Para las generaciones más jóvenes, Los hijos de Sánchez , escrito por Oscar Lewis en 1961 y publicado en español por el Fondo de Cultura Económica en 1964, ha de sonar, en el mejor de los casos, a una reliquia.

El libro, que le costó el puesto al legendario editor Arnaldo Orfila –por publicar en el sello editorial del Estado lo que en esos tiempos se consideraban “obscenidades” e “injurias”– es la primera obra de divulgación nacional sobre lo que se conoce como “la cultura de la pobreza”; es decir, ciertos rasgos compartidos por el estrato de menores recursos del país: bajo nivel de alfabetismo, escaso o nulo acceso a los servicios de seguridad social, subocupación o desocupación laboral crónica.

Todo esto narrado a partir de la experiencia de la familia Sánchez del título, un núcleo compuesto por un padre y cuatro hijos en el corazón de Tepito.

Por esas fechas, la divulgación de historias como las de la familia Sánchez se consideraba obscena por mostrar una realidad que chocaba de frente con la imagen del México pujante que se quería proyectar hacia el extranjero: no por nada el interés del entonces regente Uruchurtu y del presidente López Mateos en traer los juegos olímpicos a la capital del país en 1968. El México jodido no tenía cabida alguna en la narrativa oficial del México cosmopolita, que tuvo su clímax en la glorificación de la clase media a finales del siglo XX e inicios del XXI.

Casi 60 años después de que Lewis publicara su libro, el discurso es justo el opuesto: hoy se exalta la pobreza. Fue el lema de campaña del actual presidente, es el leitmotiv de su discurso diario: primero los pobres en el presupuesto, primero los pobres en las ayudas. Ahora que estamos en plena pandemia, la frase es aun más recurrente.

Ese mensaje se ha extendido a través del lenguaje y de las denominaciones de los programas gubernamentales: ya no es la secretaría de Desarrollo Social, ahora es del Bienestar; ya no es el Servicio de Administración y Enajenación de Bienes; ahora es el Instituto para Devolver al Pueblo lo Robado. “Jóvenes Construyendo el Futuro”, “Sembrando Vida”. Así nos podemos seguir.

Lo mismo con los dichos de la figura presidencial: hay que tener un solo par de zapatos, no es necesario tener cuenta bancaria. En el decálogo publicado hace un mes, y del cual no se ha vuelto a escuchar nada, se pedía “alejarse del consumismo” y de “lo material”.

En pocas palabras: se romantiza la pobreza. Pero eso no es lo mismo que aliviarla o combatirla. Todo lo contrario.

Y eso se debe a que el cambio ha sido meramente discursivo. Por más de que los pobres ocupen un esquema central en la mente presidencial, y por más que se diga que en efecto se les está ayudando, la realidad y los datos muestran algo completamente distinto. En nombre de la “austeridad” se han eliminado apoyos cruciales para los campesinos. Su lugar lo han tomado

ocurrencias disfrazadas de programas que han causado mayor daño que beneficio. Ahí está “Sembrando Vida”, el fracaso más reciente, que consiste en la siembra de árboles maderables a diestra y siniestra por el país: según la economista y ambientalista Alejandra Ramos, “Sembrando Vida” ha acrecentado el “efecto Cobra” en el país. El “efecto Cobra” se llama así, explica Ramos, porque la Corona británica pagaba a los locales en la India por matar cobras. Primero mataron a las de la ciudad, luego a las del campo y terminaron criando esa especie para después matarla y cobrar el dinero.

En México el “efecto Cobra” ha derivado en el aumento de la tala de árboles para ser reemplazados por otros. Se tala lo que sirve, se planta lo que no, y se obtiene algo de recurso en el trayecto. Mientras tanto se afecta el ecosistema y el lugar donde viven los ahora beneficiarios del programa.

Y ése es sólo un ejemplo de muchos. Bien lo dice el comunicado más reciente de Democracia Deliberada –corriente política que, vale la pena resaltar, está compuesta por varios integrantes del gobierno federal y de la capital–: no se necesita un “Estado-cajero” para aliviar la pobreza, que solo otorgue dinero.. Se necesita un Estado que enfrente todas las carencias estructurales que comprenden eso, la pobreza. Se dio un primer paso con el aumento al salario mínimo, algo no visto en décadas, y después ya no se continuó.

Ahora, en tiempos de pandemia, de hecho se marcha a contracorriente del resto del mundo: el gasto se contrae, la inversión también. Lo único que hay son los programas que ya existían desde el inicio del sexenio, y que ahora sabemos, según lo publicado por Coneval hace unos días, no han servido.

Si las tendencias de contagio y si los planes económicos no cambian pronto, México tendrá millones de personas más en la situación en la que estaban los hijos de Jesús Sánchez hace seis décadas.

Sólo que ahora no serán los hijos de Sánchez, sino los hijos de López.

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