Es verdaderamente agotador. Semana tras semana, el análisis de un partido de futbol no gira en torno a la genialidad de un pase, la destreza de un desborde o la solidez de un esquema táctico, sino alrededor de una sola palabra: Robo.

Una y otra vez, ciertos comentaristas han construido su narrativa sobre la constante sospecha, levantando la bandera de la corrupción y el amaño para explicar cualquier resultado que no cuadre con su guion.

Y lo más desgastante no es la acusación en sí, sino que jamás llega la prueba.

Se trata de una “cultura del encabezado”, que vive del clic fácil y la polarización, sembrando en el aficionado la idea más peligrosa en el deporte moderno: Que todos están en contra de su equipo.

¿Cuál es la consecuencia directa? Que este periodismo de sospecha le arrebata la grandeza al juego.

Cuando un futbolista se sacrifica, entrena por meses y ejecuta la jugada que define un partido, su mérito queda enterrado bajo el grito mediático de un error arbitral o —peor— de una corrupción que nadie puede demostrar.

Olvidamos que el futbol es interpretativo por naturaleza, lleno de zonas grises que ni el VAR —esa herramienta que prometía acabar con los errores claros y manifiestos— logra resolver sin controversia. La ambigüedad no es evidencia de fraude. Es la condición del deporte.

Nadie en el medio puede negar que la corrupción existe.

Desde el uso de cachirules hasta escándalos de sobornos que cambiaron la historia del futbol mexicano, la justicia deportiva no siempre ha sido ciega. Pero precisamente por eso importa la diferencia: Entre denunciar con evidencia y acusar con insinuación.

Entre el periodismo que incomoda al poder y el que simplemente lo usa como pretexto para incendiar.

El problema de fondo es doble y devastador. Por un lado, se desacredita el triunfo legítimo de quien gana.

Por el otro, se le regala una coartada perfecta a quien pierde: Culpar al árbitro en lugar de mirarse al espejo.

Esa narrativa no sólo distorsiona la realidad, impide que los equipos crezcan.

El futbol necesita una prensa que esté a la altura de su espectáculo.

Una prensa que, cuando denuncie, presente pruebas y no rumores; que, en lugar de instalar la idea de que los árbitros son los grandes arquitectos del resultado, exija mejor formación, profesionalización y transparencia en los procesos.

Una prensa que recuerde que la cancha —no el estudio de televisión— es donde se define la historia.

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