo moderado, en la necesidad estructural de un adversario que justifique su propia existencia.

Retomo a Winston Churchill que lo formuló con la economía verbal que lo caracterizaba: “un fanático es aquel que no es capaz de cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema”. La frase retrata con precisión el estado del debate político mexicano en este momento. La incapacidad de cambiar de opinión es ideológica. La negativa a cambiar de tema es estratégica. La combinación de ambas produce exactamente lo que estamos viendo: una conversación pública atrapada en un bucle de enemigos fabricados, donde el adversario de ayer se recicla con nuevo nombre para cubrir las urgencias del presente. El problema ya no son los conservadores sino la ultraderecha… y somos los mexicanos contra nosotros mismos.

Lo que existe en el espectro que el oficialismo pretende señalar como ultraderecha es, en términos más precisos, una derecha conservadora (igual que la izquierda) y con escasa capacidad de articular un proyecto de Estado creíble (al igual que la izquierda). Una derecha que merece crítica por esa incapacidad, no por fantasías totalitarias que no le corresponden. Atribuirle el carácter de ultraderecha no ilumina el problema: lo falsifica. Por tanto, la falsificación sistemática del adversario tiene un costo que el propio oficialismo termina pagando: cuando el enemigo no es lo que se dice que es, la estrategia construida para combatirlo resulta inútil frente a los problemas reales. (Ahora bien, nuestra izquierda necesita urgentemente dignificarse a sí misma pues se encuentra ya en el escenario caricaturesco donde la desesperación por no dominar, no digamos ya el discurso sino la política en sí, ha rebasado al proyecto del actual del gobierno mexicano.

Esos problemas, pues, reales son considerables. Los embates de la administración estadounidense sobre la clase política mexicana, con sus cancelaciones de visas, sus señalamientos directos y su disposición a nombrar vínculos que antes se callaban por cortesía diplomática, han colocado al oficialismo en una posición estructuralmente incómoda: defender a una clase política que tiene mucho que no puede defenderse a plena luz. La respuesta a esa incomodidad no ha sido la autocrítica. Observo que sí ha sido la construcción de un enemigo nuevo que permita cerrar filas sin que nadie pregunte demasiado alrededor de qué.

Ahí radica la trampa que el propio gobierno tiende para sí mismo. Al apelar a un nacionalismo a ultranza como argumento cohesionador, el discurso oficial tropieza consigo mismo en tiempo real. Los llamados a cerrar filas en torno a la presidenta Claudia Sheinbaum son comprensibles como estrategia de unidad, pero se articulan a través de la misma clase política que ha contribuido decisivamente a desgastar esa popularidad y ese accionar de la presidenta que, dicho sea de paso, es lo más digno de la 4T puesto que defiende un proyecto que otros desmoronan. Así, los llamados a la unidad nacional que provienen de quienes han fragmentado la confianza institucional no suenan a convocatoria: suenan a necesidad. Y la necesidad, cuando se viste de grandeza exhibe la fragilidad que intenta ocultar.

Resulta pertinente, aunque incómodo, recuperar una observación de Adolf Hitler que no cita uno con gusto pero que describe el fenómeno con más honestidad que muchos análisis posteriores: “la gran fortaleza del Estado totalitario es que obliga a quienes lo temen a imitarlo”. No se trata de establecer equivalencias que serían históricamente absurdas. Se trata de señalar un mecanismo: cuando un gobierno democrático comienza a construir enemigos ideológicos donde no los hay, algo en la arquitectura democrática de ese gobierno ha comenzado a destruirse: hay demasiados aprendices de caudillos en México en este momento. El mecanismo no necesita de la intención totalitaria para producir efectos totalitarios, basta con la urgencia.

Pero regresemos a la figura de la izquierda latinoamericana: José Martí, cuyo pensamiento el oficialismo mexicano invoca con selectividad que haría sonrojar al propio cubano, escribió que los legisladores necesitan ciertamente una escuela de moral. La frase merece ser completada con el diagnóstico que el presente impone: el problema no es que falte esa escuela. Es que estamos ante un momento estructuralmente amoral, donde la necesidad de unos cuantos de controlar al otro, al aparato del poder, al gobierno, al Estado mismo, suspende todo juicio, donde la distancia entre los principios es ya tan ancha que cruzarla requeriría un ejercicio de honestidad que ningún actor relevante del sistema parece dispuesto a realizar. La amoralidad política no es la ausencia de principios declarados: es precisamente la coexistencia de esos principios con su violación sistemática y descarada.

No podría afirmar, por no haber vivido otras generaciones, que la polarización extrema que vive México es un fenómeno sin precedente histórico. Lo que sí puedo atestiguar es que la distinción entre adversario legítimo y enemigo existencial tiene consecuencias reales sobre la calidad del debate público y sobre la posibilidad de construir política de Estado en lugar de política de trinchera. Cuando esa distinción se falsifica sistemáticamente y se le llama ultraderecha a lo que es oposición moderada y, por otra parte, se llama transformación a lo que es consolidación de poder, el lenguaje político pierde su función más básica: nombrar las cosas con precisión para poder discutirlas con honestidad.

Así pues, nuestro enemigo está en casa. Lleva décadas ahí y tiene nombre colectivo: clase política. De ese núcleo se desborda una capa de radicales que tiene mucho que ver con el estado actual polarizado del país a pie de calle, con la normalización del insulto como argumento. Que prospere o no una ultraderecha real en México, que articule o no una ultraizquierda coherente más allá del relato, resulta casi secundario frente al hecho más básico: el país funciona no gracias a su clase política sino a pesar de ella. Funciona por la inercia que generan los empresarios, los trabajadores, las familias, las instituciones intermedias que operan lejos de las cámaras y cerca de la realidad. Esa inercia sostiene al país con una eficiencia que debería avergonzar a quienes se atribuyen el mérito de sus resultados.

Por tanto, reconfigurar al Estado mexicano no puede iniciarse desde la falsedad de las palabras o, de la palabra de moda, la narrativa. Requiere exactamente lo contrario: nombrar con precisión lo que hay, distinguir con rigor lo que se quiere, aceptar sin eufemismos lo que se ha hecho mal. Esa exigencia no es de izquierda ni de derecha: es el umbral mínimo de cualquier proyecto político que aspire a gobernar en lugar de solo permanecer.

La ultraderecha no es el problema de México. La ultraizquierda amoral tampoco es su solución. El problema tiene nombre y apellido colectivo: una clase política que, atrapada en su propia necesidad de control, ha dejado de servir a la república que dice defender incorporándose presuntamente en las entrañas de la corrupción y del crimen organizado… pero esto no escandaliza a nadie. Y eso, precisamente eso, es lo más grave. Hay que educarnos en el civismo… en la civilidad… y exigir la renovación de los rostros políticos…

Para finalizar: hay que preguntarnos qué es México… conocemos la palabra pero cuándo fue la última vez que reconfiguramos el concepto que, en verdad, nos designa. Hoy que Donald Trump está en boca de todos porque resulta ser un concepto en sí mismo inocente de cara al caos y los voraces intereses de las clases dominantes de EEUU que lo sobre pasan en su bonhomía… valdría la pena recordar que ,en diversos rincones del orbe, las palabra mexicanos, México, mexicano, deriva en terrorista… ¿y dónde queda el gran país que supuestamente somos? Hay que construirlo… UNA VEZ MÁS. Ya no es un tema de asesores radicales sino de técnicos… y de voluntad política allende las ideologías…

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