Esta semana comenzará a circular un nuevo libro de Anabel Hernández, “Narcocracia”. Hace tres años, la periodista vio por primera vez en la Corte del Distrito Este de Nueva York al narcotraficante Sergio Villarreal, El Grande.
Expolicía judicial federal cooptado por Amado Carrillo, El Señor de los Cielos, El Grande llegó a convertirse en brazo derecho del poderoso y sanguinario Arturo Beltrán Leyva, jefe del clan criminal que conquistó el Pacífico y se echó en la bolsa a policías federales, estatales y municipales, y operó, según el relato de El Grande, de la mano de grandes generales del Ejército mexicano: entre ellos, el secretario de la Defensa Nacional en tiempos de Felipe Calderón, Guillermo Galván Galván.
El Grande fue el principal testigo de cargo en el juicio que se siguió en Estados Unidos en contra del exsecretario de Seguridad de Calderón, Genaro García Luna. Meses más tarde, cerrado el juicio del exsecretario, la periodista logró reunirse con Villarreal.
El narcotraficante, detenido en septiembre de 2010, había cumplido su sentencia. Los fiscales, cuenta Hernández, “verificaron su información y la consideraron lo suficientemente sólida para convertirlo en testigo protegido”.
Fue El Grande quien habló por primera vez del financiamiento del Cártel de Sinaloa a la campaña de Andrés Manuel López Obrador en 2006. En 2024, mientras intentaba rehacer su vida, decidió romper el pacto de silencio para contarle a la periodista la manera en que el Cártel de Sinaloa se apoderó de México, mediante la compra de corporaciones policiacas, cuarteles militares, políticos, funcionarios y gobiernos.
“Este libro trata de cómo el crimen organizado dejó de infiltrarse en el Estado para convertirse en parte de él”.
El testimonio contenido en el libro es explosivo. El Grande afirma que, durante el sexenio de Calderón, con García Luna como supersecretario de seguridad, Ardelio Vargas Fosado como director del Centro Nacional de Planeación, Análisis e Información para el Combate a la Delincuencia (Cenapi), y el general Galván Galván como secretario de la Defensa Nacional, el Cártel de Sinaloa llegó a la cima de su poder:
“Teníamos arreglados los puertos de Manzanillo, en Colima; Puerto Progreso, en Yucatán; así como Mazatlán, en Sinaloa; los aeropuertos de la Ciudad de México y Toluca, así como los de Cancún, Quintana Roo y Tapachula, Chiapas”.
Dice que los pagos de Arturo Beltrán a García Luna ascendían a 5 millones de dólares mensuales, y que de manera paralela se hacían pagos a los jefes regionales de la AFI y la Policía Federal.
“Cuando entra él (Galván Galván) se nos abren todas las puertas del Ejército”, explica.
Según El Grande, el general se había hecho amigo de Beltrán desde que era jefe de la zona militar de Querétaro. “No trabajaba para el Cártel de Sinaloa, trabaja pa’ Arturo… Se reconectaron al inicio del gobierno de Calderón por medio de su hermano Héctor, El H.”.
Las reuniones entre el general y el narcotraficante, dice El Grande, se llevaron a cabo en casas de seguridad de la Ciudad de México, el Pedregal y Cocoyoc. Se le entregaban también 5 millones de dólares al mes.
“Normalmente, cuando el general iba a ver a Arturo dejaba a sus escoltas en un centro comercial y de ahí lo llevaban a la oficina. No tenía miedo. Eran amigos y nosotros éramos los más interesados en que estuviera bien y seguro.
Cuando ya se iba le subían su maletota de dinero al carro y de ahí lo llevaban de regreso al estacionamiento donde estaban sus escoltas esperándolo. Se transbordaba la maleta y se iban”.
Agrega El Grande:
“Cada vez que Galván iba había comida. Generalmente iba un sábado… No iba uniformado. Siempre lo vi vestido de civil, con pantalón de vestir, camisa elegante de manga larga, saco sport y buenos zapatos.
“Ya luego de que comían se ponían a jugar ajedrez o baraja (…) Una vez le regalé a mi compadre (Arturo) un ajedrez de oro y plata con tablero de ónix blanco y negro. ¡Todo labrado! Cada pieza era de oro o plata macizos (…) Cuando el general lo vio le gustó mucho y le dijo a Arturo que le regalara uno igual (…) Le mandé hacer otro para que se lo diera a Galván. Me costó en ese tiempo como 100 mil dólares”.
El testimonio involucra a varios generales. Esa es solo una de las aristas de un relato que se extiende a lo largo de cuatro sexenios y que El Grande no solo entregó a Hernández, sino también a los fiscales que construyen el caso contra la narcopolítica mexicana.
Un testimonio de primera mano que, se crea en él o no, en lo alto del poder muchos esperan con nerviosismo.
@hdemauleon
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