Una aproximación profunda, seria e inteligente a un bosquejo de la identidad de lo mexicano, se expresa en la obra cumbre de Octavio Paz. “El Laberinto de la Soledad” es una búsqueda a través de nuestros símbolos y nuestra mitología para encontrar sentido a nuestra historia. El ensayo es una selección de metáforas que buscan asomar lo que somos. Se nos dice que somos una herida de la conquista. Que nuestra grandeza fue sometida por una evangelización militarizada, somos desconfiados porque hemos sido maltratados, esta es la tesis central que hoy permea por la Cuarta Transformación.
Es en este contexto que escuchamos los reclamos extemporáneos al Reino de España. Es a partir de esta visión forzada que buscamos dividir a los mexicanos para clasificarlos en los “Fifis”, que representan a los perfiles de lo europeo, al estereotipo caucásico, a lo arrogante y altivo, y por la otra los “Chairos”, expresión que tuvo su origen remoto en el Onanismo y que luego derivó para significar a los que resisten la injusticia, que son los verdaderos mexicanos incapaces de traicionar a sus hermanos. Esta narrativa encaja en una estrategia antigua que distingue a fascismos y populismos que a partir del encono y la desconfianza, buscan mediar el conflicto para obtener ganancias políticas.
Sin duda, esta es una estrategia eficaz en el corto plazo. A partir de la enorme desigualdad que sigue imperando en México, resulta lógico concluir que la pobreza en el país tiene causas estructurales y que sólo una instancia política fuerte “autoritaria” es capaz de contener a los explotadores en beneficio de los oprimidos. Los grandes movimientos sociales en el país han movilizado a los más pobres a partir de la satisfacción de las justas demandas para superar la precariedad de su situación. Así sucedió en la Independencia, en la Reforma y en la Revolución. En todos esos casos, las mejoras iniciales se estancaron con el tiempo y las condiciones que dan lugar a las grandes desigualdades en el país se reprodujeron. Estos escenarios siempre se manifestaron por una violencia social creciente, una corrupción política rampante y en un autoritarismo expresado en un alto índice de concentración de poder político en liderazgos carismáticos. Estos síntomas se reproducen hoy y anuncian desenlaces conocidos en el pasado.
En estos casos, la polarización busca amedrentar a liderazgos sociales, empresariales, intelectuales con la amenaza de la enervación de los más pobres. Estos escenarios rehúyen el análisis y utilizan todas las estrategias necesarias para inducir miedo y rencor. Por eso, con el tiempo el estancamiento económico se va asomando y, con ello, se va perfilando alguna crisis económica. Todo esto a costa de una gran energía social que se torna reactiva y cautelosa y paradójicamente, que va debilitando el cumplimiento de su responsabilidad social. Así la inversión se paraliza. El capital humano, ese que se forma a través del aprendizaje y el desarrollo de las iniciativas productivas, se va debilitando; el emprendedor ya no emprende, a lo mucho conserva y cuida. No es de sorprenderse la proliferación en los últimos años de las “Family Offices” y el abatimiento de los consejos de administración. Por lo pronto, el riesgo no es el caos, máxime cuando hemos normalizado verdaderas tragedias.
Yo estoy convencido de que es perfectamente posible cambiar la estrategia. Es momento de hacer un alto en el camino y buscar una visión distinta para superar los dolores más agudos de nuestra cuestión social. Urge movilizar todos los recursos materiales y espirituales a nuestro alcance. Superar la estrategia de la desconfianza crónica que resurge en nuestros períodos de amnesia histórica, pasa por construir nuevos objetivos. La proscripción de prácticas nocivas como la violencia y la corrupción, debe hacerse sin cargar de odio o rencor a amplios grupos sociales, encasillados en estereotipos arbitrariamente asignados. Trabajar para reconstruir la confianza pasa por abandonar descalificaciones genéricas y abrir espacios concretos de encuentro. Una reforma política posible pasa por enmarcar un espacio público nacional donde se debata sin rencor y se negocie sin vergüenza. Eso sí, público muy público para que haya una amplia supervisión social de los procesos políticos.
Los pobres de este país tienen derecho a que los actores políticos debatan frente a ellos y trabajen para ellos. Es la hora que la democracia utilice toda su pedagogía para que los más vulnerables del país participen en su propia emancipación.
Abogado

