#Cronografías
Lo he escrito al menos cinco veces a lo largo de los años en estas columnas, y no me disculpo por repetirlo: cuando era niño creía que la clase política era inmaculada. Educada. Ética. Esa convicción, que hoy suena ingenua hasta el rubor, tenía una explicación concreta. Pertenezco a esa generación a la que se le dejaba como tarea ver por televisión los maratónicos informes de gobierno, ceremonias que duraban entre cuatro y seis horas y que nadie en su sano juicio calificaría de entretenimiento. En esos informes, sin embargo, había algo que ahora reconozco como un bien público que entonces no supe valorar: veías conducirse al presidente y a los funcionarios con una compostura que era al menos formal, y escuchabas discursos escritos por gente de oficio, técnicos o escritores que sabían hacer bien su trabajo de asesores. El contenido podía ser propaganda. La forma era otra cosa.
Pertenezco también a esa generación donde nos enseñaban a escribir a máquina con el teclado cubierto y con una profesora que corregía sin contemplaciones si no sabíamos expresar o escribir bien una palabra. En ese momento, como suele ocurrir con las disciplinas que más forman, no entendí la necesidad de ese rigor. Por otra parte, la materia de educación cívica nos mantenía a raya respecto a nuestro comportamiento. Casi cuarenta años después entiendo el porqué de las cosas, y entiendo también que lo que entonces parecía exceso de formalismo era la transmisión de un código mínimo de civilidad pública sin el cual el debate político se vuelve lo que hoy tenemos: un espectáculo de mediocridad administrada que nadie tiene el pudor de interrumpir.
Durante esta semana escuché, como millones de mexicanos, a la senadora Beatriz Navarro decirle a la mal llamada oposición política que sus integrantes habían “dado las nalgas” al injerencismo extranjero. Luego, como si la jornada parlamentaria necesitara profundizar su propio récord, la senadora Carolina Viggiano y el senador Fernández Noroña protagonizaron una discusión en pleno sobre la frase coloquial “como anillo al dedo”, transformada con creatividad difícil de admirar en “dedo en el anillo”. Por más escarnio que produzca el nivel del debate político en este país, la descripción exacta del fenómeno es más sencilla y brutal: es pobreza. Pobreza intelectual funcional, sostenida, institucionalizada y, lo que resulta más grave, electoralmente rentable… y aceptable.
Haré de abogado del diablo un momento, porque la honestidad intelectual lo exige: el debate político mundial es mediocre en su extensión, y no hay que salir del continente para comprobarlo. Desde Justin Trudeau, cuyo discurso progresista generó un declive social que hoy le pasa factura a una sociedad que se debate entre repartir tarjetas de colores para turnarse el micrófono en debates comunitarios, hasta Javier Milei, cuya oratoria de motosierra sustituye el argumento por la adrenalina, entre otros más. El populismo de izquierda y el de derecha no son opuestos: son variantes del mismo adelgazamiento retórico aplicado con distinto disfraz tribal. Lo que los une es más significativo que lo que los separa: ninguno confía en la inteligencia de su audiencia, y esa desconfianza, paradójicamente, se vende como cercanía.
Pero hay un fenómeno adicional que el análisis del lenguaje parlamentario no agota, y que merece nombrarse con la misma franqueza: la política se ha convertido en un espectáculo que ya no imita al entretenimiento sino que compite con él en sus propios términos, y pierde. No se trata de que los políticos cuenten historias o apelen a la emoción, recursos que tienen historia larga y a veces legítima en la tradición oratoria. Se trata de algo cualitativamente distinto: gobernantes que se filman a sí mismos cantando y que construyen su marca pública sobre la ocurrencia viral antes que sobre la propuesta de gobierno; esto es: la política como género audiovisual de bajo presupuesto y alto impacto emocional. El problema no es que un gobernante tenga sentido del humor ni que sepa comunicar con recursos distintos al discurso formal. El problema es cuando el formato devora al fondo.
