El cuerpo no permite que descanse el alma o el espíritu, en caso de que estas abstracciones tengan peso en nuestra imaginación. El cuerpo es mirada y dolor, materia y tiempo, un paisaje demasiado ruidoso y también principio y horizonte de la sensibilidad; no hay manera de levantar un dique entre las ensoñaciones de la mente y nuestra presencia física. No hay un alma detrás de la máquina: somos materia consciente y seres dependientes de nuestra propia carnalidad. El arte contemporáneo crea conceptos, pero su interpretación es compleja. Hoy en día no hay una tendencia artística que se sobreponga a otras: los contrarios conviven, aunque el mercado al exagerar el valor de algún artista o de su obra los venda como “vanguardia” o novedad. He mirado, por ejemplo, las pinturas de Rocío Romero y su trabajo, contra la mera apariencia, no se agota en la profundidad de un tema pictórico —aunque el cuerpo parece dominar su horizonte— ni estrictamente conceptual: se trata de una obsesión estética que se revela en la intensidad y fortaleza del color y la gravedad de la masa humana. No hay demasiado que discutir y sí mucho que observar. Me inclino a pensar que un dibujo, una pintura, un objeto, un hecho artístico es un centro que nos atrae pero que no podemos poseer; la obra de arte nos despierta un deseo de apropiación, una necesidad de relación y entendimiento, aunque en esencia se encuentre siempre lejana o, más bien, inalcanzable en su ser o sustancia. El andamio que permite su técnica, perfecta en su acción, se diluye en el torbellino del movimiento femenino. El sustrato de cruda vitalidad presente en sus oleos, la presencia de la muerte y el nacimiento como actos que se involucran hasta el extremo de confundirse o transmutarse en una señal desde y para los sentidos, el cuerpo femenino como convulsión vivencial y expresionismo sanguíneo, florecen a la vez que “mueren” en sus pinturas. Su obra sugiere relaciones con el volumen y laberinto figurativo de Germán Venegas o la necedad psicológica de José Luis Cuevas, sólo por nombrar a dos artistas que vienen a mi mente.

Rocío Romero fue discípula del célebre pintor Luis Nishizawa, alusión que no es gratuita al menos en un caso: la mirada subjetiva, terrena, personal y paciente que ambos practican en el paisaje del cuerpo geográfico, anatómico, femenino: no podremos sustraernos a la mirada de la tierra que nos contiene o nos dota de imagen o sentimientos. El extravío es concentración pura, expulsión de lo que ya no podemos ver o pensar porque lo hemos encarnado. El nudo orgánico que Rocío teje a partir de ideogramas corporales es de una gravedad notable ya que el cuerpo humano, sea en conjunto o en soledad, causa una atracción primitiva de la que es difícil sustraerse: a punto de volver al caos original los cuerpos se expresan, gritan y se hallan en delirante movimiento. Sus óleos son color y materia como en Rigor Mortis, El Misterio del Ensueño o Lo Inminente: Lo necesario e inevitable habita estas pinturas porque el color es una barca para atravesar el río imaginario —y por tanto casi imposible de salvar— o para transgredir fronteras: la materia es lo que no logra ocultarse porque nos sepulta su peso o su carácter de cementerio y natalidad. Es comprensible que su obra nos recuerde a Francis Bacon, a Goya o a Francisco Goitia o a otros pintores mexicanos que fortalecieron el expresionismo o el impulso primitivo como José Clemente Orozco. Basta mirar las obras de carboncillo en papel de Romero para ratificar que la técnica se pone al servicio de una pasión profunda, la muerte que jamás es festiva, sino sólo presente e indiscutible. El cuerpo es el cáliz donde la conciencia bebe y se restituye. No dudo que los artistas logren transmitirnos algo que proviene de su interior, no como una inteligencia premeditada, pero sí como exorcismo y sorpresa. El cuerpo —como en las pinturas de Rocío— nos devuelve al relato primitivo, nos envuelve en su ferocidad expresiva. Yo, al menos, lo comprendo así. Hoy que llega a su fin la extorsión de la retórica que da lugar al “concepto” del arte contemporáneo, las pinturas representa, una vez más, el comienzo: volver y continuar. El ser humano no es solamente racional, sino simbólico, pensaba Ernst Cassirer, pero el símbolo es también realidad y efecto, destino y caída. En la actualidad debiera buscarse el arte para sobrevivir a la mentira social. Aquí un buen pretexto.

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