Allá por 2013, Luis Fernando González logró que le rentaran un pequeño espacio para montar su remolquito en el terreno de un autolavado sobre Periférico Sur, en la cercanías del entonces Estadio Azteca, con la ilusión de que un día los jugadores del América se detuvieran a probar sus tacos de trompo de sirloin.

Nadie, excepto Cristhel —su esposa—, habría apostado por semejante locura.

La idea era tan descabellada que ni el propio Fernando reconoció a Adrián Aldrete cuando se estacionó y, contra todo pronóstico, le pidió dos con todo.

“Veo que le vas al América”, le dijo —divertido— el futbolista a ese taquero soñador —cuya vida estaba por cambiar—, al verlo enfundado en el jersey y con las calcetas amarillas de las Águilas.

“Si me gustan tus tacos, te voy a traer a todos los del equipo para que los prueben”, le prometió el defensa.

Al día siguiente, llegó Hugo González y casi enseguida Moisés Muñoz.

“De pronto, en una misma tarde, me vi atendiendo a Miguel Ayala, El Topo Valenzuela, Rubén Zamudio, Jesús Molina, Galilea Montijo, Facundo y los integrantes de Molotov”, cuenta Fer, aún con asombro.

La fama de su remolquito se esparció rápidamente entre futbolistas y la farándula, quienes —ataviados en sudaderas y lentes oscuros— trataban de pasar desapercibidos, mientras disfrutaban de sus tacos en la mesa que todos los días trasladaba de su casa a la banqueta del changarro.

“Poco después, a unos pasos, alquilamos nuestro primer local, pero entre que no le calculamos bien y las deudas que ya traíamos, nos las vimos negras. Con todo y nuestro bebé recién nacido, tuvimos que dejar la casa y vivir un tiempo en la taquería”, agrega, conmovido. “Lloraba de la desesperación, hasta que en plena Navidad mi señora muy seria me dijo: ‘Yo no me junté con un cabrón por pendejo, sino porque eres chingón’, y en ese preciso instante decidí que mi actitud y mi entorno cambiarían”.

Hoy, su Remolkito, como finalmente registró la marca tras algunas batallas legales, tiene cinco sucursales y cientos de jerseys de jugadores que las visitan.

“Tu muy improbable sueño se cumplió y ya hasta Emilio Azcárraga es tu amigo; ¿ahora, qué sigue?”, le pregunté.

Él, sonriente, dirige su mirada al cielo y luego la fija en una de las pantallas de su restaurante donde se transmite el Mundial, no sé si pensando en la muy remota visita de una de las selecciones participantes o en abrir una sucursal, por qué no, en París, Madrid o Nueva York.

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