Fuimos juntos en el colegio, desde kínder hasta casi acabar la primaria. Siempre le daba la vuelta (ida y regreso) a la alberca en primer lugar. Lo mismo ganaba en judo y sobresalía por su estatura. Jugaba también basquetbol en la selección de la escuela.

Además, éramos vecinos. A los 10 años, pasaba por mí en su minimoto, y nos íbamos a toda velocidad por las calles de Tecamachalco, en el Estado de México, nuestra colonia.

No recuerdo si mi madre me daba permiso o si me salía con alguna mentira. No creo que haya sabido, porque desde entonces es muy preocupona y ni casco llevábamos. Corrían otros tiempos.

Este fin de semana, mi amigo Martín, el de la velocidad, participará en la segunda carrera de la temporada en la categoría Lamborghini Super Trofeo —monoplazas idénticos de 650 caballos de fuerza—, en Laguna Seca, uno de los circuitos más técnicos en Estados Unidos.

En su juventud, fue tres veces campeón nacional de enduro en moto.

Luego entró al automovilismo y consiguió dos campeonatos del mundo con Ferrari, en 2018 y 2019, el World Challenge America Blancpain y GT World Challenge America, respectivamente.

A sus casi 50 años —aunque no le guste presumirlos—, acaba de firmarlo la escudería italiana del Toro Furioso. Corre porque simplemente no puede dejar de hacerlo y no le importa competir contra pilotos que tienen hasta 25 años menos.

“Por una hora que ellos hacen de gimnasio, yo tengo que hacer dos. Mi papá me enseñó a ser competitivo y me motiva correr contra gente joven, saber que aún puedo”, me confiesa, no tanto con obstinación, sino con ese mismo motor que tiene encendido desde la infancia.

Jacky Bracamontes, su esposa, recuerda que —al poco tiempo de conocerse— él le advirtió que mejor nunca le preguntara si la escogería a ella o a las carreras.

Este fin de semana, junto a sus cinco hijas, atestiguará una más de sus osadías.

Cuenta Martín Fuentes que, cuando cierra la puerta del habitáculo y le ajustan el cinturón, se desconecta del mundo.

Sólo él, el volante y el instante ahí en esa cabina, donde viajan también sus recuerdos centrífugos: La minimoto, los jet-skis y la voz de su papá girando alrededor suyo, sin darle alcance.

¡Éxito en la carrera!

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