Un comentario personal antes de entrar en el asunto: disminuir el volumen de mi celular o arrojarlo durante días a un cajón, así como clausurar la computadora, ha lesionado mi convivencia social inmediata. Pero cuando uno requiere soledad (trabar amistad con la muerte, interpretaría Hermann Hesse), intenta que nadie lo interrumpa. ¿Y si se trata de una emergencia? Carajo; pero si vivimos veinte emergencias al día. Vamos al asunto: un documental que he visto en Netflix titulado El experimento estadounidense. Comienza narrando la historia y avatares de los Padres Fundadores de esta nación, la moral de la vecindad entre las trece colonias originales y un estrepitoso y continuo homenaje a George Washington, más que legítimo, creo yo; pasando por alto que haya sido un terrateniente, su renuncia al poder cuando lo creyó prudente realza más su figura. La serie comienza su relato en 1736 y en ciertos momentos finales lleva a cabo una brevísima autoinmolación, y una crítica unida a la invitación a recuperar los ideales políticos que dieron lugar a la formación de este país.

La historia de los colonos, en realidad comienza con Roger Williams, casi un siglo antes de la que propone el documental en el cual las colonias se hallaban casi formadas. Fue Rhode Island, tierra a la que Williams llamó Providence, en donde intentó estimular el diálogo con los indios americanos y exaltar la tolerancia, la libertad de cultos y la buena relación entre los vecinos oriundos y los recién llegados. Incluso la filósofa Martha C. Nussbaum afirma que buena parte de las ideas de Williams fueron tomadas por los llamados Padres Fundadores y en especial por James Madison (el “Padre de la Constitución”). “En 1652, Rhode Island aprobó la primera ley de Estados Unidos que prohibía la esclavitud”, escribe Nussbaum en su libro Libertad de conciencia; y añade: “Parte fundamental de este nuevo asentamiento fue la amistad respetuosa con los indígenas”. Yo soy un admirador de la idea fundadora de USA, de sus principios de libertad y unión pacífica, de la idea de soberanía del pueblo y de su rechazo a la monarquía y a los impuestos imperiales; admirador, aun desde mi impulso anarquista, no sólo de su independencia de Inglaterra y de sus venturosos enfrentamientos contra Francia, sino además de las posturas de John Adams; Thomas Jefferson —autor de la Declaración de Independencia—; James Madison; Alexander Hamilton; Gouverneur Morris y varios más que estuvieron a la altura de filósofos políticos ilustrados; sin embargo, es imposible —sé bien que se trata de otra época—, olvidar el gran dislate de la Convención de Filadelfia (1787) que, más allá de reafirmar el concepto de representación y crear una constitución política, fue la plataforma de lanzamiento de la democracia indirecta a través de los colegios electorales. Basta recordar que en la actualidad Hillary Clinton venció a Donald Trump por más de tres millones de votos y debido al anacrónico mecanismo de los colegios electorales perdió las elecciones. Creo que en la Convención —la cual fue raíz de importantes ideales, teorías y prácticas de gobierno— se descuidó el aspecto judicial y se le entregó demasiado poder al presidente. Hubo delegados que incluso proponían presidentes vitalicios. Después de la Independencia y una vez puestos de acuerdo, las colonias comenzaron su expansión voraz hacia el oeste pasando encima de múltiples comunidades indígenas.

Durante los últimos tiempos es imposible no señalar que Estados Unidos, si bien ha dado cabida a tantos ciudadanos de otros países, mantuvo la esclavitud y la superioridad blanca (y masculina) hasta bien entrado el siglo XX. Su necesidad de intervenir en la política de otros países buscando acrecentar su poder bélico y sobre todo económico también han sido evidentes (Panamá; Vietnam; Corea; Irak, y un largo etcétera). Si bien lo que llaman el experimento estadounidense tuvo orígenes virtuosos y se reveló como una fuente de humanismo y libertad, después fue, poco a poco, desintegrándose en buena parte y convirtiéndose en lo contrario: carecían de rey pero fortalecían su reinado; alababan la libertad, pero expandían su territorio y carecían de un respeto genuino igualitario para con el resto de las naciones de América. Una de las mayores grietas de la teoría fundadora estadounidense la representa el empresario racista y oportunista que actúa como monarca en el mundo, exhibe su ignorancia política, su incapacidad de hombre de Estado y trata a los inmigrantes como siglos atrás se humillaba a los negros en todos los aspectos. El miedo que mostraron la mayoría de delegados a la Convención de Filadelfia de que Estados Unidos, vía el populismo, diera lugar a un tirano que sobajara a los dos poderes restantes parece haberse hecho realidad (como en otros países). De algún modo y por expresarlo dramáticamente, el presidente actual de USA es el ejemplo más notable de un poder que se opone a la mayoría de las ideas más nobles de los antiguos Padres Fundadores.

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