Hoy y mañana se celebra en Barcelona la “Global Progressive Mobilization”. En ella se reunirán dirigentes de todos los continentes. La presidenta Claudia Sheinbaum está entre ellos. Se tratarán cientos de temas en un abigarrado programa, en especial “cómo responder al ascenso de la derecha extrema” y “Democracia Siempre”. Aunque se supone que este último es el tema principal, parecería suficientemente deslavado para no incomodar a nadie y que puedan convivir sin demasiado roce los críticos y los partidarios de regímenes como Venezuela, México, Cuba y Nicaragua. Si se abordara la democracia, no coincidirían Yamandú Orsi con Claudia Sheinbaum, ni tampoco Rodríguez Zapatero con Stefan Löfven o el finado Pepe Mugica. En el progresismo, la democracia es una Torre de Babel en la que pululan por igual demócratas consecuentes y autoritarios que se llenan la boca del vocablo, pero lo usan para imponer su dominio, apoyados en mayorías, si es que son electos en comicios libres, o, simple y llanamente, con el peso de la violencia, como en los casos de Cuba, Nicaragua y Venezuela.

En ese tema hay un enredo conceptual mayúsculo y, para muchos, muy conveniente:¿Qué significa democracia: el dominio irrestricto de la mayoría o la decisión por mayoría sobre cómo gobernarnos, manteniendo y promoviendo los derechos humanos de todas las personas? Esta pregunta separa radicalmente al progresismo democrático del progresismo autoritario (si es que puede haber tal oxímoron). Puesto en las tradiciones intelectuales del progresismo, el abismo entre un Habermas y un Bobbio, de un lado, y un Laclau, una Butler o un Zizek, por otro —guardadas todas las proporciones de estatura intelectual— es insalvable.

La diferencia entre estos grupos y linajes es tan profunda que el izquierdismo autoritario se parece más a la derecha que a sus correspondientes demócratas progresistas. La diferencia radica en que, para el progresismo democrático, la democracia liberal y representativa no es un medio para llegar al poder y luego suprimirla, sino para profundizarla, mientras que, para la izquierda autoritaria (según ellos, los “verdaderos” demócratas), el objetivo es sustituir la democracia representativa por un sistema autoritario en el que gobierne “el pueblo” o cualquiera de sus ancestros: las masas, el proletariado, etc. Esta forma bastarda del progresismo se origina en Lenin, quien, al igual que Marx, confundió democracia y dictadura, dio un golpe de Estado contra el débil gobierno provisional de Rusia, parlamentario y democrático, y fundó el dogma religioso cuya inercia se perpetúa bajo la máscara de cierto progresismo. El grave error de este linaje es que, debido a la imposibilidad material y funcional de que gobierne directamente “el pueblo” en cualquier tiempo y lugar (es una imposibilidad lógica y empírica), se adueña de todo el poder, suprime a la oposición y, asume la forma más cruda de la “ley de hierro de la oligarquía”(Robert Michels dixit), que es inevitable en cualquier organización democrática en la que siempre gobernará una élite. Al ser esta ley tan universal como la de la gravedad, el problema no es si se puede suprimir, sino cómo controlar a la élite gobernante. De ahí la vigencia de la democracia representativa con división real de poderes, en la que la gente puede alcanzar los mayores grados de libertad hasta ahora conocidos, no ser dominada por códigos sagrados y permitir la evolución de la democracia.

Dudo que en la Cumbre “progresista” este debate llegue a figurar por miedo a la crítica y por alergia a la autocrítica. Coexistirán allí “amigos” que serían enemigos si compitieran entre sí en el mismo país o partido.

Investigador del IIS-UNAM.

@pacovaldesu

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