“Las palmeras se levantan más temprano que los demás árboles” (greguería de Gómez de la Serna). “Los holgazanes hacemos muy poco para destruir al mundo”, esto lo afirmo yo. Y ya entrado en juegos, añado: “Mi amargura me ha llevado a considerar a las instituciones educativas como un reclusorio para las células muertas.” Exagero, claro, exagero mi amargura. Charles Baudelaire no recibía visitas porque le interrumpían su aburrimiento. Yo tampoco las recibo porque jamás abro la puerta del departamento. No se la abriría ni a los bomberos. Si les hablan mal de mí, créanles y no se me acerquen. ¿A qué viene esta miscelanea de barbaridades? A nada; ¿acaso todo debe exhibir una dirección? Quizás al respecto es que una de mis canciones más queridas la entona Celio González, “Vendaval sin rumbo”. Gracias a mis editores y a El Universal he podido publicar en esta columa una obra de teatro; cascadas de aforismos; cuestionarios de cultura para políticos; un cuento; diálogos; greguerías; confesiones y hasta mensajes para una mujer impúdica. Intento moverme de un lado a otro para invocar a la santa quietud: la que por cierto no se me aparece. Creo que los especialistas en cualquier tema son necesarios y admirables, mas lamento que se pierdan esta podrida alegoría que festejamos en sociedad y en soledad también: el mundo. El erudito es un lisiado porque no sabe casi nada excepto de lo suyo, pero bienvenido. “Sólo en el lenguaje una persona puede querer decir una cosa por medio de otra”, escribió Wittgenstein. Cantinflas fue un tanto más allá; se puede decir nada hablando sin decir algo.
Lo que en esta ocasión (“Abril es el mes más cruel”) intento hacer, es un collage de frases, aforismos, epifenómenos, sentencias y confesiones, de madera, latón, cobre, de letras y yoyos fosforescentes como aquel que compré hace 30 años en la Plaza Garibaldi. La sección que más vale la pena ampliar en los periódicos es la de los obituarios. Hay mucha gente en la calle, caminan, venden, tienen alguna urgencia, van en coche, bicicleta, en toda clase de artilugios rodantes. No se puede vivir decorosamente en esta amalgama de carne vociferante. Observo a las personas y descubro en todas ellas una gran desgracia en su futuro o en su pasado. Se atraen entre sí, y me hacen recordar una novela de Barry Gifford, en donde los dos únicos automóviles que existían en un pueblo terminaron chocando entre sí en alguna calle. Para todo hay tiempo.
Hace un mes uno de los seres que pululan en la ciudad me pateó, resbalé con un borde de la acera y me rompí el brazo y el hombro. Tantos días en cama me han hecho dudar de que la posición horizontal sea la ideal para el ser humano. Sin embargo, ha sido esta una duda pasajera. “A cierta edad el orgullo es más nocivo que el cáncer”, escribí algún día. ¿De qué sustancia espiritual puedo alimentar mi orgullo? Sería como darle de beber un vino Vega Sicilia a un cadáver que, además, no tiene sed de recuerdos. La palabra guerra es de origen germánico, y algunos sabemos que el siglo veinte fue un siglo genocida. A mi edad ya no sé hacer la guerra (pierdo batallas); pero tampoco la paz: verdadero enigma que algunos de ustedes compartirán conmigo. “Pueblo alemán, nunca te olvidaremos”, escuché orar a una pacífica paloma blanca. Me acuclillé y oré a su lado. Hay muchas malas personas, pero entre ellas las desagradecidas brillan como Venus en el atardecer. Estas personas no son mis enemigas, pero ojalá vuelvan a la garganta del perro que las escupió. Yo conozco a varias y cuando les sonrío mis labios se tornan navajas imaginarias. Cuando publiqué Desorden, nadie lo tomó en cuenta, ni hubo alguna clase de polémica. Según yo, cándido, había escrito un ensayo inusual en este país, una epistemología desde la literatura y el desorden que da lugar al significado o a un orden maleable. Pero no pertenezco a ninguna jaula erudita y no hay monos que me aplaudan o discutan. Pensé seriamente marcharme a vivir a Italia y buscar a algún antepasado que charlara conmigo aún él desvanecido por el rumor insufrible de la vida. Me quedé; y siempre he preferido permanecer aquí. Esta ciudad me pertenece de alguna manera. Pero ya estoy cansado. Mis pasos no avanzan años luz, pero, eso sí, recorro años sombra cada vez que camino. Además, siempre que quiero conversar me sacan una pancarta o una consigna, y como decía Remy de Gourmont las convicciones son insoportables. Es la época, carajo. Seres sin cultura y llenos, atiborrados de convicciones y siempre dispuestos a opinar. En fin, me tomaré un trago ya que este collage me ha dejado totalmente exhausto. Por cierto, lo más apreciable de una bebida barata, es que si la tomas en abundancia te olvidas de las demás. Ahora que fui al hospital me querían montar en una silla de ruedas. Por supuesto me negué. Qué afán el de las sillas de ruedas: ese infamante amor al movimiento (si uno se mueve en demasía debe ser porque aspira a la parálisis). ¿No es ya una bendición el estarse quieto; o al menos encarnar en las palmeras bamboleantes y madrugadoras que, aunque se levantan más temprano que el resto de los árboles, al menos no se mueven de su lugar? Pues termino, me quedo quieto y aquí culmina mi collage.
P.D. Vuelvo a la UNAM. con Fango. Jueves 23. Salón Utopía; CCU.

