Empleado de una empresa. Viaja a Guadalajara para hacer algunos trámites. Se hospeda en un hotel del centro. Proporciona en la recepción su nombre y su domicilio, entrega momentáneamente su credencial del INE, y el número del celular que le dio la empresa. Le proporcionan una habitación de la planta baja.
A lo largo del día sale a realizar los trámites. Regresa poco antes del anochecer. Ha pagado dos noches. La primera no sucede nada.
Es al regresar al hotel la segunda noche cuando ve gente extraña en la recepción, atendida por un joven de lentes. El joven le llama a su habitación 20 minutos más tarde, confirma su nombre y su número de habitación, y le dice que lo va a comunicar con el comandante Chávez.
Oye una voz del sexo masculino: “Somos de la fiscalía, estamos haciendo un operativo”. La voz le dice que acaban de detener un auto con drogas y armas cerca del hotel, le pregunta si ha visto algo raro (“solo mucha gente en la recepción”).
“Nos acaban de informar que este hotel lo están usando como casa de seguridad. No salga de su habitación, si escucha gritos no se altere, si oye tiros tírese al piso”.
El comandante Chávez lo interroga, le pide sus datos, le pregunta las razones de su estancia en Guadalajara, le pregunta cuántos teléfonos celulares tiene, si trae consigo alguna tableta o laptop y de dónde son sus números de telefonía móvil “Entonces no se preocupe, estamos buscando un número de Monterrey”. El comandante agrega que irá a buscarlo alguien de su parte, que le abra sin temor.
El que toca es un hombre joven con pasamontañas y gorra. Se presenta como comandante de la fiscalía. Entra en la habitación, cierra la puerta. Toma fotografías del cuarto, de su laptop y de sus dos teléfonos celulares (el particular y el de la empresa). Le pide que ponga todo en una mesa y que solo mantenga a su lado el celular al que acaban de hablarle. Hace que se siente sobre la cama, con la espalda recargada contra la cabecera.
Entonces le confiesa: “Somos del Cártel Jalisco y a todos los que están en el hotel ya se los llevó la chingada”. En ese instante le entra una videollamada a su teléfono particular, le avisan que estará monitoreado, que no puede dormir, que si quiere ir al baño levante la mano.
Es exactamente el mismo modelo: una copia al carbón de lo que le ocurrió a una familia que reservó en un hotel de Tlalpan, en la Ciudad de México, la víspera de la inauguración del Mundial, y cuya historia relaté hace unos días en este espacio.
El supuesto comandante salió de la habitación, luego de recordarle que estaba monitoreado. En el transcurso de la noche entró varias veces. En una de estas, le hizo abrir la aplicación de su cuenta bancaria e hizo que le transfiriera a dos cuentas lo que estaba ahí guardado.
Doce horas más tarde, a las 7 de la mañana, entró la segunda fase del plan. “Ya te vas a ir, solo necesitamos que alguien nos dé referencias tuyas. Llámale a tu jefe para que nos confirme que eres quien dices ser. Cuando te responda, dile que te tiene gente armada”.
Al jefe le dijeron que iban a llamarle desde otro número para darle indicaciones: le llamaron desde un número de Monterrey. A sus familiares les hablaron desde el teléfono de la empresa y, con lenguaje excesivamente violento, les exigieron varios cientos de miles de pesos.
El argumento fue el mismo que en el caso del hotel de Tlalpan: que su familiar había visto accidentalmente un “levantón”, que al jefe le había molestado mucho que hubiera un testigo, y que solo a cambio de dinero le perdonarían la vida.
Ya eran las 12 del día. Le habían exprimido a la familia y a su jefe lo que estos pudieron reunir con urgencia. La encargada de la limpieza tocó la puerta a la una. A él le ordenaron que avisara en la recepción que iba a quedarse una noche más. Eran casi las 4 de la tarde cuando le anunciaron que iban a dejarlo ir, y que incluso lo llevarían al aeropuerto a tiempo para la salida de su vuelo.
Mientras recogía sus cosas, le dieron una nueva orden. Que de camino a la salida fuera tocando todas las puertas, que si abrían alguna de ellas dijera que era de la recepción, y que solo quería avisar que había gente de la fiscalía buscando a una persona, que no había de qué preocuparse.
Le abrieron en uno de los cuartos. Alcanzó a ver que adentro estaba un hombre con su familia. Dijo lo que le habían ordenado. Vio que uno de los hombres que iban con el comandante entraba a la habitación. Supo que estaba haciendo el secuestro-extorsión en carrusel.
Pregunté hace unos días a cuántos más les estaría pasando lo mismo. La respuesta es clara. La nueva fuente de ingresos de la delincuencia consiste en convertir los hoteles en trampas mortales.
Cuidado con los hoteles.
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