El Clausura 2026 no pasará sin pena ni gloria. Es un torneo escrito por la nostalgia, sí, pero también por la torpeza, la inconsistencia y la suerte que —en el futbol mexicano— suele disfrazarse de épica, más allá del origen desordenado que tenga.
Tras unos cuartos de final que nos regalaron tanto lo mejor como lo peor del balompié nacional, cuatro equipos sobreviven.
Y tres de ellos son parte de esa aristocracia futbolística que este país construyó durante décadas: Pumas, Chivas y Cruz Azul. El cuarto, Pachuca, está ahí por méritos propios, aunque nadie lo llame “grande” con la misma fuerza.
El único ausente en esta reunión de los cuatro grandes es el América. Y eso, hay que decirlo sin rodeos, es la noticia más importante de estas semifinales.
Porque el América no cayó ante un rival superior en juego, en idea, en propuesta. Cayó ante su propio vecino, los Pumas, en un partido que fue más un accidente colectivo que una eliminación con argumento. Un global de 6-6 que dice todo sobre lo que es el futbol mexicano hoy: Impredecible, caótico, apasionante, y profundamente mediocre en sus momentos más decisivos.
Las Chivas llegaron a estas semifinales con varios jugadores ausentes por la convocatoria de la Selección Mexicana al Mundial y, aun así, eliminaron a los Tigres.
¿Eso las hace grandes? Sí. ¿Pero también nos dice algo sobre el nivel de la Liga? Sin duda.
Un equipo mermado, sin sus mejores hombres, compitiendo de igual a igual contra uno de los clubes más poderosos económicamente en el país.
Habría que preguntarse qué tan alto está el techo del futbol mexicano cuando la garra suple tan fácilmente al talento.
Cruz Azul —por su parte— llega como favorito en el papel, aunque “favorito” en este torneo es una etiqueta que —se ha demostrado— vale poco, pero entendamos que al sólo tener un convocado a la Selección, sufre menos su cuerpo técnico, al poder buscar o repetir un 11 inicial.
Llevan años prometiendo ser el equipo que finalmente consolida su proyecto, y cada torneo llega con la misma pregunta sin responder: ¿Cuándo dejará La Máquina de funcionar sólo a ratos?
Y, sin embargo, aquí estamos. Tres grandes en semifinales.
El futbol mexicano mirándose al espejo y encontrando, por un momento, algo que se parece a su mejor versión.
No porque el nivel haya sido impecable, sino porque los nombres en el cartel siguen cargando el peso de una historia que trasciende cualquier resultado.
Eso es lo que hace poderoso este momento, y también lo que lo hace incómodo: Estos clubes no están aquí sólo porque jugaron bien.
Están aquí porque el futbol mexicano, cuando se descuida, vuelve siempre a los mismos apellidos.
Y uno nunca sabe si eso es una señal de grandeza o simplemente la prueba de que la Liga todavía no ha logrado crecer más allá de sus propios mitos.
Disfrutemos este momento. Pase lo que pase, celebraremos a un nuevo campeón, a pocos días de que el Mundial regrese a casa.
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