Diego debe olvidar, abandonar a Maradona

Gerardo Velázquez de Léon

Es tiempo de que Diego vuelva a ser Diego, que sea el Maradona de familia, oculto de los reflectores, de las canchas, del caos

Diego Armando Maradona es y será caos. Cuando se presentaba en el campo de San Paolo, provocaba caos, igualmente cuando su presencia arrebataba emociones en el Camp Nou, como lo hizo en sus mejores épocas en Boca Juniors. Caos es la constante.

Como fue caótico cada vez que se vistió de seleccionado. En 1986, lo fue cuando metió la descarada mano contra los ingleses y, tras el segundo gol esa misma tarde en el Azteca, fue un caos en celebraciones y adulaciones. Nunca se podrá olvidar el caos que se vivió la tarde de junio de 1994, cuando se anunció que había dado positivo por efedrina, norefedrina, pseudoefedrina, norpseudoefedrina y metaefedrina en un partido de la Copa del Mundo; suspendido 15 meses. Y, así, podemos citar episodios y más episodios de una persona que fue consumida por el personaje, que nunca supo quitarse de encima la careta por sentirse un verdadero Dios, cuando solamente era un ser humano común y corriente, atrapado en fuertes adicciones, en una vida estimulada por el caos.

La semana pasada, cuando fue internado en el hospital Ipensa de La Plata, ocasionó un nuevo caos. Según su médico de cabecera, solamente fue a un chequeo de rutina, porque estaba triste; al final, cuando fue trasladado a Buenos Aires, se supo que tenía un hematoma en la cabeza. Es decir, es tal lo que representa Maradona para los argentinos que un médico olvida su labor y su responsabilidad y, con franca deshonestidad, anunció al mundo que Diego no tenía nada. Leopoldo Luque, ante decenas de medios en la puerta de la clínica y con una soberbia notoria, sólo se limitó a decir que no pasaba nada, que Maradona estaba limpio de cocaína, pero no de alcohol y que la abstinencia había sido terrible para él. Con mucho miedo, informaron los comunicadores argentinos, atrapados por el caos que representa Maradona. Pocos, muy pocos, pueden decirle a la cámara —frente a su país— que Diego es un adicto.
 

 

Hoy, después de la caótica semana, está fuera del hospital. Hoy habla en las páginas de EL UNIVERSAL Deportes una persona que lo conoce a la perfección, su preparador físico durante prácticamente toda su muy brillante carrera como futbolista. Fernando Signorini dice lo que la mayoría de comunicadores argentinos no se atreve a decir: hoy, Diego es el Ave Fénix y es la oportunidad para que Diego despida a Maradona, que no siga gerenciando sus servicios, que se desprenda de una maldita vez del personaje, que la exposición a la que se obliga es muy riesgosa. Es tiempo de que Diego vuelva a ser Diego, que sea el Maradona de familia, oculto de los reflectores, de las canchas, del caos. Porque cada vez que pisa un vestuario, cada vez que abre la boca, o sólo da un paso y camina, se vuelve una tragedia, en imagen ante el mundo, pero lo peor son las lapas que lo rodean y consumen. Hoy, el Diego adicto necesita a Diego, no a Maradona.

Está vivo y eso debe ser suficiente para recapacitar y olvidar lo que más quiere, pero también lo que más le ha hecho daño. Hoy, Diego Armando Maradona debe alejarse del futbol y de todo lo que esto representa.

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