Desde la Segunda Guerra Mundial, asistimos a un estrechamiento de los límites del Estado nacional como unidad “autónoma” de gobernanza, tanto en el plano global como en el nacional. No es un proceso cuya existencia se pueda debatir. Simplemente existe; es uno de los efectos de la globalización y no depende de ninguna conspiración siniestra o “neoliberal”, como lo ven los pequeños espíritus reaccionarios.
La machacona insistencia en el nacionalismo soberanista no es sino una respuesta retrógrada a los procesos de globalización. Lo mismo del jefe del gobierno de Estados Unidos que de la de México, o de los asustadizos populistas de todos los sabores que mienten al difundir la peregrina idea de que pueden sustraer a sus países de estos flujos. La globalización proviene del progreso de la ciencia y de sus aplicaciones técnicas en todos los campos; de las facilidades ofrecidas por los medios de comunicación digitales y de los medios de transporte, y de la subsecuente división mundial del trabajo que estas ocasionan. Las migraciones son uno de sus indicadores más claros: se originan en el peso del contraste entre países que ofrecen una mejor vida y oportunidades, y los que solo brindan horizontes de una vida “desagradable, brutal y breve”, en los que “la fuerza y el fraude son las virtudes cardinales” (Hobbes). Cada día más gente conoce el entorno global más allá de las aldeas en las que nació y se vuelve cosmopolita, a diferencia de sus gobernantes.
Europa fue la primera en asumir que su futuro se jugaba en la integración de sus Estados en una entidad superior: la Unión Europea actual. La OTAN, fundada en 1949, proporcionó la fuerza militar necesaria para que esto fuera posible. A ese singular proceso postnacional lo cohesionan valores democráticos y liberales con los que, a pesar de sus defectos y enemigos (y traidores), subsiste y hoy construye un sistema de defensa propio para enfrentar la amenaza declarada de Rusia.
En el continente americano, las habas se cocinan de manera distinta. En primer lugar, la unidad latinoamericana ha sufrido severos retrocesos debido a las discrepancias de intereses y alianzas económicas entre los países de la región, así como al desacuerdo sobre las bases políticas de la convergencia. Desde la firma de la Carta Democrática Interamericana en 2001, cuando en el continente prevalecía el acuerdo de basar sus estados en regímenes democráticos, actores no democráticos desataron formas de polarización en torno a ese acuerdo y generaron discrepancias cada vez mayores. Un papel especial jugó la negativa de varios países a aceptar en la práctica, aunque la habían aceptado de jure, la exclusión de la comunidad interamericana a quienes rompían las reglas democráticas. Señaladamente, el chavismo rechazó que esa disposición se aplicara a Venezuela, y lo siguieron otros países en los que emergieron liderazgos nacional-populistas, como Nicaragua, hoy dictadura plena; México, en posibilidad de serlo; Bolivia, con Evo; y Honduras. Estados Unidos hoy se suma, de hecho, a ese concierto autoritario. El papel de China en atizar esas discrepancias ha sido significativo, tanto por su potencia económica, como por su seducción autoritaria.
El nacionalismo soberanista es un resultado de esta centrifugación respecto de los acuerdos de integración económica y política, pero carece de horizonte histórico. Una política progresista y orientada al futuro debe abrazar la necesidad de acuerdos internacionales de integración transnacional y de soberanía compartida, sobre bases justas y principios democráticos. Sin esta política no puede haber una buena gobernanza de la globalización.
Investigador del IIS-UNAM. @pacovaldesu

