Decía David Hume que en política siempre “se debe suponer que todo [humano] es un sinvergüenza y que no tiene otro fin, en todas sus acciones, que su interés personal”. De ahí la necesidad de controlar el poder. Para contrarrestar la natural propensión al abuso del poder se necesita un seguro, y ese seguro solamente se da si en las costumbres y en las instituciones está inscrita la Regla de Oro: “Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti”. O puesta al revés: “No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti”. En la práctica, la regla de oro existe y perdura únicamente donde existe la posibilidad efectiva de que quien la rompa reciba un castigo ejemplar o, dicho en la jerga jurídica, la amenaza de que se le impondrá una sanción. Y esta herramienta solo puede ofrecerla un sistema político de contrapesos capaz de poner en su lugar a quien se pasa de listo en vez de santificarlo, como cada vez más a menudo ocurre en México.
Las trampas que el INE y Morena han ido construyendo para que, en el proceso electoral, este partido no pierda terreno frente a la voluntad del electorado son, desde esta perspectiva, atentados cínicos contra los ciudadanos. Lo mismo puede decirse del gigantesco fraude del huachicol fiscal, de la “nueva escuela mexicana”, de la información que se da en las mañaneras, del 99 por ciento de los delitos que no se denuncian por temor o indiferencia hacia las obsoletas fiscalías y ministerios públicos, de las sentencias de la Suprema Corte que ha dejado de ser “de la Nación, del entramado criminal tejido desde el entorno más cercano al líder supremo, de la negligencia criminal que no investiga las desapariciones, ni los campos de concentración, ni los cementerios clandestinos; de la secretaria de Gobernación sentada nuevamente en la institución electoral, del engaño concentrado en las becas clientelares del bienestar que tarde o temprano harán agua por estar fundadas en la destrucción de los bienes públicos y la incapacidad para propiciar el crecimiento económico; por la farsa de la política exterior, por el asalto a la constitución y la monopolización de los tres poderes del Estado. El recuento puede continuar en la mente del lector.
Lo que está en puerta no es menor: un potencial fraude electoral que en 2027 podría ser mayor que en 2024. La Presidenta y los gobernadores están en campaña abierta; se usa descaradamente el aparato del Estado; se quiere impedir que personas con doble nacionalidad sean candidatas; se pretende que las boletas no depositadas en las urnas se cuenten como votos válidos; se quiere eliminar la compulsa para comprobar si los observadores electorales son o no funcionarios de la Secretaría del Bienestar, y la cuenta seguirá.
Si en la política, como decía Hume, para evitar que se comporten como tales debemos suponer que todos son sinvergüenzas, la diferencia entre los tan vituperados de antes y los de la coalición que nos gobierna hoy es la que existe entre el control a través de instituciones y la ausencia de ellas. Los primeros aceptaban las reglas democráticas, así fueran precarias; los segundos han arrasado con esas limitaciones para dar rienda suelta al poder absoluto presentado, disimulado u ocultado como la “verdadera democracia”, la del pueblo.
En política, la confianza no se deposita en las personas, sino en el control de las instituciones sobre su conducta, y lo que habíamos logrado en esa dirección es lo que Morena está destruyendo.
Investigador del IIS-UNAM @pacovaldesu
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