El triunfo de Péter Magyar marcó la primera derrota electoral del sistema de Viktor Orbán en más de una década y media. Como suele suceder en gobiernos autoritarios que controlan todo el sistema administrativo, solo desde el interior del partido pudo surgir la fuerza que rompiera el blindado cascarón.

El magiar Magyar tuvo el privilegio de la credibilidad, criticando a un sistema que conoció hasta el tuétano, tras haber sido esposo de Judit Varga, ministra de Justicia de 2019 a 2023. Solo con ese acervo —el que ofrece la intimidad— el candidato ganador mató dos pájaros de un tiro: mientras desmitificó al presidente, construyó una credibilidad imposible de obtener mediante campañas publicitarias.

El timing no pudo ser más oportuno. Las guerras en Irán y Ucrania, la cercanía de Orbán con Trump y Putin, y el veto recurrente de Hungría a decisiones europeas que afectaran a Rusia fueron piedras en los zapatos de los electores, que decidieron no solo poner fin al autoritarismo, sino darle los votos suficientes al partido Tisza (Respeto y Libertad) para revertir leyes y encaminar el retorno democrático.

Con los medios masivos entregados al gobierno, el budapestino de 45 años enfocó su campaña en redes sociales y cientos de eventos presenciales en pueblos e iglesias de todo el país. Su discurso en tono de arrepentido se apoyó en la ética, anticorrupción, democracia, falta de servicios públicos y el regreso al regazo europeo.

La lección no pasó desapercibida para quienes detentan el poder en nuestro país y, para evitar una sorpresa de este calado, Morena ajusta la maquinaria jurídico-electoral de forma que sea impensable una derrota. Por lo pronto, ya tiene la posesión de la SCJN y el control del Poder Judicial, incluido el Tribunal Electoral (TEPJF); tiene al Congreso de la Unión, 22 gubernaturas y una amplia influencia en medios televisivos, impresos y digitales. Hoy está en proceso de colocar la cereza al pastel: apropiarse del Instituto Nacional Electoral (INE) y garantizar sus triunfos por tiempo indefinido.

Hay que aceptarlo. Con ello, es prácticamente imposible que la 4T pierda una elección.

Sin un solo cuadro que valga la pena en Morena y allegados, es impensable imaginar un movimiento que surja de sus entrañas para intentar mejorar al país, por lo que un Magyar queda totalmente descartado. Todos los posibles candidatos —que los hay— han renunciado a su honra a cambio de lealtad, anulando su credibilidad.

¿Y la oposición, apá?

En su autoinfligido letargo, los partidos de oposición se han convertido en los mejores aliados de Morena. Incapaces de ver más allá de la defensa de los intereses de sus dirigencias, venden como «cambio radical» lo que no pasa de ser un espectáculo: mucho ruido, poca eficacia y fuegos artificiales que nunca estallan. En modo catatónico, PRI, PAN y MC han hecho menos ruido en poco más de siete años, que el que hizo en un par de semanas el infumable PT con su oposición al Plan B, defendiendo únicamente sus intereses económicos.

El Revolucionario Institucional está derruido por dentro, como un viejo bicho cuyo único ruido son los estertores de su desaparición. Acción Nacional, por su parte, sigue cooptada por los herederos de Ricardo Anaya, quienes flotan en el éter de una política insubstancial, silente, inútil y ciertamente inocua; MC, por su parte, ¡bueno! MC no es oposición y su historia está a la vista de quien quiera corroborarla sin antifaz.

¿Podrá alguno de esos partidos liderar la lucha por recuperar el Estado de derecho y la democracia? Francamente, no veo cómo.

Nos queda Somos MX, cuyo registro como partido político probablemente será rechazado bajo cualquier excusa, pues quienes operan el INE y el TEPJF —al servicio del poder— ni siquiera las necesitan para dictaminar su exclusión e impedir su financiamiento legal. No obstante, lo que más fortalece a esta organización es el considerable componente de sociedad civil que la integra, por lo que, con o sin registro, es el vehículo lógico para encabezar un verdadero movimiento capaz de poner a temblar a la autoritaria administración cuatroteísta.

Pero debe quedarnos claro que de poco o nada nos servirá vestirnos de rosa y atiborrar el Zócalo si, al día siguiente, la vida regresa a su cauce cotidiano. Antes de que sea demasiado tarde, debemos salir en paz a las calles y hacer sonar nuestra voz libertaria por todo el país, pero desafiando a las autoridades como lo hizo Andrés Manuel López Obrador, el responsable de que México sea hoy una tiranía y una desgracia.

Ya es hora de que la juventud —aquella que no conoció al México antidemocrático del siglo xx— sepa por nuestra intermediación que su voto no servirá de maldita la cosa, que su voz no trascenderá y que su existencia estará supeditada a las decisiones de una caterva de ignorantes cuyo único activo es la lealtad a su fundador. Necesitamos a los millennials y a la Gen Z.

El movimiento debe ir más allá de nuestras ciudades y tocar las puertas en instancias internacionales de justicia y de los medios más influyentes del orbe. Callarnos sería como despedirnos del país que quienes ya tenemos más historia que futuro logramos construir y que hoy se desvanece.

Ya viene el Mundial. Imposible imaginar un mejor escenario para hacer vibrar al mundo con nuestra causa, la del mejor México posible.

X y Substack: @ferdebuen

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