Esa confusión tiene consecuencias que van más allá del ridículo. La política entendida como espectáculo permanente termina atrapada en su propia trampa, porque el pueblo al que se intenta agradar con ese recurso es el mismo que, llegado el momento, llama a cuentas con una severidad que ningún video viral puede neutralizar. La historia es pródiga en ese tipo de ironías: en nuestro país hay gobernantes que construyeron su legitimidad sobre la popularidad efímera y que fueron devorados por esa misma lógica cuando la realidad presentó su factura y para ejemplo basta observar a los gobernadores en funciones hoy señalados por corrupción, desde Baja California a Tabasco, que perdieron el apoyo popular. La guillotina no siempre es de hierro; a veces es el hastío. La gente que hoy aplaude la ocurrencia es la misma que mañana exige resultados que la ocurrencia nunca prometió entregar con claridad. Y cuando no llegan, la reacción no es proporcional ni razonada: es el linchamiento público de quien confundió el aplauso con el mandato.
Reitero porque conviene recordarlo: el pueblo no es ingenuo, aunque con frecuencia sea tratado como tal. La vieja fórmula del pan y circo, que el poder ha aplicado con variantes cosméticas desde Roma hasta TikTok, tiene un límite que sus administradores suelen olvidar. No olvidemos que la misma gente que acepta el circo exige el pan. Y cuando el pan no llega, el circo se convierte en evidencia del agravio, no en su atenuante. Menospreciar la inteligencia de la ciudadanía no es solo un error moral: es un error estratégico de primera magnitud. Las personas, incluso aquellas con menor acceso a la educación formal, tienen una capacidad de reconocer la incongruencia entre el discurso y la realidad que los equipos de comunicación política y los asesores estratégicos tienden a subestimar hasta que ya es tarde. La gente necesita certezas. Necesita conceptos, aunque no los llame así. Necesita la seguridad que solo brindan las ideas con coherencia interna, porque sin esa seguridad el gobierno se reduce a una actuación que cualquiera puede criticar con una sola frase: están estúpidos. Y esa frase, pronunciada desde la cocina o el transporte público, no requiere aparato crítico ni formación académica. Requiere únicamente haber observado con atención lo que se le ofrece como conducción del Estado.
A propósito Octavio Paz escribió hace décadas: “Ser uno mismo es, siempre, llegar a ser ese otro que somos y que llevamos escondido en nuestro interior, más que nada como promesa o posibilidad de ser”. Rescato la frase porque contiene una verdad sobre la formación del carácter que la política ordinaria ha decidido ignorar sistemáticamente. Nos convertimos en aquello que admiramos. Los padres son los primeros modelos, pero después somos bombardeados por quienes deciden el futuro del país, fijan las agendas públicas, sociales y, lo que es más grave, educativas. Pregunto entonces con toda la seriedad que el asunto merece: qué posibilidad de ser tienen las nuevas generaciones cuando los referentes que el Estado les ofrece hablan peor que un adolescente de secundaria y cobran por ello salarios que ese mismo adolescente no alcanzará en décadas de trabajo honesto.
Entiendo que mi postura puede leerse como la de quien regaña desde una tribuna generacional. La acepto. Pero la pregunta no es sobre los modales: es sobre la capacidad. Qué autoridad intelectual puede tener un legislador cuya destreza argumentativa es inferior a la de un niño de preprimaria. Un senador o una senadora que recurre al insulto anatómico en el pleno no está siendo auténtico ni cercano al pueblo: está confesando, con más honestidad de la que probablemente pretende, que no tiene nada más que decir. Esa confesión debería avergonzar. No avergüenza. Y eso, precisamente eso, es lo que hay que explicar. Y aclaro, quizá hoy la inmediatez nos permite reclamar los errores de los legisladores… que “siempre” han sido iguales.
