Flavia Freidenberg
Instituto de Investigaciones jurídicas, UNAM
El mundo vive un período de retroceso democrático sin precedentes en las últimas cinco décadas. El informe del Proyecto de Variedades de Democracia, que desarrolla la Universidad de Gotemburgo (V-Dem 2026), lo confirma: para el ciudadano promedio, la calidad de la democracia ha caído a niveles de 1978. A fines de 2025, el proyecto identificó unas 92 autocracias frente a 87 democracias, y el 74% de la población mundial, unos 6,000 millones de personas, vivía bajo algún régimen autocrático. Apenas el 7%, 600 millones, habita en una democracia plena.
Con la intención de responder a este diagnóstico, creamos la Clínica para la Democracia, una iniciativa desarrollada como un espacio de innovación cívica orientado a tender puentes entre quienes estudian la democracia y quienes la viven día a día. Su propósito es generar conocimiento, abrir espacios de debate público y acompañar el diseño de estrategias para fortalecer a las democracias. La presentamos en el marco del Día Internacional de la Democracia, con la convicción de que el momento exige algo más que diagnósticos: exige espacios que traduzcan el análisis en acción.
Lo más preocupante no es solo la magnitud del retroceso, sino su tendencia. 44 países están en vías de autocratización frente a apenas dieciocho en proceso inverso. Llevamos quince años de estancamiento democratizador global, un lapso en el que la balanza se ha inclinado hacia el lado equivocado. ¿Dónde se concentra el daño? El informe V-Dem señala que la libertad de expresión es la dimensión más deteriorada. La autocensura -el miedo a decir lo que uno piensa-, la censura a los medios y la represión de la sociedad civil —ya sea por acción directa del Estado o por la simple ausencia de apoyos institucionales que permitan a la prensa y las organizaciones civiles operar con libertad— son las prácticas más comunes entre los que se autocratizan. Se trata entonces de un desgaste gradual del espacio cívico: cada vez más pequeño, menos crítico y más polarizado.
Frente a este panorama surge una pregunta que no admite respuestas cómodas: ¿estamos ante el fracaso de la democracia como sistema, o ante una oportunidad de repensarla? El problema no reside solo en el diseño institucional, sino también en las dificultades para generar un nuevo pacto democrático que facilite políticas públicas que generen resultados tangibles para la ciudadanía. Cuando las democracias no logran canalizar -ni satisfacer- las demandas sociales de seguridad y/o bienestar, se abre la puerta a ciudadanos dispuestos a resignar libertades y garantías democráticas a cambio de condiciones de vida más dignas. Ese intercambio, aunque comprensible desde la frustración cotidiana, es exactamente el terreno que los autoritarismos han aprendido a cultivar.
La respuesta no puede limitarse a la denuncia del retroceso. El desafío exige seducir a la ciudadanía con la idea de que la democracia, con todas sus imperfecciones, sigue siendo el mejor sistema disponible. Ese es, precisamente, el reto que la Clínica para la Democracia se propone acompañar: no solo defender la democracia de sus enemigos declarados, sino rescatarla de la indiferencia y el desencanto de quienes, hartos de sus magros resultados, empiezan a dudar de su valor.
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