El pasado martes, la Cámara de Diputados eligió, de entre una terna conformada por una mujer y dos hombres, al nuevo titular de la Auditoría Superior de la Federación (ASF), el maestro Aureliano Hernández Palacios Cardel, para el periodo 2026-2034.
Lo primero que llamó mi atención es que, habiendo una mujer en la terna, recibiera un solo voto en una Cámara de Diputados donde poco más de la mitad son mujeres (251). Haciendo a un lado el “es tiempo de mujeres”, se disciplinaron para cumplir con los acuerdos tomados en la cúpula. El discurso de paridad quedó reducido a un voto.
Como participante de este proceso, confirmé lo que ya sabía. Advertidos por el presidente de la Comisión de Vigilancia, Javier Herrera Borunda, de que, si bien la evaluación de todos sería considerando elementos estrictamente técnicos, la decisión final tendría implicaciones políticas. En lo personal no me sorprendió, ya había participado en dos procesos anteriores en 2009 y en 2017, y éste no fue la excepción. Tengo claro que cualquier designación que se haga a través de las Cámaras trae implícitos intereses que se desean proteger. Así se nombra al más conveniente.
La protección de los enormes intereses económicos que generan la corrupción e impunidad —que siguen imparables—, no se pondría en riesgo, lo que facilitó el consenso entre esa pequeña “élite” de diputados que acordaron quién sería el nuevo Auditor Superior.
Le comparto que hasta hace unos meses no tenía contemplado participar en este proceso. Mi perfil difícilmente podría transitar considerando las profundas diferencias que se generaron con el exauditor superior, David Colmenares, que derivaron en mi renuncia y de quien, desde mi salida de la ASF, me convertí en un férreo crítico. Visibilicé con datos y evidencia de fuentes públicas el atrapamiento que hizo de la institución, que la volvió opaca e ineficiente, sometida a intereses personales y políticos.
Hasta septiembre del año pasado se aseguraba que el sustituto de David Colmenares sería Emilio Barriga, el Auditor Especial de Gasto Federalizado, quien le aguantó casi los ocho años; eran muy cercanos, el primero en la línea de la suplencia en su ausencia. Pero algo sucedió en octubre: una fractura que derivó en su inesperada salida. Con ello, la suerte de Emilio estaba echada. Colmenares no lo dejaría llegar a ser titular, tampoco permitiría la llegada de Agustín Caso y mucho menos la mía.
A la salida de Emilio Barriga de la ASF, Aureliano Hernández —quien fue uno de sus directores generales por más de siete años—, fue nombrado Auditor Especial por Colmenares, quien, ante lo inviable de su reelección por el enorme desgaste que venía arrastrando, lo haría Auditor Superior de la Federación. Así fue: le allanó el camino con la “élite” de diputados que toman las decisiones en la Cámara, a quienes llama “aliados”. El consenso se logró rápidamente entre todos los partidos. Aureliano Hernández obtuvo una votación casi unánime.
A partir de mañana, Aureliano Hernández, siendo el Auditor Superior de la Federación, tiene la oportunidad de realizar los cambios urgentes y necesarios al reglamento interior de la institución —es su atribución—. Asimismo, debe promover foros para identificar los cambios que requiere la Constitución y la Ley de Fiscalización que deriven en una fiscalización con consecuencias, transparente y accesible al ciudadano. En mis columnas he dado a conocer algunos de estos. Solo así enviará un mensaje positivo a la sociedad: de que, independientemente de a quiénes les deba el favor de ser el titular, escribirá su propia historia y hará las cosas distintas para cumplir con el mandato constitucional. Mientras tanto, yo como Santo Tomás: hasta no ver, no creer.

