A menos de dos semanas del inicio del Campeonato Mundial de Futbol, la presidenta Sheinbaum —que ha informado que no asistirá a la inauguración— no ha sido ajena a las críticas que ha recibido por tan polémica decisión, tanto en el país como fuera de él. Ella sabe lo que todos sabemos: ante un público que no puede controlar, su presencia, aunque no dijera una sola palabra, bastaría para que la reacción de los asistentes tirara por la borda todas las cuestionables encuestas de popularidad que tanto presume en sus mañaneras. Pero faltar a la cita también tendría consecuencias, y no menos funestas. ¿Qué le conviene?

Si cambiara de opinión y decidiese asistir, respetando una pizca de su investidura, la presidenta tendría que armarse de valor, porque se sometería a un castigo sin precedentes, con una rechifla que podría marcar un récord en los registros de decibeles del Estadio Azteca. Porque una cosa es hablar ante el público que López Obrador presumía cuando sostenía que, entre menos escolaridad, mayor respaldo recibía la Transformación, y otra muy distinta comparecer ante una audiencia imposible de movilizar, controlar o convencer por decreto.

Le sucedió al presidente Miguel de la Madrid durante la inauguración del Mundial de 1986, donde los esfuerzos de las televisoras por silenciar los chiflidos de cien mil bocas resultaron inútiles. Conviene recordar, sin embargo, que aquella crítica surgió de una población solidaria y empática que acababa de sufrir los terremotos de 1985; una sociedad sensibilizada por el dolor de decenas de miles de muertos y por pérdidas materiales incontables, que buscaba en el futbol una breve tregua frente a la tragedia.

Visto así, a De la Madrid no le fue tan mal.

En esta ocasión, los daños infligidos al país durante los últimos ocho años son exponencialmente mayores que la suma de las pérdidas provocadas por aquel sismo espeluznante; no solo en términos económicos y humanos, sino en el desgaste del ánimo y de la esperanza de millones de mexicanos ante un país secuestrado por una camarilla de malandros ineptos, demagogos y corruptos, respaldados por el crimen organizado, las Fuerzas Armadas y los órganos de justicia, que juntos han destruido el Estado de derecho hasta los cimientos y convertido a la Constitución en papel sanitario.

Y si una de las dos personas responsables de tal catástrofe decidiera dar la cara como jefa del Estado mexicano el próximo 11 de junio, la silbatina contra Don Miguel quedaría en la historia como el trino de un pequeño canario.

Pero, al menos, los suyos saldrían al quite y alabarían su valentía con un ejército de plumas, cámaras y bots, sin que faltara el bárbaro ignorante que llegara a comparar su arrojo con el del cadete Juan Escutia y su trágico sacrificio en el Castillo de Chapultepec.

Sin embargo, algo que ha definido históricamente al movimiento fundado por su guía y consejero es que sus integrantes rara vez han enfrentado a multitudes que no controlan. Parte de su ideario no escrito parece ser el derecho inalienable al ejercicio de la cobardía; pruebas en ese sentido sobran en el Congreso, en incontables espacios públicos y hasta en salas VIP del aeropuerto.

Por ello, la presidenta no asistirá.

Y siendo así, ¿cuáles serían las consecuencias?

La reacción del público en el estadio no cambiará en absoluto. Bastará que el infumable presidente de la FIFA mencione su nombre para que el México dolido se haga escuchar de forma estruendosa durante segundos interminables. Es una venganza largamente esperada que la sociedad civil querrá aprovechar al máximo.

¿Qué sentiremos los mexicanos al ver el izamiento de banderas sin la jefa del Estado, al entonar el Himno Nacional sin ella y al no escuchar sus palabras inaugurando la justa? Nuestro país le dará la bienvenida al mundo sin su presidenta. Si eso no es cobardía, ¿qué podría ser?

Su ausencia, vista desde el marco internacional, difícilmente podrá ser vendida como un noble acto solidario con una joven futbolista indígena que supo dominar un balón. Para muchos aficionados pasará relativamente inadvertida, pues estarán pendientes del partido inaugural y no le darán mayor importancia. No ocurrirá lo mismo con diplomáticos, jefes de Estado, periodistas y analistas de todo el mundo, quienes inevitablemente se preguntarán por qué la mandataria del país anfitrión decidió ausentarse de una ceremonia a la que históricamente han acudido los líderes de las naciones organizadoras.

En política, las ausencias suelen comunicar mucho más que las presencias, y se vuelven ominosas cuando el único país en la historia con tres inauguraciones mundialistas celebra la tercera sin su primera mandataria.

Volvamos a la pregunta inicial: ¿qué le conviene? Es lo mismo, pues de una forma pierde, y de la otra… también.

X y Substack: @ferdebuen

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