Hace poco me preguntaban qué opinaba de la mayoría de la clase política que pretende llegar a la boleta en 2027. Respondí que en su mayoría no tienen una idea de Estado sino una ambición de control, que es cosa muy distinta al poder. Tener una idea de Estado implica comprender la estructura, el propósito y el funcionamiento de la máxima entidad de organización política y social. Implica entender cómo una sociedad delega su poder soberano y establece instituciones para garantizar el orden, el bien común y los derechos dentro de un territorio. Lo que se observa en cambio es una clase política desesperada por obtener la curul, la gubernatura o la presidencia municipal porque ha confundido el cargo con un destino natural, una recompensa debida a la lealtad o al tiempo de espera en la fila. No lo es. El destino político, si existe algo que merezca ese nombre, es servir con voluntad y con preparación, no acumular posiciones porque la historia del partido así lo sugiere. Cuando alguien sin ideas llega al cargo, la historia lo registra de una sola manera: como una burla sostenida a quienes lo eligieron… es el caso de Fernández Noroña et al.
El argumento más extendido de los estrategas políticos reza que a la gente hay que hablarle como quiere que le hablen. He convivido con esa doctrina durante dos décadas, tanto desde el análisis como desde la consultoría, y produce una incomodidad que no es esnobismo sino razonamiento aplicado. Si el estándar comunicacional del gobernante desciende hasta el nivel más bajo de su audiencia, no la está respetando: la está subestimando. Y algo más grave: contribuye activamente a que esa audiencia no aspire a más. La ciudadanía que escucha a un senador hablar de nalgas en el pleno no aprende política: aprende que la política es el lugar donde las nalgas son argumento suficiente. Por qué confiaría alguien con un problema serio en que la legisladora, cuyo registro público es ese, producirá sobre su problema un debate de calidad superior al que ya exhibió. Y sumo al debate: las nalgas no solo se dan sino que son una medida y media para hacer las cosas.
Empero, Winston Churchill, que no era precisamente un demócrata sin mácula pero que entendía el poder de la palabra como pocos en el siglo XX, escribió: “De todos los talentos con los que se ha dotado al ser humano, ninguno es tan valioso como el don de la oratoria. Quien lo posee ejerce un poder más duradero que el de un gran rey. Es una fuerza independiente en el mundo”. La observación es exacta, pero requiere un añadido que Churchill no formuló y que el presente exige con urgencia: la oratoria sin sustancia conceptual no es elocuencia sino demagogia, y la demagogia sostenida durante el tiempo suficiente produce exactamente lo que hoy tenemos. Una ciudadanía que ha aprendido a no esperar más de la vida misma porque sus referentes nunca le ofrecieron más. Esto es: tenemos un sistema educativo que produce egresados sin capacidad de lectura comprensiva en un país donde los legisladores demuestran públicamente que esa misma capacidad tampoco les fue indispensable para llegar adonde llegaron.
La política es, en su mejor versión, un arte de fondo y forma. No son elementos separables: la forma comunica el fondo antes de que el fondo pueda defenderse por sí mismo. Un gobernante que no cuida cómo dice lo que dice está revelando, antes de cualquier análisis de contenido, cuánto respeta lo que dice. Y cuando la forma se abandona en aras de sintonizar con la temperatura emocional del momento, lo que se pierde no es elegancia sino la credibilidad. El populismo ha hecho de esa renuncia una virtud, ha llamado autenticidad a la negligencia retórica y cercanía a la incapacidad conceptual. El resultado es visible en cualquier sesión parlamentaria, en cualquier conferencia de prensa, en cualquier video grabado con celular donde un funcionario de alto rango demuestra que el Estado puede ser conducido sin que nadie en él haya leído un libro completo en los últimos años.
Eso es lo que hay que decir. Sin eufemismos y sin la condescendencia de quien finge que el problema es pasajero… porque nos fue heredado… ¿Pero quién o quiénes deben o debemos hacernos responsables? ¿En verdad somos todos parte de la misma hipocresía? Decir que así es la política no basta…

