La semana pasada reapareció en los estadios el bochornoso “puto”, ese grito afamado por entrón. Sospecho que en el juego de hoy contra Ecuador ese coro volverá a retemblar en sus centros la tierra. Qué fracaso. Para demostrar que es sólo un uso ingenioso del habla popular y no un insulto homofóbico, repetiremos el insulto homofóbico.
En 2019, la FIFA decretó que el grito es ofensivo y ordenó detenerlo. Se impusieron multas gordas y se convocó a los jugadores famosos a intermediar ante los gritones. Pareció funcionar hasta ahora, cuando el grito regresa anticipando el momento en que deberá perder quien nunca pierde y que, cuando pierde, arrebata. Si el árbitro escucha el grito, suspenderá el juego durante 10 minutos y será inútil: la turba lo gritará con señas.
Los hábitos de la fanaticada refleja la titubeante mentalidad patria. Si los japoneses recogen su basura, nosotros gritamos “puto”. Si los noruegos se ordenan remar, nosotros nos ordenamos insultar. La escuadra mexicana entra a la cancha y el público a una prueba rorscharch. Activa su delirio de grandeza, si gana, o purga su complejo de inferioridad si pierde. Se trata de actuar colectivamente apetitos y pasiones personales que fuera del estadio serían sancionables.
El estadio propicia los peores comportamientos en quienes proclaman seguir siendo el rey: no es casualidad que ese gabinete de psicoanálisis se llame “El Azteca”. Como si cada partido fuera una versión comprimida de la gloriosa historia de México, cualquier belga o ecuatoriano se convierte en un extraño enemigo. Si la Selección pierde es porque está infiltrada de traidores tlaxcaltecas o porque en el botín del Chicharito reencarnó la Malinche.
Todo estadio establece un orden social alternativo y un paréntesis de lenidad ética: durante 90 minutos la multitud se arroga el derecho de cebarse en la imagen del diferente. En pocas condiciones el mexicano se siente tan a sus anchas como en la impunidad de “la bola”. Hay una ebriedad que habla con orina voladora. La multitud practica su pasión homofóbica hasta convertirla en una medalla identitaria.
Ya sé que esto no es privativo de México y no ignoro que hay estadios europeos donde se celebran goles con el saludo fascista. Lo que al parecer sí nos es exclusivo es tratar de “puto” al guardameta contrario cuando despeja. Los machos que sentencian que ese portero no es tan macho como ellos desean, vociferan sus propias tribulaciones sexuales. Es patético. Una porra consiste, a fin de cuentas, en un montón de hombres gratamente sorprendidos de poseer dos testículos que, en su fantasía, equivalen a ir ganando dos a cero.
Es curioso que tanta testosterona deba comprobarse entrometiéndose con la sexualidad de otro hombre y luego proceder a cantar “Cielito lindo”, donde por cierto hay una estrofa que no se canta en los estadios, la que dice “Siempre que te enamores, mira primero dónde pones los ojos, cielito lindo: no llores luego…” En fin, una rara bipolaridad entre la alegría por decreto y el terror que suele esconderse tras el odio.
Gritarle “puto” al adversario abusa a un alma solitaria cercada por 100 mil odiadores, discrimina a toda la comunidad LGBTQ, y hace patria fortaleciendo el nacional arte del “bullying”. Sí, pero también denigra al concepto mismo del adversario, del otro, del diferente, como lo hace cada vez con más denuedo la Secretaría de agitación y propaganda del humanismo mexicano, y no solamente los políticos aficionados a golpear y violar mujeres.
Eeeeeeehhh… ¡puto!
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